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Cuando la ausencia permanece

A unos apuntes en torno a El corazón del daño, de María Negroni, una de las novedades que editorial Mantis presentará en la Feria Internacional del Libro de La Paz.


Tan inclasificable y singular es esta novela que, a la hora de pensar una reseña, los apuntes de lectura –citas incluidas– se impusieron a cualquier intento de darle otra forma.


El epígrafe de Clarice Lispector es fundamental: “voy a crear lo que me sucedió”.


La narradora, el personaje protagonista –que no la autora– cuenta su vida en retrospectiva en una prosa poética matizada por citas, referencias y parámetros ensayísticos.


Yo insisto en lo vivido (un suponer); le ajusto su relación con el lenguaje. La rabia me salva la vida. (17)


Son unas memorias atravesadas de dolor, de la necesidad de purgar el rencor y el trauma para desanclar presente y futuro del pesado pasado (con perdón por la rima). Es un ensayo autobiográfico, la teorización de una vida sin la distancia necesaria del tiempo.


¿Es posible escribir lo que se vive?

¿Tomar como punto de partida una pequeña huella y copiar sin comillas, como enhebrando, eso minúsculo que apenas ve nuestra miopía? (21)


Es también una larga carta de amor y odio –entre el espanto y la ternura– a la madre castradora. Es un reclamo frontal: la ausencia permanece y es hora de ajustar cuentas.


¿Con mamá?

¿Con ella misma?

¿Con el pasado?


Todo le predestinó a escribir, cuenta. Y a escribir así, como y sobre lo que escribe. Aunque para sus padres estaba predestinada a ser abogada y tener una vida familiar, convencional, conservadora.


En algún momento empecé a escribir.

Un diario íntimo, primero.

Intentos de poemas, después.

Dije:

Parir o reventar. (22)


 

A esto lo he llamado escribir.

Entrar en una morgue a buscar un cielo que me llamaba para cerca, su vuelo alrededor como un gran miedo.

Siempre se busca la noche originaria. (27)


La crisis existencial se sobrepone a la reconstrucción o intentos de reconstrucción de una vida. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué su madre le hizo todo eso? ¿Por qué ella se lo permitió? ¿Pudo evitarlo? ¿Fue tan grave a fin de cuentas? ¿No entendió ella el ser hija? ¿No entendió el tener que tener vida propia?

La verdad es un armario lleno de sombras.

Nunca nada anula nuestra infancia. (30)

 

Quito, una a una, las capas de los visible que me impiden ver.

A lo mejor los libros son también eso: un viaje a la transparencia.

Escribo para no morir (31)

 

Muchos años después, una maestra de yoga me dijo, sencillamente:

Sufrir es una decisión.

Una decisión cognitiva, agregó. (32)


Vive con un mantra permanente, en un laberinto, acechada por los dichos, frases, muletillas e incordios con los que su madre confrontaba el mundo y la atormentaba. Una desolación extendida. ¿Elegida?


¿Te lavaste las manos?

Sentate bien.

Para algo están los cubiertos.

Parecía que un dios, dispensador de irrealidad, se hubiera abatido sin tregua sobre la escena doméstica, dejándonos a merced de pájaros temblando. (39)


Tarde se da cuenta. Recién comprende que toda su obra está trasminada de queja-denuncia-exorcismo. De su infancia. De su madre.

Los libros son la música de un saber que se ignora. (45)

 

Por qué supe tan tarde que obedecer no es una virtud. (49)


“Me largué a respirar, a reventar dentro de mí. / A poner mi cuerpo en su lugar” (63), dice. Pero, ¿se largó? No poder huir, por más lejos que uno se vaya, es la peor prisión. La culpa. La duda. ¿Por qué me dejé?


Tardó demasiado en entender que las cadenas habían sido cortadas mucho antes. ¿O es que lo sabía, muy en el fondo, y fingía porque no tenía el valor de dejarlas de lado y volar? ¿Errores? ¿Cobardías?


Me fundaría de nuevo.

¡Mirá qué suavita estoy!

Olvidaría el pasado o me inventaría otro, da igual, porque ahí adonde voy nadie me conoce, y yo tengo una sed atroz. (74)

 

Y así logré mi gran hazaña.

Un gigantesco alrededor me separó de los demás, y acabé por anular cualquier resabio de pertenencia. (77)

 

Tu movida fue sagaz, Madre.

Me dejaste mis propias cartas, listas para ser leídas.

No había escapatoria.

Tuve que enfrentar el fraude más patético del mundo: yo. (89)


Y así se podría seguir, y mucho.

Dietario. Confesión. Testamento. Autobiografía de una mujer que trajinó por la vida sufriendo sin percatarse que podía librarse, que no era necesario. O sin querer darse cuenta.


Yo había tenido otra vida, otros ideales, otras convicciones, y ahora no había nadie que pudiera dar fe.

Nadie que dijera hasta qué punto.

Eso me despertó.

Amanecía en lo parado de las cosas, lo que existe porque sí, sin mediación ninguna.

Me quedé atenta, eso sí, al vuelo de las golondrinas, casi. (107)


Apunte final

El lenguaje como todo. Eje y memoria, generador y conformador. Vehículo, canalizador. Sobre todo, esencia y motor de vida. Pero no siempre puerto de llegada.


La escritura no consuela, no compensa de nada, apenas cuesta cada vez más.

Lo daría todo por el don de las lágrimas. (119)

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