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Casas, herencias y otras violencias

Una reseña de Carcoma (El Cuervo, 2023), una de las novedades de las XXVII FIL de La Paz que está a la vuelta de la esquina.

“Cuando crucé el umbral, la casa se abalanzó sobre mí. Siempre pasa lo mismo con este montón de ladrillos y mugre, se lanza sobre cualquiera que atraviese la puerta y le retuerce las tripas hasta dejarle sin respiración. Mi madre decía que esta casa hace que se te caigan los dientes y se te sequen las entrañas, pero mi madre se fue de aquí hace mucho y yo no me acuerdo de ella. Sé que decía eso porque me lo ha contado mi abuela, aunque no hubiese hecho falta porque yo ya lo sé. Aquí se te caen los dien­tes y el pelo y las carnes y a la que te descuidas te andas arrastrando de un lado para otro o te echas en la cama y no te levantas más”. Con esas palabras comienza la novela Carcoma (El Cuervo, 2023) de Layla Martínez (España, 1990) y quienes leemos, claro, no sabemos si entrar o retroceder a tiempo.


Una casa muy viva

El espacio es parte de la constitución subjetiva, ya decía el filósofo Gaston Bachelard que se podría escribir una biografía a partir de las casas que hemos habitado. Aunque con frecuencia se imagina este espacio como equivalente de la morada, segura, a salvo del exterior, compartida por gente unida consanguíneamente, esto no es necesariamente así. No solo porque la violencia, ya se sabe, suele calarse por toda fisura, también porque la filiación no garantiza un lazo amoroso. La de la novela es una casa con una particularidad: se manifiesta, recuerda, cruje, mueve sus objetos, abre o cierra el paso, hambrea, pide.


Obsequiada como regalo de bodas de parte del bisabuelo a su esposa, parece manifestar cierta malignidad, quizás heredada de la crueldad de su propietario. Está habitada por los fantasmas de los muertos de la familia (o sus cuerpos), por “santos” que a veces protegen, por sombras a quienes la bisabuela cantaba nanas para ganarse su cariño. Por todo ello, nos advierte la bisnieta: “Siempre pasa lo mismo, en esta casa no te puedes fiar de nada, pero sobre todo no puedes confiar en los armarios ni en las paredes. En las cómodas un poco más pero tampoco”.


Pocas veces he leído obras en las que se logre dar voz o quizás oír la voz de la materialidad de una construcción casi más que a sus habitantes. Martínez lo logra con maestría por la disposición de ciertos dispositivos como la descripción detallada de las acciones de la casa: “La casa estrechó sus muros y sus techos sobre nosotras, se nos echó encima quién sabe si para protegernos o para ahogarnos”, o como el registro de las maneras en que la casa altera a sus moradores de manera concreta, pesarosa: “esta casa no es un refugio, es una trampa. Nadie sale de aquí nunca y los que se van siempre acaban volviendo. Esta casa es una maldición, mi padre nos maldijo con ella y nos condenó a vivir entre sus paredes”.


Esa particular vivienda está ubicada en un pueblo casi despoblado, cuyos pocos habitantes están dispuestos a delatar, traicionar o mentir a la mínima oferta. Todos son descritos como tendientes al mal, al abuso de los que están “por debajo”, a la mutua sospecha. En más de un sentido, podríamos pensar en aquellos sitios donde la idea de fin de mundo es una condición real para vidas precarizadas, para lazos anclados en el odio, el resentimiento, la falta de elección.


La herencia cuando pesa

No son pocas las escritoras actuales que han explorado sus raíces y a sus ancestros con ojo crítico y con el fin de expurgar una culpa ajena. Cynthia Edul, Lina Meruane, Myriam Moscona, por ejemplo, lo hacen a través de viajes a las tierras de origen en procesos históricos, políticos y afectivos para sanar y elaborar su pertenencia. Carla Malendi y Gabriela Wiener, con mayor culpa por descubrir en sus ancestros a un robador de una niña toba (en la primera) o a un saqueador de huacas, en el segundo.


En Carcoma –que, por cierto, cifra en su título el síntoma que, anclado en las entrañas y genes de sus habitantes, corroe la vida, los lazos y el espacio común–, la bisnieta descubre que su bisabuelo explotó mujeres después de llevarlas con engaños; incluso engañó a su esposa, no por el incumplimiento de una promesa, como con las mujeres que explota, sino por cumplir una y darle una trampa disfrazada de familia.


Por el lado materno, las mujeres intentan ganar cierta independencia económica negándose al destino de la servidumbre de los “ricos” del pueblo (“aquel era mi castigo. Servir a quien mi madre no había querido servir y bajar la cabeza con quien mi padre no había querido bajarla. Cargar con la obediencia de toda mi familia”), pero sin poder evitar una preñez prematura y no deseada que transmite a la siguiente hija (son todas mujeres) el odio, la impotencia y, más hondamente, la carcoma del mal (recibirlo, conjurarlo, hacerlo).


Ni los progenitores ni los santos cuidan, tampoco los ángeles, que no son bellos sino, acaso, “mantis religiosas”. Sin embargo, las mujeres, especialmente la abuela, pacta con ellos, les da ofrendas les hace caso o les pone límites. Hay una fuerza, en esa casa, que registra un particular legado: “lo que nos dejan los muertos son las camas y el resentimiento”. De hecho, radicalmente la abuela afirma: “Eso es la familia, un sitio donde te dan techo y comida a cambio de estar atrapada con un puñaíco de vivos y otro de muertos”. Esos muertos que cada familia guarda a su manera, en este caso son presencias que no dejan ni la casa ni la memoria de sus descendientes. Son algo como la extensión de un mal que se yuxtapone en niveles de violencia: un pueblo casi vacío, pero donde unos someten a otros, donde las mujeres desaparecen, donde los niños pueden ser asesinados.


Entre estas mujeres, abunda el maltrato y el reproche que, como suele pasar, se dirige a quien más se ama, a quién más se parece a uno: “Yo la llamaba desagradecida y ella a mí loca, yo le decía que iba a acabar mal y ella me contestaba que era imposible terminar peor que yo. La niña lloraba como una descosida y a las dos se nos agarraba bien fuerte el resentimiento que nos teníamos, que había crecido tanto que hinchaba las paredes de la casa”. ¿Qué subyace a ese afecto? Pues como a todo odio, la nula distancia con el otro, la imposibilidad de ser sin el otro, de acceder a la libertad de uno mismo sin su imposición. Las hijas atan, los maridos someten y mueren siempre antes que ellas; los niños, algunos, desaparecen: “Este mundo no está hecho para que esos niños desaparez­can, esos niños no desaparecen, esos niños hablan tres idiomas antes de empezar la primaria, pero no desaparecen. Los que desaparecen son los de las madres que montan escándalos que gritan en la calle y salen en la tele con el pelo sin lavar porque el dolor las ha roto demasiado como para darse una ducha”.


Lenguajes que ruidean: lo brujo

Es casi un arquetipo femenino el de la bruja. Esa figura conjugó desde siempre dos opacidades: por un lado, un saber que otros han perdido y la relacionan fuertemente con animales, hierbas y palabras poderosas que curan o matan. Por otro, parecen reflejar a sus sociedades aquello más escondido, deseado, intolerable; aquello que guardan y siguen sintiendo-pensando, no importa cuánto las quemen o lo que en ellas quieran borrar de sí mismos. Cerca de otras escrituras como las de Fernanda Melchor, Brenda Lozano o Clyo Mendoza, la estigmatización de bruja marca a aquellas mujeres que no se pueden entender, que se salen del molde, que desean y poseen sus propios cuerpos, que no sirven ni a marido, ni a patrón, ni a sus hijos. Y, en estas novelas, hablan.


El poblado las condena, pero acude a ellas para obtener venganza o hacer daño a alguien. La abuela sabe leer a la gente: “Sé lo que tiene dentro la gente. Yo lo veo, y lo que no veo me lo cuentan los santos cuando se me llevan. Sé cuándo mienten, cuándo desean lo que no deben, cuándo tienen envidia y celos hasta de sus hijos y sus hermanos. Les veo las sombras que llevan dentro”. Ella, a diferencia de sus congéneres no solo sabe, sino que hace con ello por medio de conjuros, hierbas u ofrendas mayores al bien o al mal que habita en lo humano. La manera de interactuar con eso, sombrío o demoniaco, el acervo de lo negado socialmente, es bastante particular no solo por la naturalidad con que ella se comunica con ello hablándole, sino porque habita con esa energía de igual modo que lo hace con lo visible: “ahí se le esconden a la vieja los difuntos que vienen perdidos y temblando y a ella le da pena quitarles las ollas y que no tengan sitio donde meterse”.


Aun así, la abuela no puede evitar que secuestren a su hija o la dañen seriamente y después la maten. Pero cambia su dolor por venganza tomando a uno de los del bando violentador y lo guarda en la casa de maneras temibles. Ella encarna la dinámica del contrapoder. Entre su sentencia que actúa sobre los demás, su discurso que lo afirma, aunque no sea del todo cierto y la contundencia de sus actos, la abuela es un ruido en medio del lenguaje social, algo que les devuelve su sinsentido. Y, por ello, paga. La nieta podrá o no ejercer ese poder, podrá o no realizar las solicitudes de su carcoma heredada. Lo que hará siempre es oír: a las sombras, a los muertos, a lo incomprensible, a los objetos, a los muebles, a las gradas, a los armarios y a las paredes.


Sin caer en facilismos ni concesiones, Martínez nos pone ante una casa en la que todos sus habitantes ejercerán su fuerza en quienes crucemos el umbral. Su lenguaje directo, sin vueltas, que incorpora entre sus temas referentes de toda índole humana o no, racional o no, delirante o mítica o todo eso junto, no deja de ruidear, de hacernos ajenos a las fuerzas que creemos domesticadas y acalladas por las leyes, la servidumbre o la violencia. ¿Entramos?

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