Machi, el gran hacedor de momentos
- martin zelaya

- 19 abr
- 4 min de lectura
Libros y discos. Conversaciones, recuerdos y coincidencias. En memoria de Germán Araúz

I
Una madrugada en Villa Pabón
El último disco de Sabina acababa de llegar a una de las pocas tiendas de La Paz que importaba CD. Recién habían pagado en el periódico, y el plan no podía ser mejor: estrenarlo con Marcela, don Germán y un par de fernets.
Era Alivio de luto (salió en diciembre de 2005, así que la velada tuvo que ser en los primeros meses de 2006). No es de los mejores, pero ya en torno a la medianoche, el veredicto era unánime: “Dos horas después” era el hit, seguido de cerca por “Con lo que eso duele”.
Creo que fue la primera gran charla. Era el conversador perfecto. Un cuenta-historias insuperable. Ya casi no queda gente con esa capacidad innata para atesorar momentos: para grabar indeleblemente en la mente y el corazón las experiencias clave, por muy simples que parezcan, por muy lejanas que vayan quedando. Generalmente este don viene con un complemento, y vaya si Machi lo tenía: la habilidad de contar innumerables veces el recuerdo y no solo no cansar, sino hacerte desear oír la misma historia con las mismas palabras, una y otra vez.
Por eso fue un gran cuentista: dos docenas de relatos –quizás no muchos, pero suficientes– publicados en varias décadas de trabajo; cuentos redondos, de gran alcance, que no envejecen.
Ya casi no queda gente así, decía, porque creo que cada vez estamos más formateados en modo app, hiper velocidad y multiuso. Así, cómo retener; así no hay memoria que alcance. Él no; iba lento pero seguro. Su repertorio de conversador, en sus últimos años, se centraba en una docena o poco más de vivencias recogidas en décadas de bagaje. Lo importante siempre queda y vale la pena contarse y recontarse.
Alivio de luto sonaba por enésima vez en un continuum programado en el reproductor. El sol ya invadía la sala y la charla, borrachos y todo, resistía estoicamente.
II
Brel, Chavela y Cohen
Fue un gran lector, por supuesto, y más de una vez dimos vuelta y media a El otro gallo y los sonetos de Jorge Suárez (su amigo, maestro, descubridor); a Bascopé, Urzagasti y algunos más. Pero fueron más y mejores los momentos musicales.
Una de sus historias de cabecera era cómo conoció a (la música de) Jacques Brel. (Fue en sus años de La Plata donde fue a estudiar geología; volvió sin título, pero con un botín mayor: el amor por los libros y la música, y la lucidez para identificar el lado correcto de la política y la vida). Salía del hipódromo donde vendía café, entró a un súper para hacer la compra de la semana y al pasar por la sección música escuchó por primera de infinitas veces “Ne me quitte pas”. Volvió a casa sin víveres, sin dinero, pero con un tesoro más perdurable: un disco fundamental para el resto de su vida.
De otro maestro común heredó a Chavela Vargas: “Cachín” Antezana no dejaba de mencionarla en los talleres y los after en la Santa Cruz de los 80, cuando no había manera de conseguir música (o libros) que no sea los top y populares. Porfió hasta que consiguió algunos casetes regrabados.
Leonard Cohen nunca dejó de sonar en nuestras visitas mutuas. No se cansaba de “Suzanne” y de Songs of Leonard Cohen –¿quién en su sano juicio?–. Fue un gran placer hacerle oír por primera vez algunos discos de la vejez del poeta de voz rasposa.
Cohen fue otro gran hallazgo de la casualidad, según contaba. Lo conoció haciendo zapping: un canal español pasaba un especial por la reciente visita del cantautor. Quedó deslumbrado, y otra vez a la caza, a buscar y preguntar y obsesionarse. ¿No es, acaso, así como se acerca uno a los músicos y autores imprescindibles?
Y se puede seguir nombrando: doña Gladys, Silvio y Mercedes; Serrat, por supuesto… Y Zitarrosa y Les Luthiers, y Savia Nueva y Alfredo Domínguez… O Benjo Cruz, con quien convivió en los años argentinos; o Emma Junaro, Matilde, Jenny Cárdenas que tanto lo quisieron.
Melómano rematado, Machi también tocaba la guitarra al mismo ritmo de su conversación: a la sístole y a la diástole de su enorme corazón. Entre muchas otras, recuerdo que cantaba con especial emoción una de Sampayo:
Los amores de la costa / son amores sin destino / camalotes de esperanza / que se va llevando el río // chuá, chuá, chuá, ja, ja, ja / no cantes más torcacita / que llora sangre el ceibal...
III
Dos libros
Un momento clave. Con Marcela y Vadik Barrón decidimos encarar lo que a la postre resultó en Nadie supo finalmente (Editorial 3600, 2018), sus cuentos reunidos. Crónica secreta de la guerra del Pacífico (Correveidile, 2001), ya estaba hace mucho tiempo agotado, y lejos de ir solo por una simple reedición, al final se optó por reunir estos y varios otros relatos dispersos en revistas y antologías y un par de inéditos.
Un momento futuro. Queda pendiente y es urgente ir por la Obra periodística reunida de Germán Araúz. El reto está lanzado. Es justo y necesario.
No te preocupes, Machi.
Aún no cayó la última hoja en tu calendario, vamos a seguir escribiendo tu diario.
(Fuente: Brújula Digital)



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