Plano detalle de un momento en la literatura boliviana

Entre 2011 y lo que va de 2022 se publicaron muchos libros de ficción que consolidaron definitivamente a varios escritores bolivianos. Eso no es poco. Fue difícil quedarse con una docena.

2015 fue un año excepcional para la literatura boliviana. Para la narrativa, para ser precisos. A fines de ese diciembre, en el desaparecido suplemento LetraSiete, trabajé en una típica nota de recuento y valoración. Once periodistas culturales, críticos, escritores, académicos y editores; nueve de ellos bolivianos y dos extranjeras, hicieron sus apuestas y el resultado fue: “el título de mejor libro boliviano de 2015 queda en triple empate: dos novelas, tan diferentes como soberbias cada una: Catre de fierro (Plural), de Alison Spedding y Los afectos (Random House-El Cuervo), de Rodrigo Hasbún; y un libro de cuentos, Para comerte mejor(Sudaquia), de Giovanna Rivero.


Pero en los puestos siguientes quedaron otros títulos que, siete años después, respaldan aquello de “año excepcional”: La desaparición del paisaje (Periférica), de Maximiliano Barrientos; Asma (Nuevo Milenio), de Aldo Medinaceli; Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (El Cuervo), de Wilmer Urrelo; El sonido de la H (Santillana), con la que Magela Baudoin ganó el Premio Nacional de Novela 2014 y la valiosísima Historia de los boleros de caballería (FC-BCB-Plural), de Jenny Cárdenas.


A partir de esta convergencia tan poco frecuente de 12 meses, armamos una propuesta de 12 libros bolivianos fundamentales de los 12 últimos años. Todos decimos que este tipo de rankings o tops son irrelevantes y que nos tienen sin cuidado, pero al final (casi todos) leemos y consideramos, aunque sea parcialmente, los listados o las clasificaciones de “lo mejor”. ¿O no?


Lejos de la mercadotecnia y de afanes por cuantificar (en lugar de cualificar) la literatura, si de lo que se trata es de llamar la atención hacia libros valiosos, recomendar lecturas placenteras y propiciar acercamientos a autores imprescindibles, bienvenidos estos “cánones”. Van, entonces, 12 recomendaciones sin orden jerárquico, tan solo cronológico.


Ensayos escogidos (Plural, 2011), de Luis Antezana

Sin lugar a dudas “Cachín” Antezana es el gran pensador de la literatura boliviana del último medio siglo. Sus lecturas precisas y reveladoras consagraron libros y escritores tanto en las últimas décadas del siglo XX como en estas iniciales del XXI. En esta estupenda edición a cargo de Mauricio Souza se recoge textos fundamentales sobre Saenz, Suárez, Medinaceli y Cerruto, así como aproximaciones a la literatura policial y otros ámbitos culturales y artísticos que, gracias a la incisiva y clara mirada de Antezana, se entienden y disfrutan más y mejor.


Hablar con los perros (Alfaguara, 2011), de Wilmer Urrelo

La Guerra del Chaco desde un ángulo nunca antes visto. Fiel a su estilo, Urrelo presenta una compleja historia de historias. Personajes y tramas que siguen su curso en largos tramos diferenciados, y en ciertos momentos convergen en tiempo o memoria.

Taxidermia, rock y canibalismo; traumas, rencores y mentiras… y mucho más convergen en una pieza densa pero atrapante. 600 páginas que corren y se disfrutan bajo el signo clave de los policiales –que no es el caso–: ansias, casi desesperación por conocer destinos y desenlaces.


98 segundos sin sombra (Caballo de troya, 2014), de Giovanna Rivero

“Yo tengo la obsesión del viaje. Siempre creo que voy a solucionar todo yéndome”. Bien puede aplicarse esta cita de Adolfo Bioy Casares para sintetizar este que fue acaso el libro boliviano más reseñado y elogiado de los últimos años.

Genoveva odia a su padre, soporta apenas a su madre, quiere a su abuela y adora a su pequeño hermano Nacho. Genoveva es una adolescente que vive en Therox, el culo del mundo, un pueblo cruceño enfrentado al boom del narcotráfico de los años 80, y en el que el líder de una secta religiosa esotérica rompe la monotonía de las mujeres prometiéndoles “la salvación a través de la trascendencia”.


La composición de la sal (Plural, 2014), de Magela Baudoin

Escribió Sebastián Antezana sobre este libro: “No recuerdo quién fue el que dijo que, a partir de cierto momento de nuestras vidas, tal vez cercanos a la vejez, dejamos de tomar decisiones y hacer elecciones y empezamos simplemente a vivir sus consecuencias. No recuerdo quién lo dijo, pero creo encontrar algo de eso en los cuentos de La composición de la sal. Y cuando lo encuentro aquí lo hago sin sensación de opresión o de clausura alguna, sino de algo parecido a una tranquila aceptación, al entendimiento de que las pequeñas y grandes alegrías, y los pequeños y grandes daños, podrían ser todos producto de una voluntad no interesada en la retribución sino en el equilibrio, un equilibrio del orden de la naturaleza, por otra parte, capaz de tanta maravilla como de igual crueldad”.



Catre de fierro (Plural, 2015), de Alison Spedding

Una extensa y compleja relación de la Bolivia de la segunda mitad del siglo XX, caracterizada por el paso de lo rural a lo urbano con todas las transformaciones sociales que ello conlleva. Destaca la maestría con que la autora británico-boliviana maneja a sus personajes y tramas, lo que le permite redondear una magnífica obra de ficción, definitivamente lejos de la novela sociológica tan corriente en Bolivia en décadas pasadas y a la que no pocos tópicos de Catre de fierro podrían acercar peligrosamente. Imperdible.


Los afectos (El Cuervo, 2015), de Rodrigo Hasbún

Un notable despliegue de estilo –esa economía de palabras, esa gran capacidad de Hasbún para contar tanto y tan bien en tan pocas palabras– y técnica narrativa para hilar una trama sólida sobre una familia de alemanes que se encuentra y desencuentra en la Bolivia que los adopta, aquella de los álgidos años de la utopía de la revolución y de las dictaduras.


La desaparición del paisaje, (Periférica, 2015), de Maximiliano Barrientos

Cervezas y whiskies, autos y perros. Carreteras infinitas y cuartos de hotel. Hombres y mujeres irremediablemente solitarios y el mundo girando a su alrededor.


Tanto los relatos breves como las novelas de Barrientos podrían, de alguna manera, resumirse así; y lo digo con la más decidida intención de elogio: qué mejor que la simplicidad y naturalidad de la vida cotidiana –escenas, retazos, el paso del tiempo– para contar una historia. Y qué mejor que hacerlo de una manera clara, contundente y profundamente reflexiva.


Barrientos tiene una enorme habilidad para transmitir sensaciones y sentimientos; sin ser explícito, sin redundar ni rebuscar, solo con diálogos y situaciones quirúrgicamente diseñados. Y esta, hay que decirlo, es una novela de sensaciones, de sentires; una novela bien engranada con un lenguaje implícita y explícitamente cinematográfico, tanto que las más logradas descripciones bien podrían transportarse, exactas, a un posible guion adaptado.


Los días de la peste (Malpaso, 2017) de Edmundo Paz Soldán

“¿Creaste al hombre que te hizo y al hacerlo le diste un conducto para crearte como diosa? ¿O eres una simple estatua y es mi fe la que te convierte en otra cosa?”. Esta interrogante de la Jovera –una prostituta decadente– uno de los treinta y pico personajes, muy bien puede sintetizar la esencia de esta novela.


Una honda reflexión sobre la fe y la religión, sobre su rol capital en el desarrollo histórico de la humanidad (¿la involución en la evolución?), es el eje de esta obra en la que, por lógica interrelación, también se habla de corrupción, violencia y marginalidad.



Iluminación (El Cuervo, 2017) de Sebastián Antezana

Es muy difícil hallar altibajos o desentonos en este libro. En cinco de estos siete cuentos el lenguaje, la estructura de la narración, el estilo pulcro, detallista, que no rebuscado ni artificial, alcanzan niveles sobresalientes.


En las tantas rupturas que los escritores latinoamericanos de fines del siglo pasado plantearon contra sus mentores y referentes, no pocas veces se cuestionó la redundancia, el abuso de las descripciones. Antezana nos demuestra que, lejos de modas, manuales de escritura o cualquier fórmula, para escribir bien simplemente hay que tener oficio y regarlo con muchas horas de trabajo.


Manubiduyepe (Editorial 3600), de Juan Pablo Piñeiro

Tiene Manubiduyepe algo de reconstrucción social y antropológica de Cobija y la selva pandina; abundan rasgos que para el incauto lector podrían pasar por realismo mágico, pero en realidad es una crónica concebida desde el deslumbramiento de un encuentro (casi) imposible; desde la mirada sorprendida e inocente, primero, de un colla foráneo, y desde su inquebrantable curiosidad, después, en pos de desentrañar este “lejano” universo, tan cercano a la vez. No todo lo que parece sobrenatural, imposible, irracional, a ojos profanos, lo es.


Es, también, Manubiduyepe un inventario de personajes y, por tanto, peculiaridades de la selva boliviana: idiosincrasias, sabidurías. Una ficción conformada por los mejores rasgos del viejo naturalismo: rigurosidad de observación, aprehensión y transmisión, pero, indudablemente, aferrada a los registros de lo sobrenatural.


El llamo blanco (La Mariposa Mundial, 2021) de Jesús Urzagasti

Jesús Urzagasti escuchó todo lo que escribió. En lo más profundo de sí mismo una voz, un impulso –su voz, su impronta– fueron configurando poco a poco su obra. Jesús es un descubridor. Su profunda abstracción, esa admirable capacidad para derivar el todo, tanto de la mayor simpleza como de los más complejos procesos, es un regalo. Asistir al paso del tiempo. Recorrer esta distancia, parafraseando a Saenz y (casi) a Wiethüchter. Vivir, para estos privilegiados poetas, es una categoría diferente.


Este dietario / breviario; estas anotaciones / revelaciones, acaso más disfrutables cuanto más uno se despoja de géneros, enfoques, tendencias, abordajes y todo lo mundano y prosaico para leerlas, conforman el mejor libro publicado en Bolivia en 2021.


Ustedes brillan en lo oscuro (Páginas de Espuma, 2022) de Liliana Colanzi

Identidad y futuro. De eso va este premiado libro. Sin perder de vista que ambos conceptos involucran historia y contexto. Es, entonces, un libro político que plantea una dura reflexión en torno al cada vez más tóxico paso de la humanidad por el planeta. Con semejante horizonte, además, es un libro que se sirve de lo ficcional-sobrenatural en pos de hallar salidas y respuestas.


La búsqueda de una identidad es, acaso, la nueva “cuestión fundamental” en este ya entrado siglo XXI en el que la sociedad hiperglobalizada y condenada a la conexión se da cuenta, incrédula aún, de que mientras más conoce y “estalquea”, menos sabe; menos idea y sentido de la vida tiene.


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