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Un sol que saldrá mañana

Unos apuntes en torno a Tríptico de Kanata, novela de Claudia Michel que Mantis acaba de lanzar en la FIL Santa Cruz.


Pienso en bosques frondosos, en lugares donde nunca iré,

laberintos de troncos donde se pierden mis recuerdos,

donde luego, de adulta, querré perderme también. (24)



En 2090 aún no se sabe el destino de Asunta Yucra, pero ya es una heroína legendaria. Hacia 2040, ya no se la vio más y, en la década de los 30, aunque lideró una rebelión, nunca se le vio el rostro cubierto de pasamontañas.


Más allá de unos cuadernos que poco a poco se van revelando, apenas sí se la conoce en su infancia, cuando fue niñera de Clara, una “niña bien” con la que se hicieron buenas amigas en el contexto de la colonial institución de las “empleadas cama adentro”.


Esta es una novela breve, pero intensa. Se la lee en pocas horas y al terminar parece casi imposible que todo lo que la autora narra y propone entren en apenas 127 páginas.


I

Al principio, Claudia Michel sigue la ruta ya iniciada en Chubascos aislados (Mantis, 2022): abrir el cajón de la memoria, explotar el detalle del día a día, sacarles el jugo a las cosas triviales de la vida familiar tipo de la clase media boliviana; y lo hace con el mismo sello: una simplicidad total, casi inocente, aunque son evidentes ya madurez y mayor dominio narrativo.

Clara, de 11 años, narra su mundo: su casa, a sus padres, a su hermanito y la rutina que se ve alterada cuando Asunta, apenas dos años mayor, llega un día con su trajecito típico potosino y se queda como empleada doméstica. Del choque inicial de convivir con una extraña, a la complicidad, el enriquecimiento, de compartir y aprender de alguien que parece venir de otro mundo. Muy pronto, entonces, se hace su amiga, su cómplice; en apariencia, su igual, pero, ¿cómo comprender a esa edad que, en el fondo nunca será posible la igualdad? Ambas juegan y ríen, pero solo una tiene además que cocinar, lavar y cuidar al bebé; ambas van a la escuela: una al buen colegio pago, la otra al nocturno, tras la larga jornada de trabajo.


El cuarto [asignado a Asunta] es estrecho, apenas cabe la cama, si se cierra la puerta no entra la luz. Mamá ha colgado una cortina en la puerta para que pueda dejarla abierta y no quede en penumbras. Asunta deja la mandarina sobre la almohada, como la promesa de algo lindo para después, un sol que saldrá mañana. (16)

 

II

Pero Claudia Michel no se queda en el mismo chaparrón: tras el arranque realista, incursiona en el modo distópico[1] que tanto suena y truena desde hace ya algunos años en la literatura de América Latina.


En 2090 empieza un revisionismo histórico que va más allá de la desaparición del Estado Plurinacional de Bolivia: la autoridad ordena una investigación –que, a la larga, da en la pista clave– y trata de confirmar teorías y rumores sobre tres hechos concretos: la reindigenización, el colapso energético y la Rebelión de Kanata.


Ya para eso, se avizora otro cambio de paradigma: entra en escena un grupo que busca ya no la reindigenización, menos recuperar la hiper civilización a la que se llegó a inicios de siglo, sino volver al primitivismo. Los Individualistas Tendientes a lo Salvaje (Intensa), proclaman:


Con nuestras acciones buscamos destruir las falsas ideas sobre la tecnología como solución a los problemas actuales, creemos que se busca sedar nuestra opción con falsas promesas. Queremos destruir los mitos de la tecnología y volver al orden inicial, al origen de lo salvaje como única alternativa. No creemos en la comunidad, ni en sacrificar al individuo por el grupo. Lo único cierto son los instintos y la fuerza de nuestra animalidad (76)

 

III

Los cuadernos de Kanata permiten finalmente acercarse, al detalle, a las décadas perdidas en la memoria colectiva. El lector deberá conocer poco a poco los entresijos que dan la esencia a la novela. A grandes rasgos: Bolivia se desintegra una vez que triunfan ideologías de volver a la vida preindustrial, para subsistir así al gran apagón digital y energético; la nueva sociedad segregada se sumerge en el patriarcado y otras normalidades atroces, conservadoras, coloniales; un colectivo de warmis valientes logra (casi) la utopía en las ruinas de Kanata (Cochabamba).


¿Cuán realista será creer genuinamente en que la humanidad evolucionada podrá recuperar su naturaleza salvaje?

Tal vez recordarás tu niñez en Kanata solo como un sueño. Pero no habrá un solo día en que no resuene en nuestro pecho ese puñado de letras que te nombran (...)

Hemos hecho todo a nuestra ley, luchando siempre, buscando primero un lugar para todas y finalmente un lugar solo para unas pocas, no sé podía más, no había forma. Al menos nosotras encontramos la nuestra. (126)

 

La autora explora, en Tríptico de Kanata, la identidad o, mejor, las identidades, como concepto y experiencia; pero también como motivo de coerción; el colonialismo, cuya supuesta derrota no es sino un falaz discurso político; el feminismo, el patriarcado y el ecologismo, con una no siempre fácil mirada severa y cuestionadora.


 

[1] No resisto un apunte al margen, y es que la literatura es, a fin de cuentas, un diálogo e intertexto permanente: hay mucho en este Tríptico de Kanata que remite a algunas de las más logradas obras del género en los últimos años: El año del desierto, de Pedro Mairal, donde la devastación no es política-social, sino de una “intemperie” que se come la civilización argentina y la convierte en un remanso colonial en pleno siglo XXI; Un pianista de provincias, de Ramiro Sanchiz, donde una “maraña” es la que acaba con naturaleza y tecnología; El narrador de historias, de Enrique Congrains, que narra un futuro en el que Bolivia fue desbaratada y cada país vecino se quedó con un pequeño pedazo; y, para no ir más lejos, hay mucho también de De cuando en cuando Saturnina, de Alison Spedding, y de algunos cuentos de Para comerte mejor, de Giovanna Rivero.

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