Al borde de la llama

Acerca de Qué más queda cuando (Editorial 3600) de Marcia Mendieta Estenssoro, una de las nuevas voces de la poesía cruceña. El libro será presentado en la FIL de la Paz este próximo agosto.

Creo que puede leerse este libro desde varios estados y situaciones: la convalecencia, la depresión, la soledad, la sanación en tiempo real, la conciencia del cuerpo, la otredad del mundo, su insoportable trasiego. Por eso se siente como esa mudanza que da título a la primera parte del libro –“Mudar”–, que podría traducirse también con la cuasi homófona mutar; una mutación, una transformación evidente en los versos de “en otoño me deshojo”:


y cuando cierro los ojos se ha cumplido ya un año se ha pasado el otoño y yo aquí́ por empezar el invierno deshojada toda toda vuelta a mudar


Se pasa de la vida como un dudoso consuelo a la comprensión de los ciclos, que dan precisamente título al segundo conjunto de poemas –“Pienso en los ciclos”–, aunque la autora preserva el tono confesional, descriptivo, atávico, manifiesto explícitamente en el poema homónimo que trae esta irónica y posmoderna analogía:



pienso en los ciclos:


lavado

centrifugado

secado


la rotación de las telas y con ella la cabeza que gravita

mis hombros inclinados

hacia el vientre

los pies que poco a poco

del suelo se separan

mi cuerpo que gira y gira


Hay un conflicto axiomático, casi adolescente, con el mundo, con el afuera, que es extrañeza y violencia, tatuado en poemas como “frente a mí” y, más claramente, en “vivir afuera”, y una frontera muchas veces tangible, corporal con aquel: “las ventanas de mis dientes” o “la ciudad que se absorbe por los poros”, desde la cual se pregunta una y otra vez: ¿dónde? “Afuera, dónde” y “dónde volver”, inquiere en dos poemas consecutivos.


Si “Mudar” es intimidad y espacio interior, y “Pienso en los ciclos” fusiona el territorio del cuerpo con el de la ciudad arquetípica-simbólica, “Al borde la llama” propone la amalgama del cuerpo con la naturaleza o, más precisamente, la identificación con un bosque en llamas, desde el fuego de la feminidad:


si lo sabremos

nosotras que estamos siempre al borde de la llama


desde un esbozo de crítica social, en clave poética, al conocido y preocupante caso de los incendios forestales en la Amazonia boliviana, y desde un simbolismo acucioso:


y qué más queda cuando

hasta la lluvia

de nosotros se ha olvidado


En el cuarto momento del poemario, “Noche afónica”, atisbamos un diario nocturno en el que la noche es una presencia, una entidad, un organismo y un espacio donde recrudecen los miedos personales y colectivos:


once y cincuenta y uno

han prohibido aquí́ el tránsito el grito

de quienes no dejaron respirar

en el eco de años y años esta noche se ahoga


Finalmente, en “Miel y efervescencia”, Mendieta retoma la madeja del laberinto mental en estado febril de la primera parte para dialogar con el cuerpo en tanto ovillo, alma textil remendada, pulpa con profundidad frutal:


viajar hacia el carozo

saberme una hechura de capas piel tras la piel y adentro algo más y

palabras y si no son palabras qué


Esas palabras, que conforman el cuerpo poético donde la autora ha vertido su mirada y experiencia y que componen estos versos de factura transparente, son acaso signos que nos guían hasta el ojo de la cerradura de “la puerta de esa casa echada llave”.


Ilustración: Lulhy Cardozo

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