Ella es una skinhead motorizada, una manera de enfrentar el vacío
- Karen Veizaga
- hace 2 días
- 5 Min. de lectura

Parece que llevas la muerte
en tus espaldas
aceleras como si fuera
la última vez que vas despierto
cada segundo el tiempo
se convierte en un suicida
y tú te preguntas
sin mirar atrás
dónde irás a parar
directo contra el asfalto
directo contra el asfalto.
Los Decapitados. Directo contra el asfalto.
En mi lista de ausencias no recuerdo haber perdido a nadie a causa de un suicidio. No obstante, desde mi experiencia acompañando, y con la teoría que he estudiado profesionalmente, puedo decir que es una de las muertes más complejas de procesar para los sobrevivientes.
Elisabeth Kübler-Ross en 1969, basándose en su trabajo con pacientes terminales, planteó que quienes atraviesan un proceso de duelo transitan por cinco etapas. No son lineales ni tienen una temporalidad definida. La primera es la negación, reacción defensiva de shock inicial donde no se acepta la pérdida. La segunda es la ira, caracterizada por frustración, dolor, culpa o furia que se puede transformar en resentimiento al buscar culpables por la pérdida. La tercera es la negociación, en la que se buscan formas de cambiar o revertir lo acontecido. Surgen pensamientos del tipo: “qué hubiera pasado si…”. La cuarta es la depresión, donde se asume la realidad, la imposibilidad de cambiarla y se desencadena la tristeza, la desesperanza, el aislamiento. La quinta etapa es la aceptación, que implica la comprensión de la nueva realidad, integrando la pérdida y los recuerdos en la vida propia para seguir adelante.
Cuando un ser querido se suicida, si bien se atraviesa las cinco etapas mencionadas, estas pueden ser aún más traumáticas y difíciles. Hay tantas preguntas sin respuesta: ¿Qué fue lo que sucedió realmente? ¿Qué podía hacer yo para que no suceda? ¿Por qué no pidió ayuda? En ocasiones, las personas dejan cartas de despedida o mensajes, en otras no. Sin embargo, quienes sobreviven no tienen la oportunidad de despedirse, de decir adiós frente a una muerte abrupta, decidida y planificada por el difunto.
Asociadas a estos hechos, hay más dificultades de recibir apoyo de otros por temor a la estigmatización. El círculo social puede buscar las causas para una muerte así, más allá de brindar el apoyo necesario, y los sentimientos de culpa de los deudos pueden ser más profundos porque, en realidad, no pueden hallar una explicación que baste, que sea suficiente para entender tanto dolor. Además, al tratarse de un suicidio, hay varios trámites legales por realizar, que revictimizan a los sobrevivientes y lentifican el proceso.
Entre otras razones e ideas detonantes, Iván Gutiérrez Moscoso escribió una trilogía publicada por Editorial 3600: Los Decapitados (2017), Ella es una skinhead motorizada (2018) y Caballos salvajes (2019) como una forma de lidiar con la muerte, con el suicidio de un amigo. Aunque los tres volúmenes tocan el tema en mayor o menor medida, Ella es una skinhead motorizada es el que, a mi entender, de forma más directa y sin aspavientos, aborda, cuestiona y deconstruye esa vivencia.
A través de la obra, acompañamos a un narrador que comparte con el lector su proceso, el camino que recorre para encarar el suicidio de su hermano, desde la negación hasta la aceptación. En su estructura, el libro está narrado en primera persona, pero también incluye elementos como notas, correos electrónicos y citas atribuidas a otros personajes del universo ficcional de la trilogía.
Al inicio, accedemos a una carta suicida que genera más preguntas que respuestas. “He conocido al omnipotente y por eso he tomado la decisión de volarme la cabeza, no tengo ningún tipo de presión. No tengo deudas ni sufro por ninguna ruptura amorosa; simplemente me he dado cuenta que no estoy hecho para permanecer en esta ciudad, en esta casa, en esta familia, en este mundo” (9). La nota continúa planteando un enigma que el hermano del fallecido buscará resolver. Sin embargo, en ese recorrido, él va descubriendo que la vida sigue, que le ofrece sorpresas, personas y otras historias interesantes por ser descifradas y vividas.
Cuando leemos un libro de ficción, como lectores hacemos una especie de pacto con el escritor. Asumimos como cierto todo lo que el narrador nos cuenta y aceptamos introducirnos en su universo, acatar sus leyes, vivir lo que los personajes viven. Gutiérrez da un paso más en este juego desarrollando hasta más allá de los límites la metaficción dentro de la obra. Nos presenta un narrador que se constituye, a su vez, en autor, pues nos enteramos de que el texto que estamos leyendo es el libro ficticio que ha escrito este personaje narrador, motivado por un amigo-mentor para presentarlo a un concurso. Al menos, esa es la idea que este personaje se dice a sí mismo hasta que va comprendiendo que el camino no está solo en la carretera y lugares que recorre, en las personas que conoce, en el libro que tiene que escribir, sino también, y principalmente, dentro de sí mismo: “Carlos Buzó termina su cita afirmando que estamos llenos de esa necesidad automática de querer decir algo, y podemos adquirir millones de manías con la simple intención de llenar el vacío” (89).
No obstante, si vamos un paso más allá, podemos llegar hasta el autor, el real o, al menos, a ese Iván Gutiérrez que conocemos como ser de carne y hueso. Dentro de la ficción, más allá de las circunstancias y características propias de sus personajes, están también sus emociones, sus gustos, sus obsesiones y la forma catártica en la que tomó una experiencia dolorosa y la convirtió en arte. Una de las formas que usó para enfrentar el vacío.
Es entonces que se comprende con mayor profundidad esta confesión del personaje narrador-autor ficticio: “escribir un libro de alguna manera se conectaba para mí con esas cosas, con la excitación del flash de una fotografía, abrir las puertas para que alguien, desde algún lugar, pueda escucharme, pueda saber que he existido” (127); y esto que escribe el amigo-mentor, Carlos Buzó, en un correo electrónico: “decidiste escribir porque era lo único que podía sacarte del hueco en el que estabas. La mayoría de la gente auténtica que está en esto lo hace por el mismo motivo, lo hace porque es lo único que le permite vivir, conservar su memoria” (136).
Así, en esta ocasión, la experiencia de leer no fue solo disfrutar una historia, analizar la estructura, la metaficción, sino que también se constituyó en una forma de abrazar y acompañar, de recordar y amar.
Al cerrar el libro, me sentí agradecida. Por su existencia, porque lo tengo y lo pude leer, por Iván y su valor, no solo para enfrentar el vacío, sino para proponer algo distinto, creativo, irreverente.



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