Verónica Delgadillo: “escribo para que la casa no hable sola”
- ángela suárez y andrea mojica
- hace 2 días
- 8 Min. de lectura
Una entrevista de poetas a poeta con motivo de la publicación del libro Invasión de los muros, premiado en España. La conversación se dio en el marco del XXXII Encuentro Nacional e Internacional de Mujeres poetas en Cereté, Colombia.

- En Invasión de los muros la casa es un personaje. No sólo un espacio. El libro empieza en la casa. ¿Por qué volver ahí?
- La casa es la primera ficción que habitamos. Y la más peligrosa, porque parece real. Todo empieza ahí; y ahí mismo se quiebra. Crecemos rodeados de objetos que tienen más memoria que nosotros: un pasillo puede guardar siglos, una pared puede conservar ecos de voces antiguas, una taza puede hablarnos de tres generaciones.
En este libro creo que trato de escuchar esos murmullos. Los poemas nacen de esa escucha. A veces escribo para que la casa no hable sola. O para que no hable tan fuerte. O para que no sea ella quien tenga la última palabra.
Creo que debemos volver a lo que miramos cuando éramos niños. Es un acto político y afectivo. Comprender el pasado no solo a nivel individual, sino colectivo. Y empezar desde el territorio íntimo, ya es ganancia.
- Justamente, el libro propone una política íntima, muy alejada del panfleto, pero absolutamente crítica. ¿Cómo ves esa relación entre lo doméstico y lo político?
- Estoy convencida de que lo político está en la forma en que una mujer cierra una puerta. En cómo lava una prenda. En cómo impide que la rabia llegue a los hijos. En cómo defiende su modo de ser dentro de la familia, cómo lucha por hacerse dueña de sus palabras y de sus silencios en lo cotidiano.
El dolor que se grita se va rápido. Pero el que se sostiene –el dolor que late en los márgenes, el que se filtra por las ventanas– ese es el que hace el surco donde luego vamos a sembrar, nosotras para las demás. Eso es lo que quiero creer. Yo siento que los poemas de este libro nacen ahí, en esos gestos minúsculos.
Lo doméstico… no es un territorio inocente. Nunca lo fue. Es donde aprendemos la obediencia y el miedo. Pero también donde nace el deseo de desobedecer.
Hay un verso en el libro que dice: “hemos sido los mejores vientres / que el diablo pudo encontrar”. Creo que ahí está mi política, o… una parte importante de ella. Decir en voz baja lo que todavía cuesta escuchar. Yo no escribo para romper nada, en todo caso, lo hago para no romperme.
Y ojalá para que otras mujeres no crean que su herida es un error o una calamidad. Una casa -como un cuerpo- se construye con cálculos que buscan hacerla sólida: columnas para el peso, vigas para distribuir la carga, juntas de dilatación para permitir que algo se mueva sin romperse. Pero ninguna estructura, por más exacta que sea, está a salvo del misterio del terreno. La tierra respira, y a veces se acomoda, cede un milímetro, y ese movimiento mínimo basta para abrir una grieta.
Así también sucede en nosotras. No siempre nos fractura un golpe – eso ya lo sabemos- ; a veces la fisura aparece por un asentamiento antiguo, por un silencio acumulado, por una emoción que se desliza como un sismo suave.
“Grieta” deviene de crieta, que es una forma antigua del castellano que a su viene del latín creptare: crujir. La grieta es, en esencia, un sonido. El sonido natural que produce algo al romperse, lo que queda luego de ese sonido. No es una catástrofe: es la forma en que el cuerpo muestra su geología. La casa se quiebra para avisar que está viva. Nosotras también. Por eso la escucha atenta es fundamental, y debe ser una escucha llena de paciencia y de amor.
- Hablemos de la ternura, que en este libro aparece como fuerza resistente. No como adorno.
- La ternura es peligrosa. Te expone…sí. Te expone completamente. Te hace vulnerable. Por eso la considero una forma de coraje. Hay que ser valiente para elegir la ternura como bandera. Como arma para caminar en la vida. La ternura es un arma lenta, nadie se defiende de ella. La ternura te obliga a ver.
Cuando veo a mi madre, a mi abuela, cuando imagino a mi hija muerta, a mis ancestras, siento que la única justicia posible es tratarlas con algo que nunca tuvieron: descanso. Quizá escribo para eso. Para que descansen, al fin.
No escribo desde la dureza —no es mi lenguaje—, pero sí desde la ternura, pienso que la ternura tiene filo. Trato de escribir pensando que tengo un cuchillo envuelto en un pañuelo. Es más audaz, creo. Corta, pero no hiere.
En Invasión de los muros, la ternura es una decisión: decir “a pesar de todo, seguimos sintiendo”. Y eso, en ciertos contextos, es más político que gritar.
La verdad no necesita mucho volumen. Lo que duele se entiende rápido. A veces un verso basta e incluso puede llegar a ser demasiado si ese verso solo se susurra.
- El libro dialoga con el cine de manera muy orgánica. Lynch, Wenders, Wong Kar-wai… ¿Cómo entra el lenguaje cinematográfico en tu poesía?
- El cine me da algo que la palabra no siempre puede darme: distancia. Y una sombra donde esconderme. En el cine nadie te pregunta quién sos. Solo te mira y a veces eso basta. Lynch me enseñó que la sombra también narra. Y, bueno, desde entonces no dejo de mirar las sombras. Wong Kar-wai me enseñó que el deseo vive en los márgenes y en las cosas que aparentemente no son importantes pero que terminan siendo lo que te hace comprender todo lo que te quiere decir. El cine me enseñó a mirar y a escuchar el silencio. Es otro lenguaje.
Cuando escribo, no pienso tanto en metáforas, mi mente piensa en planos. Me digo: Esto se vería mejor en un primerísimo primer plano, esto necesita un corte seco, esto otro un zoom lento. Veo todo en imágenes. Pienso en luces y en sombras. Me pregunto de dónde viene la emoción que quiero encuadrar, cuánto mostrar y cuánto dejar fuera de campo, qué parte del poema pide luz directa y cuál necesita penumbra. No siempre dejo libre esa forma de pensar, pero en este libro en particular, lo dejé salir, que sea lo sea, eso soy yo…
En la trilogía “mujer en el cine”, más que hablar de películas, traté de captar emociones. La escritora, la espectadora y el personaje son la misma mujer. A veces detrás de cámara, a veces frente a ella, a veces frente a la pantalla. Las tres desfasadas, pero mirando la misma escena.
- En la tercera sección aparece la fuga como movimiento vital. ¿La fuga libera o revela?
- Las dos cosas. La fuga te arranca de lo que te destruye… o al menos de lo que sientes que ya no puedes sostener. Es un acto de amor propio. No aparece como abandono porque huir no es dejar, en este caso, huir es elegir vivir. Aunque eso implique mirarte sin paredes, en un cuarto lleno de espejos. Huir no siempre es correr, sino simplemente soltar lo que no nos pertenece. Es descansar. Y hay mucha gente que no entiende ese cansancio. La fuga lo revela, y también lo libera.
Cuando una mujer se va, no se lleva nada salvo su respiración. Pero esa respiración es suficiente para empezar. No hablo de cosas materiales, en el libro ni ahora. En el libro hay un verso que resume esa tensión: “Las mujeres que huyeron / dejaron semillas en el viento”. Creo profundamente en esas semillas. Creo que son las únicas que crecen sin permiso.
- El linaje femenino está muy presente. Abuelas, madres, hermanas, la hija muerta… ¿Cómo se escribe desde esa multiplicidad?
- No sé si escribo desde ahí, pero sí veo y escucho desde ahí. Esta es la parte en que para mí entra un poco de ficción. El afuera está lleno de ficción. Esas mujeres están conmigo desde antes del poema. Vienen con silencios, con dolores. Algunas vienen con nombres, otras no los necesitan o vienen con sombras. La poesía me permite conversar con ellas sin tener que sanar nada.
No busco redención, busco compañía, conversación, si se puede. Y en ese diálogo, la voz se fragmenta, se desdobla, vuelve a juntarse.
En “La Fábrica” hay un verso que dice: “No se nos permite soñar”. Ese verso es para todas. Nos quitaron tantas cosas, pero la más cruel fue el sueño, porque sin sueños no hay deseo; y sin deseo no hay movimiento.
Yo escribí ese poema buscando devolverme ese movimiento, aunque sea pequeño. En algún momento, ese poema dejó de hablar de mí y se volvió una provocación contra el olvido.
- ¿Qué aporta Invasión de los muros a la literatura escrita por mujeres en este momento?
- Nunca pensé en qué le iba a dejar a la literatura. Nunca escribí desde ahí. Si algo aporta este libro, quizá puede ser esa forma de resistencia que trabaja en clave de susurro, con una ternura afilada. Es una política íntima.
Creo que estamos en un momento donde la escritura de mujeres está siendo leída muchísimo —a veces es celebrada, a veces instrumentalizada— por su capacidad de denunciar violencias. Y está bien. Pero no hay que olvidar la violencia íntima, la que no deja marcas visibles, la que ejercemos contra nosotras mismas o que desliza en silencio entre mujeres. De eso, no se habla mucho. Yo quería escribir desde ese espacio, porque siento que es donde el silencio persiste, y también donde más heridas invisibles quedan.
Ojalá sea ese el aporte: una manera de decir “aquí adentro también pasa algo”. El Encuentro de poetas mujeres en Cereté, con 32 años de presencia en la escena cultural, es una clara muestra de que lo que mujeres estamos diciendo desde la poesía es fundamental para comprender en su totalidad la producción literaria. Las voces de las mujeres en la poesía están entrando en una sintonía prodigiosa pocas veces vista en la historia de la literatura mundial, es un momento muy especial para las letras, sobre todo a nivel Latinoamérica.
- Hay un verso final, el que cierra el libro: “Volver, / aunque nadie aguarde.” ¿Qué significa para ti?
- El libro abre y cierra con ese verbo. Volver. Es el corazón del libro. Todo empieza y termina ahí. En el poema inicial, volver es una propuesta íntima. En el final, se vuelve un manifiesto colectivo.
Volver es un acto de fe. En el libro hay, sí, una especie de obsesión mía por ese movimiento, volver sin importar lo que vas a encontrar -una misma, lo que queda, lo que fue imposible- entendiendo que volver es una acción que implica otras acciones: recoger, recomponer, crear, refundar. Aunque nadie espere, aunque no haya testigos, volver es insistir en la vida. Es comprometerse con ella.
- ¿Y la poesía? ¿Para qué sirve, si es que debe servir para algo?
- A mí la poesía me sirve para sostener las sombras que se me caen encima. Incluso cuando leo o escucho otras voces heridas, siento que algo en mí encuentra refugio. La poesía no me salva -no es su tarea, al menos no conmigo- pero me acompaña de un modo que ninguna otra cosa logra. Con eso me basta. La labor de salvataje es mía. La poesía me ofrece una luz oblicua para mirar lo que temo, un espacio donde el dolor no se vuelve un enemigo, sino un interlocutor. Me sirve para eso: para no atravesar la oscuridad sola.







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