Fernanda Trías y la narrativa del alma humana

Un diálogo a profundidad con la escritora uruguaya que fue una de las invitadas de honor de la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Fernanda Trías abre Mugre rosa con un epígrafe de Jaime Saenz:


Estoy separado de mí por la distancia en que yo me encuentro; el muerto está separado de la muerte por una gran distancia. Pienso recorrer esta distancia descansando en algún lugar. De espaldas en la morada del deseo, sin moverme de mi sitio –frente a la puerta cerrada, con una luz del invierno a mi lado.


Con la referencia a estos versos de Recorrer esta distancia cerramos una larga charla con la escritora uruguaya, la noche del pasado lunes 8 de agosto en la XXVI Feria Internacional del Libro de La Paz. Le pregunté sobre sus lecturas, luego sobre sus lecturas bolivianas en específico, invocando a este fragmento que escogió para introducir a su multipremiada obra. Y Fernanda se apresuró a enfatizar: “pero no es solo el epígrafe, siempre leo a Saenz. En mis cursos, en un taller de escritura creativa en la universidad, les puse a los chicos a leer Saenz y les fascinó, les voló la cabeza. Es una lectura de la que no se sale indemne, que siempre te va a marcar”.


Mugre rosa, editada este año en Bolivia por Mantis ganó, entre otros, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y goza de una insólita valoración alta entre crítica, escritores y lectores. Sobre esta gran novela empezó la conversación aquel lunes, tras leer el fragmento inicial:


Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar vueltas sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad.


- Hay una catástrofe ecológica y humanitaria, hay crisis sanitaria, cuarentenas, pánico, incertidumbre… y, sin embargo, pusiste punto final a la novela bastante antes de que se conociera del primer caso de COVID-19 en Wuhan.

- Fue algo muy curioso. La novela salió en Uruguay en octubre de 2020 y en el resto de países salió en 2021. De entrada, generó un gran asombro por la coincidencia del marco catastrófico del libro con lo que estábamos viviendo, pero, además, sospechas de si realmente lo había terminado de escribir antes de que se presente la pandemia.


Me resultó muy gracioso. Todos los que estamos en el mundo de la ficción sabemos lo lentos que son los procesos de escritura. La cantidad de tiempo que esto lleva. Incluso habiendo entregado el libro a finales de 2019, yo lo había terminado en 2018 y estuve todo un año corrigiendo, frase por frase.


No deja de ser muy sorprendente. La literatura suele tener estas extrañas coincidencias anticipatorias. Un ejemplo es El cuento de la criada (de Margaret Atwood), que no solo se adelantó por un año o dos, sino por décadas, a una serie de procesos que estamos empezando a vivir hoy.


- Hay una atmósfera de encierro, claustrofobia y deseos de escapar, y entonces no se puede evitar un lazo con La azotea, uno de tus primeros libros publicado casi 20 años antes.

- Sin duda hay un montón de vínculos. Son dos novelas que dialogan a través del tiempo, con una gran diferencia: La azotea es una novela sobre el padre, Mugre rosa es sobre la maternidad.


Pero tienen muchos puntos en común que a mí me sorprendieron. No me di cuenta de esos lazos hasta que ya estaba muy avanzada Mugre rosa, y empecé a ver cuántas obsesiones permanecen en el tiempo. Algunas las he logrado conjurar con éxito y no han vuelto, pero otras siguen. Así, encontramos el encierro de una mujer con un niño y una amenaza, pero en La azotea es una amenaza que podría ser, tal vez, imaginaria; en el caso de Mugre rosa, nuevamente hay una mujer intentando proteger a un niño de una amenaza exterior; la casa, el encierro, se repiten, pero en este caso la amenaza es real y concreta: ese viento venenoso que en cualquier momento puede levantar la niebla y enfermar.


Pero hay otros detalles que también me di cuenta tarde, como el pájaro. En La azotea hay un pájaro enjaulado y en Mugre rosa hay también un pájaro enjaulado, pero sobre todo está la ausencia de pájaros, pues todos migraron por el aire tóxico que creó un territorio fantasma.


En este punto del diálogo, vino bien un extracto de La azotea:


Quiero reconstruir la vista de la azotea, recordarla de forma tan perfecta que ya no pueda distinguir el recuerdo de la realidad. La azotea era mi lugar; el único donde no pudieron vencerme. Hacia la izquierda, los árboles del parque crean la ilusión de una alfombra verde y uniforme. Los edificios son bajos y parecen construcciones de juguete. A la derecha, detrás del campanario, más azoteas, cuerdas de ropa, antenas de televisión. Antenas como arañas plateadas. Una invasión de esas arañas comiéndose el mundo.


- En medio de ambas novelas publicaste otros libros, entre ellos los cuentos No soñarás flores (Mantis, 2017), en el que se detecta también algunos puntos en común entre los personajes de los relatos y las mencionadas novelas: el fracaso, el pesimismo, la desesperanza.

- Y sí, es como te decía, son las mismas obsesiones que nos persiguen. Y me remito a este pasaje que acabas de leer, la descripción de un paisaje muy montevideano: la vista desde las azoteas, las calles, las casas; es una ciudad muy gris y hay una grisura que también atraviesa la idiosincrasia de la gente. Por algo Onetti es uruguayo. Esa desesperanza, ese… tal vez no pesimismo… pero hay algo en la idiosincrasia uruguaya que obliga a no descollar. La protagonista de Mugre rosa, por ejemplo, entiende como una manera de resistencia tener una mirada extremadamente lúcida de lo que se le viene.


- Ya que mencionas a Onetti, quiero mencionar además a otro gran referente de la literatura uruguaya: Mario Levrero, que también es un pesimista contumaz, aunque con un sentido del humor trágico y fatalista. Tú lo conociste, fue tu maestro.

- Sí, están Onetti, Levrero, Idea Vilariño…y varios más. Mucho se ha hablado de los raros uruguayos, un grupo de autores que pareciera que lo único que tienen en común es haber nacido en Uruguay, pero que al final, cuando se va generando otra visión, pareciera que lo que tienen en común es que no se parecen. Cada uno es como es, muy particular, con una voz muy personal. Yo tengo una teoría que creo que es general y que se da también en Bolivia, por las cosas que leí: cuando naces, creces y escribes desde la periferia, eso te da una libertad que te hace romper con todo lo que se supone que es la literatura.


Yo conocí a Levrero cuando era muy joven, casi adolescente, y entonces era un autor casi underground. Si lo leían 200 o 300 personas era mucho. Era muy respetado, pero no leído, y así se murió. Era la época pre internet y las personas llegaban a su taller de formas extrañas, porque él no los publicitaba. Era alguien que no quería hacerse encontrar.


Bueno, llegué a él y fue una figura fundamental y evidentemente era una persona con un halo pesimista, pero con mucho humor, incluso desopilante. Muchos me dicen que mi literatura no se parece en nada a la de Levrero, pero yo sé que su influencia fue muy importante. Él siempre me decía: “no intentes escribir como nadie más, intenta escribir con tu propia mirada”. Y sí, la mirada con la que yo miro va a determinar la manera en que escribo, al afinar esa mirada se va afinar la obra.


- Hablemos un poco del tratamiento que tienes de los personajes femeninos. Me llama la atención la fuerza que tienen las mujeres en tu narrativa y pongo como ejemplo un par de frases seleccionadas de No soñarás flores: “No hay nada más femenino que el dolor” y “¿No ves que este odio es la medida de mi amor?”.

- La primera frase la dice un personaje a su amiga que tiene una personalidad totalmente opuesta a la suya, que se le mata de risa. Quise hacer un juego, pero con mucho humor, con el cliché de la mujer sufriente, la mujer que ama de manera incondicional. Pienso que para hacer personajes hay que problematizar situaciones específicas y confrontarlas trabajando con personajes distintos, como en este caso, con realidades o personas totalmente opuestas. No se puede generalizar, es como el tema de la maternidad en Mugre rosa. No me gusta eso de no poder hablar de la maternidad en singular, siempre lo hacemos en plural, cuando no hay una sola manera de ser mujer, sino que hay muchas.


A través de diferentes personajes, entonces, me gusta ir problematizando y mostrando estas realidades. A mí me gustan mucho las novelas y cuentos de personajes, donde se ahonda más en la construcción de personajes que en la anécdota. Me gusta la narrativa que se centra en lo que yo llamo el alma humana, que son todas las complejidades y misterios de la personalidad.


- Hablemos un poco sobre ciertas tendencias evidentes en la narrativa latinoamericana actual. Mariana Enríquez habla de “un diálogo entre el terror y lo fantástico”. Otros, de un auge de la literatura de género: gótica, weird, apocalíptica. Quizás en Mugre rosa se puede hallar algo que por primera vez en tu literatura va más allá del realismo tradicional.

- Creo que estamos en un momento en el que se está viendo el renacer de los géneros que siempre fueron considerados “menores” y que solo se daban en ciertos círculos. De pronto parecen haber pasado a estar al frente en la mesa de novedades, y esto ha creado a un montón de lectores que nunca habían pensado leer estos géneros.


Creo, sobre todo, que hay un descubrimiento de que la literatura no tiene nada que ver con el género, que está más allá de cualquier género. Ahora, ¿por qué está pasando todo esto? Me parece que los autores de pronto han sentido que el realismo ya no les alcanza para contar lo que quieren y, por otro lado, que el momento histórico que estamos atravesando es tan exótico o tan terrorífico que se necesita otro lenguaje.


Lo que me interesa sobre todo es aniquilar las etiquetas, es decir, que todo sea un gran fluir. Tal vez esa incluso sea la propuesta de este movimiento que como sociedad estamos empezando a ver y entender: la fluidez entre géneros.


Con Mugre rosa yo me dije que la historia, el trasfondo, era una crisis, una catástrofe ambiental que produce una cantidad de trastornos en la sociedad que pierde cosas que nunca podrá recuperar. Y ahí entra en juego la memoria, la nostalgia, el duelo. Y en el centro, la historia humana es bastante realista: la protagonista y su relación con el niño, con su madre y con su exesposo. Sabía que estaba metiendo una historia humana, realista, dentro de un entorno especulativo. Sabía que esta combinación iba a generar un enrarecimiento y una incomodidad en algunos lectores. Sabía que esa apuesta podía salir bien o salir mal; muchos podían haber sentido que la historia quedaba a mitad de camino, tanto los lectores de género como los de realismo.


- Hace poco conversábamos con Magela Baudoin (editora de Mantis) y ella decía algo así como “¿por qué ponerle límites al realismo, si en los tiempos que corren este ya traspasa todas las posibilidades?”. Y en otra conversación el narrador Mauricio Murillo recordaba que en Latinoamérica siempre hubo tradición de literatura de género, pero que ahora los espacios de poder hegemónicos la validan y ese visto bueno da pie a que se escriba y explore más.

- Nada ocurre sin el visto bueno de quienes tienen que dar el visto bueno, es un hecho. Pero, también hay que recordar que América Latina tiene una enorme tradición de lo fantástico, que es maravillosa y, como dije, hay un renacer de eso. Creo que hubo una época en que pegó mucho el realismo y que ahora estamos viviendo un poquito de hartazgo y eso se empezó a ver ya con el realismo violento y el realismo sucio.


Lo que tiene de maravilloso la literatura es que no tenemos por qué construir mundos que tengan las mismas reglas que el mundo en el que vivimos; entonces ¡qué bueno poder dar libertad a la imaginación y crear todo eso! Se tuvo que dar una conjunción de cosas muy especiales para que este tipo de narraciones ahora estén ganando premios importantes que estaban siempre reservados al realismo y que puedan estar en los medios y que, por ello mismo, el mercado editorial aproveche sus oportunidades.


Dentro de esa conjunción de cosas, también está que muchos autores buenos empezaron a publicar libros “de género” muy buenos. Un ejemplo es Emiliano Monge, y está Edmundo Paz Soldán que siempre ha jugado con diversos géneros, fue un adelantado en eso. Ellos y otros más abrieron campo a muchos escritores que llevaban años escribiendo y concibiendo libros de este tipo.


- Y hablando del mundo editorial, creo que es importante reflexionar la importancia de las editoriales independientes que hace ya varios años tomaron la delantera en América Latina.

- Tengo casi 20 años escribiendo y he publicado siempre en editoriales independientes. Sin ellas yo no sé si hubiese publicado y, sin duda, sí estoy segura de que no hubiese llegado a tanto público. Son ya unos cinco a siete años que mis libros empezaron a llegar a casi toda América Latina, y también a España, en editoriales independientes.


Publicar en multinacionales no es sinónimo de llegar a lectores globales, porque a veces esas grandes editoriales se adueñan de tus derechos para todos los países, pero no llegan con el libro a muchos de esos países.


Por otro lado, el trabajo de editores independientes es fundamental para descubrir autores; siempre están buscando voces nuevas, independientemente de cuántos libros vayan a vender. Y es también importante que haya muchos escritores ya consagrados que apuesten por editoriales pequeñas, como César Aira y Mario Bellatin, por mencionar a dos.


- Y para cerrar, una reflexión sobre el proyecto de Mantis, la editorial independiente que te publica en Bolivia. Tiene, a mi entender, una propuesta eminentemente política por muchas de sus búsquedas e intereses, partiendo de que solo publica a escritoras.

- Con Mantis publiqué No soñarás flores en 2017, un año después de su primera edición. Para mí era muy importante llegar a Bolivia y no iba a llegar por la editorial que me editó para otros países, así que hicimos un esfuerzo conjunto para lograr que liberaran los derechos para Bolivia. Y esta es una lucha muy común entre escritores y editores independientes.


Mantis, además, me permitió darme el gusto de trabajar y publicar con dos editoras que además son dos grandes autoras. Eso es lo especial, que es la editorial de Giovanna (Rivero) y Magela (Baudoin). Cuando trabajamos con No soñarás flores cambiamos el orden de los cuentos. El libro ya había salido en varios países, pero ellas me hicieron dar cuenta de que el orden no era el adecuado. Tener editoras así, en cuya mirada puedas confiar tanto, es un lujo que no se da siempre.

“Cuando naces, creces y escribes desde la periferia, eso te da una libertad que te hace romper con todo lo que se supone que es la literatura”.

La autora con las editoras de Mantis: Magela Baudoin, Giovanna Rivero y Mariana Ríos

Fotos: Marcela Araúz

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