Utama: la muerte es simple

Actualizado: 2 oct

El autor comparte su acercamiento a la película boliviana del momento.

Dicen que en la primera escena está todo. Que es algo así como un resumen de las temáticas de una película, que si está bien hecha te da un panorama casi completo de cómo será el filme y, más o menos, dónde terminará. Es muy interesante todo lo que puedes encontrar en dichas primeras escenas.


En Utama (2022), de Alejandro Loayza, la primera imagen es de un hombre caminando por el desierto hacia un horizonte de intensa luz naranja. Un hombre de espaldas marchando tranquilamente hacia el atardecer. Un hombre caminando hacia su muerte.


La película sigue a Virginio (José Calcina), un adulto mayor que vive de pastear llamas en el árido altiplano boliviano junto a su esposa Sisa (Luisa Quispe). En medio de una sequía los visita su nieto Clever (Santos Choque), lo que dificulta la intención de Virginio de ocultar a su familia que está enfermo y que pronto morirá.


Esta ópera prima de Loayza ya obtuvo 30 premios internacionales, entre ellos uno en el prestigioso Festival de Sundance. Esta es credencial suficiente para saber que se trata de un filme de gran calidad técnica, pero solo saberlo no alcanza para entenderlo. Utama es una película que tiene que ser vivida. Y eso es porque, más allá de que el director usa de manera muy eficaz los elementos técnicos para crear algo visual y sonoramente hermoso, no tiene miedo a usar estos recursos para subrayar la tristeza de la historia. Y es que Utama (que en quechua significa “tu hogar”) es una película triste desde un lado muy real, quizás incomprensible para algunos. Es la historia de un hombre tosco y tozudo que se deja morir, de su esposa que no sabe que se quedará sola y de su nieto que no halla la manera de sortear las diferencias generacionales para comprender mejor a su abuelo.


Esta tristeza nunca se va, no tiene un consuelo fácil y eso es poderoso. Está, por ejemplo, en los constantes primeros planos y zooms que nos acercan a los personajes, a sus vidas y emociones. Que nos obligan a fijarnos en los detalles de la historia que les toca vivir en el vacío desértico, expuestos a la desolación, a la sequía que muestra su estela sofocante y obliga a toda una comunidad rural a migrar de sus hogares por los abruptos cambios climáticos. Muchos deben marchar, irónicamente, al encuentro de una de las responsables de su tragedia: la ciudad; o mejor, el estilo de vida que esta acoge.


Pero la tristeza también está en lo que debe ser el aspecto mejor cuidado y que más contribuye a la narrativa del filme: el diseño de sonido. Federico Moreira, director de sonido, logra que la respiración moribunda de Virginio nos acompañe y nos pese en los 87 minutos que dura la película. Esta respiración se suma al silbido del viento, a la escasa agua fluyendo, a los ruidos de las llamas, a cada detalle del ambiente, que toma cuerpo más por su sonido que por su imagen. Y creo que ahí está uno de los triunfos más claros de Utama y uno de los motivos por los que la tristeza llega tan directo al corazón: no entra por los ojos, sino por los oídos.


Eso es: no podemos racionalizarlo de entrada. Tenemos que sentirlo/oírlo primero, para ya después recién pensarlo. Porque en algún punto de Utama los paisajes comienzan a repetirse, sin perder majestuosidad; la trama pierde fuerza, porque primero tarda en resolverse y luego se resuelve de golpe; los cortos diálogos empiezan a mostrarse poco profundos en su brevedad. Pero los sonidos siempre mantienen nuestras emociones al borde, permitiéndonos acompañar a Virginio en su camino a la muerte.


Por eso no me molestó tanto que haya una suerte de anticlímax en cómo se maneja la resolución de la historia de Virginio. No hay esa majestuosidad reflexiva que vemos a lo largo de la película, no se presenta una muerte pomposa y orgullosa como un cóndor. O, incluso, que esa bella escena del inicio no sea también el final de este curioso personaje. Tal como sucede en la realidad, la vida se va de formas menos glamorosas.


La muerte llega. Es simple. Y ya.


Esto no le quita las dimensiones enternecedoras y hasta existenciales a un filme que nos muestra a un hombre de la vieja escuela enfrentando a la muerte desde los recursos de la antigua generación. Un hombre casi enemistado con un nieto al que no comprende y convencido de que, cuando muera, su mujer se tiene que morir también.


Un hombre viejo, empecinado en morir en el mundo que conoce, en utama, el lugar donde aprendió a amar (muy a su manera) y donde se sentía una especie de rey.


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