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Los decapitados: Tres son multitud

Una mirada a Los Decapitados (Editorial 3600, 2017), primera novela de la trilogía que el autor cochabambino Iván Gutiérrez publicó hace algunos años. Atravesada por el rock, y con énfasis en los primeros años de este siglo, la novela "indaga, desde su tono despojado, un tiempo y espacio social, histórico y cultural (o contracultural). Es un retrato de una (cierta) juventud, invisible en un país de negaciones".


 

Kurt Vonnegut recomienda escribir una novela como si se le estuviera contando el argumento a alguien en una conversación. La narrativa de Los Decapitados oscila entre una escritura ágil, que por momentos es liviana, y escenas intensas que apresuran y profundizan en la historia. Pero tiene, además, varios recursos escriturales: una lista de datos curiosos de “trivia”, no por ello triviales, –que son un rasgo distintivo en novelas como Rum Punch, (libro de Elmore Leonard en el que se basó la película Jackie Brown  de Quentin Tarantino) o War on Everyone (John Michael Mc Donagh)–, capítulos monográficos dedicados a la figura de la escritora rusa Sonnia Nikolái Fedórovna, digresiones temporales, entrevistas, letras de canciones, semblanzas truncas de los padres de los protagonistas… De hecho, los padres son sintomáticas figuras ausentes, difusas y hasta antagónicas. Extrapolando a Peanuts(Rabanitos, “Snoopy”, pues) de Charles Schultz, nos recuerda a esos padres sin rostro que hablaban un idioma imposible de entender para los niños.


La brecha generacional, la crisis de juventud de principio de siglo (ciertos coqueteos con el nihilismo, el cinismo y la autodestrucción) y el desarraigo cultural de la clase media son parte del comentario general del libro. En una literatura como la boliviana que, en su constante búsqueda de una identidad nacional y una preocupación por el establecimiento de un canon literario, tiende a ser costumbrista, realista y hasta documental, es interesante la ambición y el arrojo de Iván Gutiérrez para desarrollar la acción en una ciudad indeterminada, que podría ser cualquiera, y desplegar un imaginario que, más allá de un principio de realidad ajeno al universo ficcional, tiene sentido solamente en el elaborado delirio de los protagonistas.

Considero que el principal aporte de la novela Los Decapitados es presentarnos una serie de personajes que escapan del costumbrismo tradicional de la literatura boliviana y que, desde el fragmento formal, las alternancias constantes de voz narrativa, los diálogos y datos curiosos, la división de la obra en capítulos más bien breves que facilitan la lectura, y construcciones parciales –muchas veces vagas–, de alguna manera indaga, desde su tono despojado, un tiempo y espacio social, histórico, cultural (o contracultural). Es un retrato de una (cierta) juventud, invisible en un país de negaciones.


No sería la primera vez que nos hallamos ante una novela donde los protagonistas no son diseccionados psicológicamente ni presentados al lector mediante una semblanza cronológica previa o descripciones detalladas, sino que su presencia se limita a sus acciones y diálogos, casi de una manera cinematográfica, además del uso de los recursos ya mencionados párrafos atrás. De alguna manera, en Los decapitados sientes que los personajes son visualmente identificables, que pertenecen a un sector social y generacional (una subcultura rockera-urbana-clase media), que se parecen probablemente a muchas personas que hemos conocido.


El triángulo que conforman Felipe, Sofía y Pablo no se discierne por igual en los tres ángulos de su peso trágico, y la novela ensaya una ambigüedad premeditada que, tal vez, con una manito más de edición, no sugeriría, como sucede en algunos momentos, falta de atención o de rigor. El caso es que estos tres jóvenes –alegóricos, arquetípicos–, conforman una pequeña unidad criminal llamada Los Invisibles que, en base a secuestros express de riesgo calculado, financian una vida disipada y una futura gran huida. Imposible no evocar el filme español Éxtasis, de Mariano Barroso.


Aunque el autor no profundiza en ninguno de los tres personajes, la narración fragmentada nos permite armar un rompecabezas parcial. Sofía es coqueta, promiscua e inestable, sin más. Felipe, manipulador y dominante. Pablo, apocado, sensible y quizás el más inteligente de Los Invisibles. Sofía es atractiva, practicó ballet en su infancia, quiere empezar un estudio de ballet. Pablo, quiere terminar la tesis acerca de Sonnia Nikolái Fedórovna y está enamorado de Sofía. Felipe simplemente quiere largarse con Sofía.


La premisa que permite amalgamar estos diferentes registros de escritura (narración en tiempos pasado y presente, diálogos, biografías, e-mails, estadísticas, etc.) es, en principio, disparatada, pero su naturaleza paradojal envuelve una lógica: Felipe y Sofía, sin que Pablo lo sepa, viajan al último concierto anunciado de la banda Los Decapitados con la intención de asesinar al cantante, Arturo Borja, bajo el razonamiento de que la muerte lo elevará a mito. Pero, en el fondo, el crimen se proyecta como un ritual que les permitirá acabar con todo. Es la ilusión que precisa la idea de comenzar una nueva vida.


Hace años escribí en mi poema “iPoem” (iPoem, 2008): “Si queremos un mundo nuevo / tenemos que acabar con este”. En Los Decapitados advierto una sintonía con una idealización (y estetización) de la fuga y de la autodestrucción, con la fantasía del “gran golpe” o del “gran escape”, palpable en la cultura pop de la época. Películas y obras literarias –como El club de la pelea (novela de Chuck Palahniuk, peli de David Fincher) o Trainspotting (libro de Irving Welsh, filme de Danny Boyle)– marcan, como referentes culturales, el tránsito del siglo XX al XXI y se enraízan en las subculturas rock, hasta muy entrado el nuevo milenio.


Los Decapitados funciona como testimonio de época, ficciona fenómenos, comportamientos, situaciones y rasgos culturales de una generación poco atendida por la literatura nacional, discurre por las causas, efectos y afectos de la música en la vida de los jóvenes y se nos conduce a mirar las cosas desde la lógica del fan musical: el centro de su mundo, sus acciones y su vida es la banda o artista objeto de su idolatría. Ahora, frente a la banalización y sometimiento de la música al poder, parece el documento de la decapitación de una época, de un espíritu colectivo, de un no-futuro curiosamente esperanzado.

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