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Pesa nervios


I

La espalda duele y comprime el lugar exacto que retuerce la pierna izquierda, la rodilla izquierda… el hormigueo del dedo izquierdo. Músculos, tejidos y nervios duelen, pero no es aquello lo que importa. Es el saber hacer con el pulso constante del dolor que se duele, respetándolo en silencio. He ahí la ofrenda, el sentido de los ayes, de los atataus, de los uyes que valen ya solo por el verdadero acto de dolerse.


Esto no se trata del hacer con el síntoma que se muestra desde el cuello como piano mal tesado, del ojo que tiembla y no llora, del cráneo que late, de la pierna herida por el nervio en forma de pierna. Ser más allá del dolor que duele sin quejarse de la causa y aceptando el efecto. Viernes de dolores invisibles, de alma desgarrada, ese viernes que te pregunta o que no te dice nada.


II

Hay certezas que provienen del músculo, del hueso, de las uniones pegadas a fuerza de sangre y nervio, verdades físicas que confiesan la envoltura y hacen que el cuerpo hable lo que la otra calla. Es ahí, entonces, que se revela la sombra del delirio que aún no delira y se entiende que todavía debe dolerse el otro lado del cuerpo para estar cerca, acaso, de lo que nombraba el poeta.


En el hacerse cargo del cuerpo, cargarlo al hombro como cruz llena de entrañas y fluidos se encuentra el acto de escribir, como una impostura, un hablar desde otro lugar, poniendo la palabra dolida en la palabra como vendaje simbólico a lo real del cuerpo, paliando la espera hasta el día en que las tripas se revuelvan y las vértebras se compriman exprimiendo jugos y fluidos, dejando despojos en un viejo catre, pero junto a la palabra exacta y real, esa que saldrá en el estertor de una mandíbula rígida y una lengua seca. Antes, sin embargo, habrá que transitar lo que queda escuchando al que habla desde aquel lugar que no termina ni empieza en la envoltura, la palabra sin carne, el verbo sin cuerpo.


Mientras me sostengo por la escritura, miro la mesa y me pregunto por lo que pasa al medio, en ese espacio que se forma, entre la silla que recibe el pulsar de mi glúteo izquierdo y la palabra que podría caber donde presiona, como dedo de torturador e irradia como trueno el dolor del nervio. Entonces mi nalga se ríe, mi dedo cadera se ríe, mi dedo gordo se ríe. Calla la lengua, cesa la palabra y vuelvo a la cama recordando a Artaud: “Nada de obras, nada de lengua, nada de palabra, nada de espíritu, nada. Nada, sino un bello pesa nervios”.

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