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Recomponer el lenguaje, re-imaginar el mundo

Mariana Ruiz reflexiona sobre los aportes de Piedra de Agua a la comprensión de lo femenino. Una reseña del reciente número, el 28, de la revista de la FC-BCB, dedicada a “Mujeres y artes”.


Trabajos de investigación hay muchos y variados respecto a las mujeres en la historia de Bolivia. Quiero empezar destacando la valiosa recopilación realizada por Mary Carmen Molina y Fernanda Verdesoto: Mapeo de mujeres en las artes en Bolivia (1919-2019), desarrollado por el proyecto regional “El siglo de las mujeres”, del Goethe-Institut de La Paz y los institutos Goethe de América Latina, en coordinación en Bolivia con la Coordinadora de la Mujer.


Este proyecto, de gran magnitud y alcance, nos recuerda que las mujeres han estado presentes en todas las áreas de la producción y el conocimiento, el arte y la política, en nuestro país, pero que recordarlas, rescatarlas del olvido, es parte de una tendencia y decisión política innegable: somos nosotras mismas quienes volcamos la mirada y buscamos a nuestras ancestras, a quienes nos parieron y cobijaron y que lucharon por nosotras, desde sus diversas posibilidades, adscripciones étnicas, económicas y políticas, siempre soñando un futuro mejor para nosotras, sus hijas y nietas.


Esta revista, parte de las publicaciones del FC-BCB, busca también volcar la mirada y explorar diversas fuentes que hablen acerca del rol protagónico de mujeres. Bajo el título de “Mujeres y artes”, lo hace indagando desde los remotos tiempos de la Colonia, cuando las imposiciones en el vestir se adaptan, adecúan y transforman, convirtiéndose en modelo de reivindicación e identificación (el traje de la cholita paceña) como cuenta en su ensayo Franz Aguilar Choque: “Por los senderos de la mujer indígena. Un análisis de la identidad femenina a partir de Silvia Rivera”. Choque, junto a Ernesto Flores Meruvia (que habla de Matilde Casazola) y Edgardo Civallero (que habla sobre la escritura secreta de las mujeres chinas, Nüshu) son los únicos varones presentes en la revista, y me alegra constatarlo, porque ya nos toca a nosotras hablar y rescatar memorias, y hay suficientes voces femeninas bolivianas para hacerlo con maestría.


Así, Andrea Barrero escribe sobre las “Mujeres, género, historia y archivos”; Lourdes Montero sobre lo que significa “Ser marrón en un país racializado: feminismos, política y decolonialidad” y Mireya Sánchez Echevarría vuelca la mirada sobre una muy interesante polémica: “Entre las cholas y señoras en la primera Convención de Mujeres en Bolivia”, que tuvo lugar en 1929 y fue convocada por grupos como el Ateneo Femenino y Feminiflor; el antagonismo dándose con organizaciones de mujeres anarquistas de la clase obrera, como la Federación Obrera Femenina (FOF).


Tengo una mirada conflictiva con el feminismo presente, en algunas de sus vertientes, porque tiende a desconocer y ningunear los avances del feminismo del pasado. Está bien, todas renegamos de nuestras madres y nuestras abuelas y nos sentimos mejores, únicas y maravillosas, a tono con la última moda (esa que dice que el concepto de lo marrón viene de la marginalidad, aunque se publique primero en las más prestigiosas universidades americanas y europeas, y haya sido definido en inglés). No se puede desconocer, además, que, sin el derecho al voto, a un carnet de identidad no asociado al esposo, a una cuenta bancaria y a anticonceptivos, no podríamos estar en este podio ni ocupando ninguno de los lugares por el que se pelea a brazo partido todavía.


Es la nuestra una sociedad racializada, patriarcal y machista, donde los discursos pomposos los dan todavía los varones y las decisiones en las asambleas se mandan a firmar por los compañeros diputados; donde los proyectos de leyes brillan por su profundidad y pertinencia en el papel, y donde en la realidad, los feminicidios y violaciones pasan cada minuto de nuestro día a día.


Hay mucha distancia entre lo que se dice, se piensa, se propone y efectivamente se hace, pero para eso estamos aquí: para seguir luchando por lo que se hizo, se propuso, se discutió y se peleó en su momento.


Como afirma Claudia Eíd en su reflexión acerca de la dramaturgia femenina “Dramaturgia femenina boliviana y los límites de la violencia”, si nosotras no hemos sido las escritoras de nuestra propia historia, ¿quién porta nuestra voz?


Pocas mujeres han podido ser parte de las exclusivas academias de la lengua, pocas han sido directoras de teatro, pocas han tomado sobre sí el manto de dirigir emprendimientos culturales. Destacan en esta revista estudios sobre Gladys Moreno (“Los pájaros se detienen a escuchar: encomio de cantantes femeninas extraordinarias”, de Rocío Estremadoiro Rioja), sobre la fundadora de la primera academia de danzas folklóricas, (“Graciela Urquidi, pionera de la danza folklórica escénica en Bolivia” de Tania Delgadillo Rivera), sobre Yolanda Bedregal, artífice de novelas y poesía (quien, bien se señala en el artículo de Fátima Lazarte, siempre contó con el apoyo de su esposo, parte de los migrantes judíos que enriquecieron nuestra nación, un ejemplo de figura masculina positiva, como diría Chimamanda Ngozi Adichie). Pero, principalmente, las reflexiones de este número de Piedra de Agua giran en torno a las ausencias y las disidencias, parte, todavía muy común, de nuestro paisaje.


Rescato el artículo “Gloria Serrano, del silencio a la enunciación de su pensamiento revolucionario. (Primera mitad del siglo XX en Bolivia)” ya que la compañera del pintor indigenista David Crespo Gastelú dejó sus escritos inéditos y Daniela Franco desea rescatar su pensamiento del olvido.


El trabajo del Taller de Memoria Étnica, acerca del sufrimiento y abuso de las mujeres indígenas, principalmente guaraníes, durante la Guerra del Chaco es tomado en cuenta por Vanessa Calvimontes en “Entre las balas y el olvido: señoras, señoritas, cholas e indígenas en la Guerra del Chaco”; y finalmente, Josefina Reynolds Ipiña, artista e investigadora costumbrista, es rescatada por Gabriela Behoteguy.


Las mujeres lucharon por mejores condiciones salariales, por el derecho al divorcio, por la tenencia de los hijos, por las causas políticas y raciales de su tiempo. Fueron amigas y cómplices indispensables de artistas como Antonio Paredes Candía, Gil Imaná, David Crespo Gastelú; participaron de las discusiones colectivas y fueron también perseguidas y desaparecidas políticas.


Vamos, de a poco, reconstruyendo nuestra historia, encontrando nuevos espacios y rescatando nuevas memorias. La publicación de este número especial de la revista Piedra de Agua es un paso más en esta dirección, en este denominado siglo de las mujeres en el que, ojalá, sigamos caminando juntas, revueltas y hermanadas hacia nuestra emancipación.

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