Enrique Rocha Monroy, una vida de ficción

Actualizado: 26 abr

El recién fallecido escritor tuvo hace pocos años una larga conversación con la revista 88 Grados, cuyos ejemplares hoy son inhallables y no habitan la web. Reflexiona acá, don Enrique, sobre las claves de su vocación y su incansable causa política.


Hablar con don Enrique Rocha Monroy es una experiencia singular, ya que es como un personaje de ficción. Aún mantiene una pinta de galán tanguero, pese a los años, con un bigotito muy bien recortado y siempre con un traje que destaca su elegancia. Lo visitamos en su casa, donde nos contestó varias preguntas que confirman algo que de por sí es muy evidente al leer sus libros: que toda su vida ha sido una muy interesante novela.


- ¿Qué recuerdos tiene de sus primeras lecturas?

- Frente al colegio La Salle de La Paz, donde estudié, había una librería pequeñita de un ecuatoriano, el papá del Olmedo López, que luego fue secretario de Paz Estenssoro. Yo era muy mimado, no solo por mi madre, sino por la familia también, entonces, me compraban muchos libros. Tenía toda la colección de los libritos Billiken. Hasta me ahorraba mis recreos para comprar libros.


- Usted tuvo una vida muy vinculada a la política, ¿cierto?

- Así es. Cuando estaba en el segundo de secundaria sucedió una tragedia brutal en mi vida: el colgamiento de Villarroel (21 de julio de 1946). En mi casa se fundó el MNR, mi tío Germán Monroy Block era el principal ministro de Villarroel. Yo, en la casa, tenía todas las comodidades que un muchacho podía tener en esa época, pero ese día nos saquearon y todos mis recuerdos infantiles se perdieron; lo que más lamenté fue perder mis libros. Desde chico me relacioné mejor con los adultos, por eso, siempre estaba en las reuniones con mi tío, con Villarroel, con Paz Estenssoro...


- ¿Cuándo comenzó a escribir, a publicar?

- En mi curso de colegio estaba Fernando Baptista Gumucio, Carlos Serrate Reich, Pepe Estenssoro, Enrique Arnal... Con estos amigos decidimos hacer una publicación escolar, y ahí publiqué mis primeros poemas (…) Quizá mi primer libro fue Los cuatro tonos del kikirikí. Esa novela es una especie de colección de todas mis lecturas. En ese tiempo yo era profesor del colegio Bolívar, del Germán Busch, era docente de Literatura, y en ese libro plasmé varias figuras literarias para que mis alumnos entendieran, en forma amena, la teoría, las técnicas, los recursos que en esa época estaban usándose en las letras latinoamericanas. Así, salió una novela experimental, quizá la única novela experimental hecha en Bolivia en esos años, gracias a la biblioteca de Última Hora (vespertino ya desaparecido), y fue un éxito rotundo en los años 70, aunque la escribí una década antes, cuando tenía 28 años.


- ¿Cómo era la movida literaria en esa época? - En ese tiempo creo que los escritores, como Jaime Saenz, estaban más enfocados en la cuestión de la bohemia, digamos. Y los de la anterior generación eran muy solemnes, como Augusto Céspedes, entre otros, pero tampoco eran muchos, porque en esa época no había muchos que se dedicaran a tiempo completo a la escritura. Yo he seguido, lógicamente, la ruta de Céspedes, él ha sido mi gran amigo, desde niño he visto que él y otros grandes pensadores de la época se reunían en mi casa y tomaban unos tragos...


Recuerdo que cuando tenía 14 años vivíamos en la calle Almirante Grau y ahí se amanecieron farreando y charlando “los grandes”: Fernando Iturralde, Germán Monroy, Víctor Paz, Augusto Céspedes, Carlos Montenegro, Rafael Otazo, Hernán Siles Suazo... el jet set de esa época. El doctor Cárdenas Mallea, papá de Jenny Cárdenas, que fue uno de los fundadores del MNR, tocaba la guitarra maravillosamente, y mi tío Eduardo Monroy Block tocaba el bandoneón, así guitarreaban hasta el amanecer, y justo a esa hora, el doctor Cárdenas se va de la casa con su guitarra al hombro, y Montenegro dice: ¿Dónde está el Pato?, y desde la ventana, que daba a la calle, lo mira al Pato, agarra su revólver y le grita “Pato, volvé”, y suelta tiros al aire...


- Noto que para usted literatura y política se fusionan en un mismo recuerdo... - La política era parte fundamental de la vida, de toda esa generación de escritores, y como dicen los críticos, en el caso de Céspedes, por ejemplo, quizá su potencial literario no se desarrolló plenamente por su activismo político, y si no se hubiera dedicado a la política, dicen que tal vez habría sido uno de los principales autores del boom.

Pero él y esos otros grandes hombres de su época querían transformar la nación, sin la política tal vez no habrían sido grandes escritores, y ellos se unieron para estrellarse contra el supraestado minero, que era manejado por los grandes empresarios de ese tiempo.


- ¿A qué escritores admira, don Enrique? - Yo admiro a Felisberto Hernández, a Macedonio Fernández, al gran cuentista uruguayo Horacio Quiroga... pero si hablo de las influencias que he tenido como escritor, no puedo dejar de mencionar a James Joyce, Virginia Woolf y Lezama Lima. En Medio siglo de milagros se nota la influencia de estos autores. Tampoco me olvido de Cortázar.


- Voy a mencionar nombres de escritores nacionales y usted me dice qué opina de ellos. Empecemos con René Bascopé. - Grande... hemos sido muy amigos, intercambiábamos escritos... no puedo decir que he sido su maestro, pero creo que ha habido mucha influencia. Hemos estado exiliados en México juntos, y he escrito este librito Historia de una noche de bohemia (en la solapa del libro hay una foto donde aparecen don Enrique, su hermano Ramón y René), en el que narro una reunión donde estamos con el Jaime Nisttahuz, con el Manuel Vargas, con la Ruth Cárdenas, con la Nora Zapata... todo el jet set de los escritores de esa época, y quien hizo los dibujos es Édgar Arandia.


- ¿Edmundo Paz Soldán? - Lo he leído, tengo varios libros suyos. Es cien por ciento académico, y los académicos tienen una impronta particular. Cuando Edmundo ganó el Premio Nacional de Novela, yo fui finalista con El atraco de Calamarca.


- ¿Ramón Rocha? - Gran escritor... porque es mi hechura, y él lo reconoce (risas). Lo admiro. Cómo no lo voy a admirar si es mi hechura, desde sus primeras novelitas.

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