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Atrapadas sin salida

Una lectura de Carcoma, novela de la española Layla Martínez que editorial El Cuervo acaba de editar y promociona en la Feria Internacional del Libro de La Paz.


Una casa maldita signa el destino de una familia durante varias generaciones. Una casa que tiene vida propia, o casi, pues acoge a las sombras de los muertos de la guerra civil, del franquismo y de la miseria. Pero también del padre/bisabuelo, iniciador de la estirpe y la maldición.


Nieta y abuela, alternativamente, cuentan su presente y su pasado indisolublemente ligado a la casona en ruinas en un marginal pueblito español. Una, resignada ya a la imposibilidad de abandonar su sino; la otra, hilando pistas, memorias y pensamientos para dar cuenta de una telaraña que no hace más que extenderse entre la realidad, las supersticiones y las terribles acciones de cada integrante del clan.


Desde aquella noche en que colocó los ladrillos y la argamasa, mi madre supo que las sombras se le habían metido dentro. Ya no las oía solo detrás de las cortinas o al otro lado de las puertas, sino también dentro del pecho, en lo hondo de las tripas. Cuando acercaba el oído a mi vientre, también las escuchaba dentro de mí. Supo que aquello crecería dentro de nosotras, que se nos enredaría en las entrañas y no podríamos arrancárnoslo. Todo tiene un precio y aquel era el que tenía que pagar mi madre. (42)


El padre/bisabuelo fue un paria que nunca pudo integrarse pese a hacer riqueza. Fue, además, regente de una casa de putas. Ahí parte y se centra todo. “Siempre fue fiel a sus odios”, recuerda su hija (la abuela).


No solo el suspenso y el horror –tejido el primero con habilidad por la autora; previsto, el segundo, por cada lector en el avance de páginas– marcan esta breve novela de Layla Martínez; también la sutil, aunque recurrente reflexión social.


Y es que Carcoma se enfoca, además, en la miseria. Como un hecho concreto en determinadas personas, pero sobre todo como una situación o condición impuesta. La miseria material y la miseria del alma generan y resultan a la vez, en esta novela, de un estigma heredado: algo que se lleva en el pecho. Una carcoma, una marca omnipotente que guía y predetermina.


Yo a mi madre ya casi ni la veía (…). Me estaba haciendo cumplir el castigo de toda la familia pero la envidia seguía comiéndosela por dentro. Ahí yo ya supe que no iba a perdonarme nunca. Se la llevaban los demonios de pensar que la santa me hablase a mí en vez de a ella. (61-62)


Se retrata, cómo no, a la España franquista que se impuso por décadas y condenó al marginamiento a la sociedad rural, a las mayorías periféricas. Las víctimas menos visibilizadas que sobrevivieron al horror de la guerra y la persecución, pero no a los traumas, efectos y devastaciones menos visibles, pero igual de nefastos.


Estuvo mirando a ver si le daban alguna ayuda pero se desengañó enseguida. Aquí pa que te den algo ya tienes que tenerlo tú de antes y luego ellos te lo alivian. Si no tienes nada eso es lo que te dan, nada. (55)

Pero quizás hay un signo no tan expuesto, pero no menos importante para hilar los hitos de esta obra: el encierro. Los cepos y anclas que cada miembro de la familia se autoimpone a su turno. O, en el caso más terrible, que infligen a sus seres queridos. Nadie puede volar del nido. Se debe cumplir la condena.


La prisión elegida y la penitencia. El estigma asumido a tal punto que se hace real e indiscutible. El resentimiento que es tan fuerte que se lleva en la sangre.


En el pasillo la niebla había desaparecido, solo quedaba el rencor y el resentimiento de siempre pegado a las paredes y a los suelos como postilla como costra. (48)


Por este último componente, no se puede evitar un lazo con dos obras clave de Fernanda Trías. La azotea y Mugre rosa. En su primera novela, la uruguaya plantea un encierro voluntario: la protagonista se niega a abandonar el departamento donde pare y atiende a su hija y a su padre enfermo. Y en la más reciente, sigue las huellas de una joven atrapada ante una catástrofe climática que amenaza a toda una ciudad. La angustia, la fantasía de un escape imposible son las mismas en estas novelas de Trías y en la nouvelle de la española Martínez.


La vieja tiene razón, nunca acabé de creerme que estuviese atrapada en esta casa por más que me lo dijese. Pensaba que algún día podría marcharme, que me iría de este pueblo de mierda como habían hecho todos. Aquí ya no quedaba nadie de mi edad porque el que había podido se había ido a Madrid y el que no a Cuenca unos a estudiar y otros a la obra al Mercadona al Zara a donde fuese menos aquí porque aquí solo se quedaban los viejos a medio morir. Yo creía eso pero vi que no que la vieja tenía razón y que las mujeres de esta familia solo salimos de aquí cuando se nos llevan, a mí cuando me encarcelaron y a mi madre cuando la desaparecieron. (65)

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