La muerte en la literatura boliviana. Cuatro momentos recuperados


A medida que van llegando las almas –si nos ceñimos a la tradición– y en espera del día y medio de feriado de entresemana, surgen dos recuerdos que motivan estas líneas: i) aquel tiempo pasado (¿muerto?) en que los rigores del periodismo literario nos llevaban a pergeñar reportajes, artículos y conmemoraciones; ii) que no pocas veces, estos textos versaron sobre la muerte.


Ya está. Como anillo al dedo a la fecha, archivo digital de por medio, compartimos estos cuatro extractos a propósito de la muerte en la literatura boliviana


Camargo y la muerte (Texto publicado en marzo de 2014, a 50 años de la partida del autor)

En la muerte, lo que está por suceder sucede cada minuto…”, escribe Guillermo Bedregal García, en una reflexión acerca de la poética de Edmundo Camargo. “Fugacidad de vida, conciencia de la muerte, noción y vivencia carnal de lo humano…”, agrega en otra parte de su ensayo “Edmundo Camargo o la poesía de una muerte en la vida”.


El suceso de la muerte, la fugacidad de la vida, tocó a ambos. Más allá de la maestría de su creación –rasgo común– un azar une a estos dos grandes vates: un intenso, aunque breve, transcurrir literario, debido a la temprana muerte que se ciñó sobre Camargo a los 28 años y sobre Bedregal apenas a los 20.


Pero si hay algún personaje (a este nivel llegó, es un escritor que definitivamente es, además, un personaje de las letras y la vida cultural boliviana) cuya vida y obra se pueda y deba ligar con la muerte, este es Jaime Saenz. Le preguntamos al crítico Luis Antezana:


- ¿Qué relación –si esta es posible– puede trazarse entre la poética de Camargo y la de Jaime Saenz, a partir de la presencia casi permanente de la muerte?


- (L.A.): Aunque, junto al amor, la muerte sería uno de los dos temas fundamentales de toda literatura (Borges), sin duda tanto Camargo como Saenz son de aquellos que enfatizan este trato y, cada uno a su manera; lo privilegian como –casi– el leitmotiv que gobierna sus otras preocupaciones.


Pero su trato no es el mismo y, quizá, se trata hasta de dos tipos de muerte. En el caso de Saenz, la muerte es parte del “júbilo”, esa mezcla de horror y plenitud, que signaría todo el sentido de los seres en el mundo; se trata de la muerte como parte del misterio –o del problema– de la manera como la vida incluye su propia trascendencia. En Camargo, la muerte es más inmediata, más corporal, más existencial y se acerca a la manera de tratar de entender tanto el paso (irremediable) del tiempo y la vida, por un lado, y, por otro, de sentir –o sufrir, si se prefiere– el desgaste que acompaña ese tránsito.


René Bascopé y la muerte (Texto publicado en julio 2014, a 30 años de la desaparición del autor paceño)


Chaupi punchaypi tutayarka decía Carlos Medinaceli. A mediodía anochece. Se refería a cómo tantas jóvenes promesas de la intelectualidad y la cultura en Bolivia dejaban (¿dejan?) extinguir su talento y brillo en la desidia y la vacilación.


Pero esta metáfora bien puede trasladarse también al extraño sino –como fue el del propio Medinaceli– de no pocos literatos y artistas nacionales cuya temprana muerte los privó de una mayor trascendencia. Eso le pasó a René Bascopé Aspiazu, el Basco, cuentista –ante todo–, novelista y poeta paceño que falleció a los 33 años el 27 de julio de 1984.


Si de describir las búsquedas e intereses del autor de “La noche de los turcos” se trata, surgen de inmediato tres palabras: ciudad (La Paz), muerte y marginalidad. Y como trasfondo, o más bien, como esencia tácita y transversal, la sociedad, la condición humana… y claro, pues además de hombre de letras, era un político de cepa (…).


¿Por qué la parca marca? ¿Por qué tantos autores paceños de generaciones sucedáneas la piensan, la desmenuzan, la tienen tan presente? Saenz, el que más, pero también Borda, Bedregal, y los mismos Adolfo Cárdenas con sus cuentos sobre aparecidos y Edgar Arandia con su universo de las Ñatitas.


Y Bascopé no desentona. En 1978, en el número doble 8 y 9 de la revista Hipótesis, Luis “Cachín” Antezana reseña, en su artículo “Algunos libros de los más jóvenes”, el primer libro de Bascopé, titulado Primer fragmento de noche y otros cuentos y que en 1977 obtuvo el Premio Franz Tamayo.


“Los demonios de Bascopé, son demonios harto oscuros (…) su libro parece una colección de pesadillas sociales… El demonio dominante es la muerte”, escribe Cachín. Cuando en 2007 la revista La Mariposa Mundial publicó el poemario Las cuatro estaciones, que Bascopé dejó inédito en vida, Virginia Ayllón comentó: “si algo debo decir sobre este poemario es que su voluntad de palabra es una marca del deseo de silencio, prefigurado como sendero de muerte. De ahí que la genealogía de Bascopé, más que nombres (antes lo relaciona con Saenz, Bedregal y Camargo) tendrá intenciones, designios y, cómo no, iluminaciones”.


El destello (Texto publicado en noviembre de 2016 ante la aparición del cuento de Claudia Peña)


La muerte como realidad y como rutina inevitable, pero también como desgarrador adiós. El proceso, el camino, el lento avanzar hacia ella; su inminencia, duración y consecuencias. Todo en un cuento más bien breve, pero inmenso en su abarcar y en su milimétrico diseño. Así es “El destello”, con el que Claudia Peña ganó el Premio Nacional de Cuento “Franz Tamayo” 2016.


“(…) un cuerpo se asoma al abismo pierde tierra y empieza a caer, inútiles los poderosos músculos, los pies en el aire, el minúsculo rozar de la tierra ahí abajo…”, escribe Peña. Una reflexión, desde un ángulo pocas veces explorado, el del protagonista del fin, sobre la fugacidad y la insignificancia de una vida en la totalidad del tiempo; y, claro, por el contrario, sobre su inconmensurable valía en el punto y ámbito precisos. “Una experiencia casi física respecto a cómo alguien a quien amas empieza a diluirse, a resbalarse de entre tus dedos hasta desaparecer”, explica la autora cruceña.


Pero también es, “El destello”, un canto a lo natural, bucólico; a la pureza y libertad propios hoy de solo muy pocos espacios. Es, por tanto, una evocación un retorno pendiente (o definitivo).


(…) los árboles, que todo lo ven, parecían suspendidos en el aire ¿sienten apego los árboles? cuántos años habrán tenido. ya estaban ahí antes de la casa, antes de las vacas y sus mugidos, antes de las cadenas y los desbrozadores. por sobre esos árboles habían pasado muchas lluvias y muchos vientos lunas, y cuando había el bosque, animales salvajes también los ritos las jaurías los meses de criar de cazar la violencia de buscar la vida…


En “Leer y dejar decir”, un ensayo que preparó para las III Jornadas de Literatura Boliviana, Claudia escribe, como adelantando su destello:


Escaparte, expandirse, corromperse, amar. Leer es también resistir, como resisten contra el frío o contra la muerte, o contra el tiempo, los personajes de Jack London, tan llenos de fuerzas primigenias y básicas. No como nosotros, que queremos ser dioses que no sudan y prendemos el aire; dioses que no envejecen, y nos encremamos y ejercitamos; dioses que no esperan, que no sienten dolor, que nunca están tristes. Aquellos hombres, en cambio, tienen sed de vida, hambre de persistir, y eso los hace míticos, aunque siempre pierdan, porque al final y al cabo siempre somos lo que somos nomás.


Y es que además de muerte y naturaleza, este cuento es también un canto al sueño, lo onírico; a la memoria, lo trascendental y a los sentidos, nuestra herramienta para disfrutar y sufrir este tránsito breve entre la inexistencia inicial y la definitiva.


Rigor Mortis (Texto publicado en diciembre de 2016, tras la presentación del libro de Alex Ayala)


Cuando la muerte venga a recordarnos que es un segundo el irse, casi un verso habremos de cerrar todas las puertas y ocultar a tiempo nuestro espanto. Cuando la muerte venga a recordarnos.


Recurro, una vez más, a esta extraordinaria canción de Óscar García. La muerte es, acaso, la constancia y presencia mayor –nos guste o no– y casi nunca encuentro una referencia más bella en su estremecedora verosimilitud que esta.


Álex Ayala recorrió este país casi tanto como nadie. Por los “mercaderes del Che”, por la “vida de las cosas”, por un intento por desentrañar el “corazón de Bolivia”, por innumerables historias cualesquiera, de cualesquier persona, que a fin de cuentas son las más valiosas, las que en realidad importan.


En ese trajinar que lo hace no solo nuestro mejor cronista, sino uno de los más reconocidos hoy en día en habla hispana, ahora le tocó lidiar con la parca. Pero no se asusten, está sano y salvo.


Cuando la muerte venga a recordarnos que hemos perdido el tacto en la mirada tendremos que reandar nuestras pupilas y apretar el cielo con el vientre. Cuando la muerte venga a recordarnos.


“No sé qué habrá en el más allá. Pero creo que tenemos que tratar de morir con las cuentas saldadas, no solo las económicas”, sostiene Álex, cuando venimos a recordarle de la muerte. Del fin inevitable, de la meta hacia la que todos avanzamos cada segundo que pasa, y sobre la que él se obsesionó a tal punto en uno de sus ires y venires, que la apuntó en su lista de temas pendientes, hasta que finalmente halló el pretexto y empuje necesarios para indagarla cuando en 2015 recibió la Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes, otorgada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Hay Festival.


“Sufrí, lloré y se me cayó el pelo”, confiesa Ayala sobre el proceso de realización de este proyecto que ahora se plasma en el libro Rigor mortis. La normalidad es la muerte (El Cuervo, 2016). “El libro tiene mucho que ver con la muerte, pero también con la vida –comenta en un texto compartido en sus redes sociales–. Es una sucesión de situaciones cotidianas y personajes de carne y hueso que nos enfrenta a nuestros miedos y a nuestro destino (…) Escribí sobre el duelo, sobre los velorios, sobre una funeraria donde los empleados son como una gran familia, sobre un árbol que terminó convertido en ataúd, sobre la música del adiós, sobre la memoria, sobre el envejecimiento”.


Cuando la muerte venga a recordarnos nos habite, nos circule por las venas será torpe aquel intento desmedido por vivir, por vivir.


¡Ay! cuando la muerte venga a recordarnos que este tiempo de aguacero ha sido intenso como el miedo el amor saldrá por nuestros poros a buscar calores y faroles encendidos de distancia. Por vivir.

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