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Valga que canta la palma en mi voz

La compositora e intérprete cubana Liuba María Hevia volvió a presentarse en La Paz después de 25 años, en un concierto donde ofreció a manera de crónica un repaso de su ya extensa carrera, con más de 20 discos grabados, y siendo en la actualidad una de las voces fundamentales de la Nueva Trova.


Conocí la música de Liuba en 1995, unas semanas después de mi primera llegada a Cuba. Recuerdo aún la portada del casete Coloreando la esperanza, su primer álbum, grabado en 1993, donde se veía una Liuba en blanco y negro, muy joven y sonriente. El recuerdo lleva de fondo el estribillo de “Si me falta tu sonrisa”, un son con aire guajiro (léase de los montes y del campo cubano) que me cautivó desde sus primeros versos.


La primera vez que la vi en vivo fue en el Teatro Municipal de La Paz en 1999. Ella llevaba entonces ya grabados tres discos, pero no mucha gente en La Paz conocía su música. Sin embargo, Liuba tenía (y tiene), el don del conjuro inmediato, capaz de romper los hielos más bravos con su carisma y humor que nunca se perciben impostados. Y después, claro está, su clara e intensamente melódica voz, herramienta que esgrime con precisión para narrar amores, desamores, esperanzas y alegrías simples, aunque a menudo descritas con complejidad, a lo cual ya nos tiene acostumbrados la Nueva Trova Cubana. En aquella noche del 99 cantó junto al Papirri la canción “Sacudite” y, como era de esperar, terminó de ganarse algún distraído corazón, hasta ese momento aún indeciso.


El jueves 13 de junio de 2024, volvió Liuba María Hevia a presentarse en La Paz, esta vez en el Teatro Doña Albina, para entregarnos a manera autobiográfica un recorrido por sus más de 40 años de carrera como cantautora, habiendo compartido camino con los enormes Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, entre muchos otros nombres importantísimos para la canción en habla hispana.


En la guitarra acompañante estuvo Arnulfo José Guerra, que con sutileza y elegante musicalidad matizó y dio color a los versos cantados, valiéndose también, por momentos, de un tres cubano (instrumento de tres cuerdas dobles, usado en muchos géneros tradicionales en Cuba y Centroamérica).



El concierto se abrió con una de las canciones más emblemáticas de Liuba, “Tu amor es el canto mío”, y poco importó que las guitarras en un principio no sonaran por problemas técnicos, como tampoco importó más adelante, que el oxígeno le faltara, o que las luces le hicieran transpirar. Liuba se entrega con sencillez, cálida y bromista, sin excederse en elogios al público para ganarse el aplauso. Si bien los textos a menudo sugieren una exploración poética minuciosa, el diálogo con la audiencia no percibe barreras, quizá por estar las palabras envueltas en melodías no solamente muy agradables, sino que invitan a ser acompañadas a coro.


Para muchas de las canciones se proyectaron videoclips simultáneamente, cosa que no a todos agrada, pues existe el riesgo de que el encanto se disipe al no saber uno a dónde dirigir la atención. No obstante, durante la interpretación de “Ángel y habanera” con su video correspondiente, me invadió una sensación que no se me ocurre describir sino como nostalgia de lo no vivido. Y fue evidente que a muchos otros de los presentes se les escurrió una lágrima por el recuerdo de una La Habana nunca transitada, gracias a las palabras y a esa melodiosa reminiscencia, en este caso enmarcadas por las imágenes de la proyección.

Nuevas lágrimas se derramaron con la evocación del abuelo asturiano, que eligió el exilio en Cuba tomando el primer barco que zarpara de España, por no ir a pelear con el ejército español a la guerra de Marruecos. Y en cuestión de minutos ya cantábamos a coro: “Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante, que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.


Liuba se desliza dentro de las vertientes de la música tradicional cubana (la guajira, el son, el bolero, el danzón, la habanera), y aunque en momentos puntuales de su carrera ha interpretado a diversos autores, es principalmente cantautora. Es imposible no asociar muchas de sus melodías con algunas joyas de la nueva trova cubana, principalmente de los años 70 y 80, y sus canciones suelen tener ese efecto de complicidad inmediata, que hace innecesario el conocimiento previo de la letra o el reconocimiento de la melodía. Es un lenguaje directo que se vale del efecto emocional y que será, sin duda, más profundo si se quieren luego desgranar los textos. 


Liuba es también conocida por generaciones varias de niños cubanos por interpretar y componer canciones infantiles, llegando a ser la voz de “La hora de la calabacita” (momento en que finaliza el horario infantil en la televisión cubana) con su canción “Travesía mágica”. Pudimos escuchar un par de canciones de ese repertorio, que fue respaldado a coro por niños ahora ya crecidos que recordaron historias como la de Estela (un granito de canela que no quiere caer en la cazuela).


Ya en la segunda parte fue invitado a escena Willy Claure, quien interpretó dos cuecas para luego unirse a Liuba en una versión a dúo de “Si me falta tu sonrisa”, y finalmente “No le digas”, donde Liuba durante los cuatro versos que cantó pareció hacernos redescubrir este ya clásico del cancionero boliviano.


Para la interpretación de “Con un ramito de mejorana” fue invitada la joven Camila Bedregal, en un momento muy emotivo para la cantautora, y pudimos también apreciar la danza contemporánea de Truddy Murillo para “Ausencias”, canción grabada en 1998 a dúo con Silvio Rodríguez.


Un momento especialmente bello fue escuchar “Valga que sé”, un son en el cuál la cantautora celebra y reafirma su identidad cubana, celebrando también su carrera artística y la vida en general, de modo que uno puede hacer suya la canción de primera oída, a pesar de la gramática tan propia del hablar cubano (valga que sé, valga que soy, valga que sé de dónde soy).


Quiero permitirme decir que en un principio me pareció casi de sobra finalizar el concierto con “Yolanda” y “Te doy una canción”, de Pablo y Silvio, respectivamente. Pero tampoco esto fue presentado como una bandera de la Nueva Trova Cubana, sino como un honesto homenaje a esas grandes figuras, como raíz e inspiración de la música de Liuba María Hevia. Esa música que a mí, personalmente, y quizá a muchos otros, en momentos distintos de nuestras vidas nos desveló, nos conjuró, y nos vino a recordar (o a enseñar) que hay músicas que por momentos parecen hacer posible eso que por no encontrar mejores palabras llamamos un mundo mejor. Y si este conjuro no fuera más que ilusión, vale pensar que a veces, mientras dure la ilusión, con eso basta.



 

 

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