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Dimos tantas vueltas

Karloz de la Torre regresa con La década entera, su nuevo álbum producido en Argentina. Un ejercicio de solvente nostalgia musical.



Hay un lugar común que dicta que los años traen madurez y entendimiento. Pero, ¿qué tal si los lugares comunes son precisamente eso porque se basan en patrones recurrentes?, ¿y qué tal si esos años son siete desde Canciones todavía (2016), o poco más de diez –la década entera– desde Volver a casa (2012) y realmente, objetivamente, podemos testimoniar un cambio? Pues es lo que yo pienso del nuevo disco del cantautor cochabambino Karloz de la Torre. Existe un upgrade en sonido, producción y, por supuesto, en composición, porque el flamante álbum, con letras mucho más profundas y extensas, da cuenta de un camino de búsqueda y de un hallazgo que se consolida con diez canciones bien logradas.

 

Para empezar, Karloz se fue hasta Buenos Aires para producir su disco, imagino que el sueño de muchos quienes ven en la capital argentina la meca y el ascendente que influenció gran parte del rock boliviano, y en particular de la generación de Karloz, quien ya evidenció abiertamente estas influencias en sus álbumes previos. La tradición del rock argentino, cosmopolita y canchero, respaldado en otra tradición, la de solventes intérpretes y productores, potencian el sonido de Una década entera y ponen al autor boliviano a sonar como nunca.

 

En la historia de la música de nuestro país abundan las canciones olvidadas o muy poco escuchadas. Piezas memorables que sin embargo no encuentran la audiencia necesaria para trascender más allá de círculos de músicos, coleccionistas y expertos; “letras de canciones escondidas en paredes pintadas”, como reza el tema “La noche afuera”. Y es bueno hacerlo notar sobre todo cuando estamos ante una obra que es testimonio del crecimiento de un artista.


Especialista en la crónica personal, muy en sintonía con el rock argentino, de la que surge una identidad dicharachera, urbana y desencantada que atraviesa los diez tracks del álbum, el cantautor revela una nueva perspectiva: la de un Karloz maduro, reflexivo y dueño de una nostalgia incurable. El tiempo es, de hecho, el protagonista de este disco. La década, –o quizás las décadas, porque el imaginario lírico se remonta hasta los 90 (“Nissan del 92”) y aún más allá–, es el escenario de las canciones donde se establece una interminable charla con un interlocutor cómplice de aventuras pasadas y con una interlocutora casi siempre añorada, a quienes se les quiere contar cosas urgentemente (“Paso a paso”) o con quienes se rememora, con melancolía expresa, la alegría (“Una alegría tan grande”) y se repiensa la tristeza (“La pena a veces”) y la soledad (“Vayan yendo”).

 

La onda Beatles, con el filtro de Fito Páez, es evocada en la orquestación y finales tipo “Hey Jude” (“La década entera”); y la poesía rock es convocada en frases certeras como: “Cuando dos barcos perdidos se encuentran / tiembla todo el mar” (“Dos barcos perdidos”); o “de nada sirve al fin barrer los parques cuando llegue el otoño” (“La pena a veces”). No hay solos instrumentales incendiarios, no hay excesos ni estridencias, sino canciones redondas, bien resueltas, sobrias y pro. Queda un autor reafirmado, un álbum digno de escucharse y un inventario de imágenes, objetos perdidos (“Gafas negras”), de personas (“Canción de Tiago y Abril”), amores y recuerdos que llenan un collage inmenso que ocupa, probablemente, la década entera.

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