Juan Villoro: los motivos de la escritura

El pretexto: hace poco le dieron un premio al escritor mexicano. El resultado: un repaso a su más que disfrutable producción ensayística.

Conocedor de los anaqueles de mi biblioteca, el director de La Trini me propuso hace algunos días: “ahora que Villoro ganó un premio, ¿te animas a escribir un texto?”. Me pilló en curva. Gugleada de por medio, me enteré de que le dieron el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2022, a decir del jurado, “por el brillante e inspirador conjunto de su obra y trayectoria” y la “mirada propia, profunda y crítica que proyecta en su ejercicio periodístico con rigurosidad, ética y talento ejemplares”.


Tal cual. Y es que el director conoce bien mis anaqueles de libros y sabe que soy seguidor del Juan Villoro ensayista, cronista, articulista. No leí sus ficciones, lo confieso, y hace tiempo tengo ganas de empezar por El testigo, Premio Herralde de Novela.


Me detendré, entonces, en el Villoro ensayista y articulista con un repaso a los subrayados y notas en post-it de tres libros: Efectos personales (2000), De eso se trata (2008) y La utilidad del deseo (2017), todas publicadas en la poderosísima colección Argumentos de Anagrama.


Efectos personales

“Los ensayos literarios –dice en el prólogo– se ocupan de voces ajenas, delegan las emociones y los méritos en el trabajo de los otros; sin embargo, incluso los más renuentes a adoptar el tono autobiográfico delatan un temperamento. Como los efectos personales, entregan el retrato íntimo y accidental de sus autores”.


En una suerte de definición propia de cómo concibe el género, Villoro se refiere, en primer lugar, a un doble compromiso: el enfoque en la condición interna del texto y en el entorno histórico. Adelanta, además, que en este libro centra su atención en tres ejes temáticos: las innovaciones formales, el autor como personaje (una suerte de crónica biobibliográfica) y las diferentes voces en torno a un autor y/o una obra suya.


En “Lección de Arena. Pedro Páramo”, traza, con notoria agudeza, un repaso de los lugares comunes de la obra maestra de Rulfo, pero con una mirada fresca y propia: Comala como un universo total que se separa del personaje y la obra y se impone incluso por encima de su creador, al punto de ocultar sus capacidades.


Y es que la escasísima pero unánimemente consagrada producción de Juan Rulfo –que eleva a una categoría casi sin parangón a sus dos grandes libros–, le juega, a decir de Villoro, una mala pasada concreta: como no hizo crítica, ensayo, como no compartió su canon de lecturas, pasa por intuitivo y por haber sido congraciado con una “mágica inspiración”.


El libro continúa con textos dedicados a Monterroso, Pitol, Calvino, Bernhard, El juguete rabioso de Arlt y el oficio de la traducción, entre más. Me quedo con un resumen cabal, concreto, de la inigualable obra autobiográfica-ensayística de Sergio Pitol:


En su errancia por el tiempo y el espacio, Pitol interpreta la cultura con una atención abierta a otros estímulos; sus comentarios son interrumpidos por anécdotas, azares, molestias, distracciones, las necesarias “restas” de toda biografía. Los caprichos de la fortuna se convierten para él en una forma de conocimiento. Al discutir un libro se deja influir por el entorno y por una imaginación ávida de reinventar lo real. (66-67)


De eso se trata

Si en su primer libro de ensayos destacan los “ejes temáticos” de ciertos libros y/o ciertos autores, en este caso se parte de hombres-nombres (los escritores como tal, ante todo) para de ahí trazar características, enfoques y reflexiones de su obra.


No es necesario decir que el estilo e impronta son los de siempre, es decir, el sello inconfundible del Villoro articulista, ensayista. Dice en el prólogo:


Este libro reúne ensayos de un autor de ficciones. No son las piezas de un erudito o un académico, pero he procurado que la información (el contexto, las biografías, los vínculos literarios) arroje luz sobre las obras comentadas. El ensayo es un género útil. Quien lo practica no es el motivo central de la exposición. No es la pirámide más allá del desierto, ni la puesta del sol, ni el guiso exótico, ni el torrencial guía del museo. Es el que está al lado y comparte los descubrimientos. (8)


En “El Quijote, una lectura fronteriza”, reflexiona, junto a Rodrigo Fresán que la célebre creación de Cervantes fue el primer road movie de la historia, no solo por el viaje del Hidalgo y Sancho, sino por la errancia y fuga de la realidad. Y, además, enfatiza en que “Don Quijote ve el mundo como lo ha leído y así subraya que la literatura se determina por su acto final, la interpretación”.


En “El diario como forma narrativa”, relativiza el aparente carácter verídico-documental de este género, en su criterio, a todas luces literatura pura: “Los diarios conducen al horizonte privado de un autor, pero solo en un sentido formal. Desde el punto de vista literario, el valor documental es relativo; lo decisivo es que el narrador se coloque en una orilla apartada del entorno, la tradición, las formas dadas”.


En “La habitación iluminada” analiza la concepción que tenía Chejov del texto y la literatura. Para el maestro ruso, destaca Villoro, la historia que se cuenta no debe ser trascendental, debe ser interesante. Chejov estaba convencido de que la austeridad debe trascender la intención y la manera de escribir y que al crear un texto el autor debe, ante todo, pensar en sus lectores, en el acto de leer. En esta línea, el mexicano interpreta que, para el ruso, la cualidad superior de un texto es su capacidad de resistir y acaso trascender al tiempo.


Finalmente, en el apartado “Tres veces Hemingway”, dedica tres ensayos a la vida y obra del estadounidense. Quedan dos conclusiones en apariencia simples, pero que configuran la imagen e impronta del autor de Adiós a las armas.


Que al rechazar lo intelectual y privilegiar su imagen de hombre de acción, tanto pudo hacerse un gran favor, como perjudicarse. Lo bueno y lo malo de esta decisión depende de las ópticas y enfoques a lo largo del tiempo. En todo caso, a 60 años de su muerte, Hemingway sigue siendo leído y su rocambolesca personalidad es solo una anécdota.

Que contribuyó a su perdurabilidad algo que en su época no era precisamente lo más común: nunca quiso llenar sus textos de introspecciones, reflexiones moralizantes o tramas que denoten mensajes o discursos.


La utilidad del deseo

Va en la tónica de los dos anteriores. “Los autores abordados derivan de fervores sostenidos, pero también de la repentina y auspiciosa sugerencia de un editor o un jefe de redacción”, comenta.


Se divide en cuatro partes: “Los motivos de la escritura”, donde reflexiona sobre el oficio de escribir, en diálogo con muchos de sus escritores de cabecera; “La orilla europea”, que acoge a Gogol, Dostoievski, Kraus y Handke, entre otros; “La orilla latinoamericana”, con Onetti, Puig, Ibargüengoitia y Monsiváis; e “Infancia, lenguas extranjeras y otras enfermedades”, una suerte de revisión de la literatura infantil, el arte de la traducción y otros entreveros del mundo literario, siempre desde pasajes y experiencias autobiográficas.


Nos quedamos con un fragmento de la primera sección:


Sin acudir al gabinete del doctor Freud, podemos decir que el autor busca compensar a través de la escritura algo que no obtiene en el resto de su existencia (…) No hay experiencia humana sin representación de esa experiencia. Uno de los principales resultados de la percepción es que el mundo tangible está incompleto: la realidad fáctica no basta. Necesitamos imaginarla, soñarla, reinventarla. Quien evoca el pasado o anhela el futuro vive en otra región mental. El escritor es un profesional de esa evasión y está dispuesto a pagar el precio que conlleva. En aras del placer, acepta una condena. Su vicio consiste en unir esos opuestos: busca placer en la condena. (22-23)

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