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El alfabeto sonoro de Adolfo Cárdenas

Continúan los homenajes y reconocimientos al escritor paceño Adolfo Cárdenas, que nos dejó el pasado domingo. Fernanda Verdesoto y Willy Camacho suman textos que recuerdan al entrañable autor.


Adolfo Cárdenas alista sus doce monedas para el barquero

Fernanda Verdesoto Ardaya


A mis estudiantes de Escritura Académica de la universidad les insisto en que hay que evitar escribir de la misma manera en la que hablamos. Claro, es una materia que se enfoca en lo estrictamente académico, donde la formalidad abunda, donde la estructura y la formulación de una tesis son más importantes que graduarse.


Y bueno, todo esto se cae en mil pedazos cuando nos toca pensar en la escritura de Adolfo Cárdenas. La narrativa de Cárdenas es el hablante, son los sonidos de la ciudad de La Paz que se transforman en un alfabeto que solo los paceños y paceñas entendemos. Son las conversaciones, la imagen, nuestra forma de articular, los voceos. Hay, nomás, que escribir lo que hablamos.


Leer al Adolfo es también escucharlo. Podías sentirlo mimetizándose con las voces paceñas. Así lo sentía cuando me tocó trabajar con él, editando sus cuentos, codo a codo con su mirada y sus palabras: “haz lo que tengas que hacer”. Era un calco del sonido que escuchamos día a día, el Adolfo era lo cotidiano hecho extraordinario a través de las palabras.

Año tras año, feria tras feria, era un clásico verlo listo para firmar libros, pero, sobre todo, listo para charlar, para hablar. Y bueno, al fin y al cabo, de eso se trata la literatura cardenasiana. La última vez que lo vi, en la FIL, claro, estuvo en la presentación de mi libro, pese a que le hice una invitación muy en hora boliviana. Pero estuvo allí firme, como buen maestro, dándome ese empujón que tanto necesitaba, ese impulso que le dio a tantos escritores y escritoras, los changos.


De esta orilla, quedamos aquí para hablar de él –a no quedarse callados–; de nuestra habla se alimenta su memoria. Desde la otra… el Adolfo nos salpicará con sus ocurrencias, con sus misterios, con su menjunje espirituoso de la lingüística.


Un legado literario que enriquece nuestra cultura

Willy Camacho


A comienzos del nuevo siglo, en una clase de introducción al cuento, en la Carrera de Literatura de la UMSA, escuché que Adolfo Cárdenas era uno de los escritores capitales de la narrativa boliviana contemporánea. Quedé sorprendido en mi ignorancia, pues yo no conocía su obra, ni a él, lógicamente, pero pude leer el “Chojcho con audio de rock pesado”, y como muchos, quedé maravillado.


Pero mayor maravilla fue conocerlo en persona, al año siguiente, por estas fechas, cuando comenzaba Escritura Creativa, la materia que él dictaba. Para mí era un honor estar compartiendo aula con una leyenda viviente, y poco a poco, de la admiración pasamos a una relación de amistad. Digo pasamos, porque creo que todos mis compañeros y compañeras le profesaban igual afecto.


El Adolf era amable, es decir, fácil de amar, de querer. Siempre lo recordaré dispuesto a la charla, a la reflexión aguda, punzante, sin censuras. Lo recordaré riendo y haciendo reír, pues su sentido del humor era fino y amplio, podía hallarle la gracia al evento más trágico y seguro que, en una ocasión como esta, él habría estado soltando alguna ocurrencia, porque la vida hay que tomarla sin solemnidades, hay que disfrutarla desde las cosas más sencillas y naturales. Y el Adolf era muy sencillo, no era de los que disfrutaba restaurantes gourmet, ni cosas por el estilo, él prefería ante todo la buena compañía, una charla amena, un disfrute en comunidad.


Hace unos años, salió en el noticiero que un baterista de cierta agrupación folclórica estaba comprometido en atracos. Resulta que el joven se había metido con una señorita que andaba en malos pasos, de modo que no solo engañó a su esposa, sino que arruinó su vida por seguir a la amante en las andanzas delictivas. Le conté esto al Adolf y el respondió muy serio: “Pero su vida ya estaba arruinada, era baterista”. Así era él, siempre ocurrente, con un toque ideal de malicia para condimentar su picardía. Y eso sí que era divertido, reunirnos para sacar el cuero a gil y mil. Pequeños vicios que el tiempo permite, y que con un par de singanis se hacían más hilarantes.


No voy a hablar de lo mucho que le debo, pues fue mi mentor, mi consejero, mi amigo; y creo que no soy el único agradecido, pues formó muchas generaciones. Y más allá de su labor formadora, dejó un legado literario que enriquece nuestra cultura. No se puede entender la narrativa boliviana de los últimos 50 años sin su obra. Es uno de los imprescindibles.


Por eso, su partida es a medias, ya que él es uno de los pocos privilegiados que vivirá por siempre, pues su obra será revisada y disfrutada hasta que no exista humanidad. Y de hecho, vivirá en el recuerdo grato de quienes tuvimos la suerte de conocerlo y compartir su amistad.

Salud en tu reposo, querido Adolf. Y como dicen los vikingos: hasta que nos volvamos a encontrar.

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