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Kundera ensayista: solo la novela hace al hombre irremplazable

Una idea constante motivó al escritor checo a lo largo de su producción ensayística: que la novela explica mejor que nada y que nadie a la humanidad, a la sociedad, porque evoluciona a su ritmo. Una aproximación a las reflexiones de Kundera, quien nos dejó hace poco, sobre la ficción, el humor y la modernidad entre otras cosas.



En Los testamentos traicionados Milan Kundera enfatiza en una reflexión profunda y exhaustiva en torno a la novela, sus orígenes, alcances y su siempre mal vaticinado declive o fin. La senda la había abierto años antes en El arte de la novela, y prosiguió luego en El telón y Un encuentro.


Escribe Kundera que escribió Octavio Paz que ni Homero ni Virgilio conocieron el humor; que Ariosto medio que lo presintió, y que no fue sino hasta Cervantes que este –el humor– se hizo como tal. Vale decir, que solo con Don Quijote empezó a reconocerse como un estado y/o condición. Una posibilidad, una necesidad.


“El humor no es una práctica inmemorial del hombre; es una invención unida al nacimiento de la novela –afirma el checo–. El humor, pues, no es la risa la burla, la sátira, sino un aspecto particular de lo cómico”. La novela es, entonces, un territorio en el que se suspende el juicio moral. La novela deviene, así, en la “desdivinización del mundo”, en uno de los fenómenos que caracteriza los “tiempos modernos”.


Valga el ejemplo del humor para enfatizar en el nivel de trascendencia que este género literario alcanzó ya desde sus inicios y aún mantiene no solo en diversas categorías del conocimiento, sino en la vida misma, individual y colectiva. A eso apunta la tetralogía ensayística del recién fallecido escritor.


En su larga evolución, la novela se estabilizó en torno a algunas cuestiones fundamentales, entre las que destacan dos preguntas ontológicas: ¿qué es el individuo?, ¿en qué consiste su identidad? Se trata de la innata necesidad de explorar la herencia filosófica que nos conduce o predetermina nuestra forma de pensar y actuar. Escribe Kundera en referencia a una postura de Thomas Mann:


…pensamos actuar, pensamos pensar, pero es otro u otros los que piensan y actúan en nosotros: costumbres inmemoriales, arquetipos que, convertidos en mitos, transmitidos de una generación a otra, poseen una inmensa fuerza de seducción y nos teledirigen desde “el pozo del pasado”. (2003: 20)


La novela, reflexiona también Kundera, lo pone a uno ante la historia desde el momento –tradición, lecturas– en que permite entrar en diálogo con el pasado y el futuro. Pero ante “una” historia, que no “la” historia, lo que, a todas luces, lleva mayor trascendencia.


El sentido de la historia de un arte se opone al de la Historia a secas. Gracias a su carácter personal, la historia de un arte es una venganza del hombre contra la impersonalidad de la Historia de la humanidad (2003: 24).


Y ese diálogo constante, a lo largo de la historia, así como en el hilo inconfundible que guía toda su obra ensayística, continúa en El telón.


Don Quijote explica a Sancho que Homero y Virgilio no describían a los personajes “como ellos fueron, sino como habían de ser para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes”. Ahora bien, el propio don Quijote es cualquier cosa menos un ejemplo a seguir. Los personajes novelescos no piden que se les admire por sus virtudes. Piden que se les comprenda, lo cual es algo totalmente distinto. Los héroes de epopeya vencen o, si son vencidos, conservan hasta el último suspiro su grandeza. Don Quijote ha vencido. Y sin grandeza alguna. Porque, de golpe, todo queda claro: la vida humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esa irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Esta es la razón de ser del arte de la novela (2005: 21).


La noción, la concepción de la novela, en específico, y del arte en general (para Kundera la novela es el summum perfecto, inagotable, del arte), no pueden dejar de ceñirse –explica el autor con una serie de ejemplos que exploran la música, la pintura y la literatura, claro– a las perspectivas y predeterminaciones que el hombre se fue forjando como ente colectivo.


La historia “a secas”, la de la humanidad, es la historia de las cosas que ya no son y que no participan directamente en nuestra vida. La historia del arte, puesto que es la historia de los valores, por tanto, de las cosas que nos son necesarias, está siempre presente, siempre con nosotros (2005: 29)


La novela es, entonces, un territorio en el que se suspende el juicio moral. La novela deviene, así, en la “desdivinización del mundo”, en uno de los fenómenos que caracteriza los “tiempos modernos”.

En su extensa y celebrada obra de ficción, el checo propone acercarse al hombre, a la humanidad desde realidades y fenómenos atávicos, constantes, inalterables: el amor –sobre todo, el sexo–; la identidad –pero siempre desde los márgenes: el exilio, la huida–; y la muerte –como la meta hacia la que todos nos acercamos tratando de demorarnos lo más posible en estos obstáculos recién citados.


En su compacta obra ensayística apela a la ética y estética –a las suyas, pues hay que partir de algo– para tratar de probar una osada hipótesis: solo la literatura (la novela, como paradigma) puede explicar al ser humano, partiendo de que es el vehículo más completo –en sus cambios y evoluciones, en sus cimas y simas, en sus vanguardias y extravíos– para tratar de avanzar en pos de esa inconmensurable aspiración que es penetrar en los meandros de la consciencia. Es así que Un encuentro, sigue aportando a los temas y tópicos recurrentes:


La novela nació en los tiempos modernos que hicieron del hombre, por citar a Heidegger, el “único verdadero subjetum”, el “fundamento de todo”. En gran parte es gracias a la novela por lo que se instala el hombre, como individuo, en el escenario europeo. Lejos de la novela, en nuestra vida real, poco sabemos de nuestros padres tal como eran antes de que naciéramos; apenas conocemos fragmentariamente a nuestros parientes cercanos; les vemos llegar y partir; en cuanto desaparecen son reemplazados por otros: conforman un largo desfile de seres reemplazables. Solo la novela aísla a un individuo, ilumina toda su biografía, sus ideas, sus sentimientos, lo vuelve irreemplazable: lo convierte en el centro de todo (2009: 53).


Dicho todo esto, y ¿qué del tan mentado fin de la novela que tantos vaticinan? ¿Qué significaría, qué consecuencias y arrastres tendría?


Julio Verne sostuvo en 1902: “las novelas serán suplantadas por los diarios. Los escritores de prensa han aprendido a colorear los acontecimientos cotidianos tan bien que su lectura entregará a la posteridad una imagen más veraz y vívida que la de la novela histórica o descriptiva”. A mediados del siglo pasado, el escritor estadounidense Norman Mailer declaró: “cualquiera que siga escribiendo novelas en 1950 es un necio”; y hace poco, en 2009, Philip Roth predijo: “el libro no puede competir con la pantalla. Es algo que Kindle no va a cambiar. No pudo competir con la pantalla de cine. No pudo competir con la pantalla de televisión, y no puede competir con la pantalla del ordenador (…) La novela es un animal moribundo”.


Narradores, poetas, académicos han querido matar a este género literario no solo en los últimos años: hace ya más de un siglo; y este, ajeno a fatalismos, no hace más que evolucionar y mantenerse; eso sí, reinventándose, adaptándose, como toda especie que vence la extinción.



Kundera, a su manera, escudriña también en torno a esta interrogante en su saga. ¿Sigue Europa todavía en la “sociedad de la novela? ¿Se encuentra aún en los “tiempos modernos”?, plantea. Y continúa:


¿No está acaso entrando en otra época que todavía no tiene nombre y para la que estas artes ya no tienen mucha importancia? ¿Por qué, si no, extrañarse de que no se haya sentido extremadamente conmovida cuando por primera vez en su historia, el arte de la novela, su arte por excelencia, ha sido condenado a muerte? En esta nueva época, posterior a los tiempos modernos, ¿no vive la novela, desde hace ya cierto tiempo, una vida de condenado? (2003: 37)


 

Bibliografía

Kundera, Milan

2009 Un encuentro. Buenos Aires: Tusquets.

2005 El telón: ensayo en siete partes. México: Tusquets.

2003 Los testamentos traicionados. Barcelona: Tusquets.

La novela es, entonces, un territorio en el que se suspende el juicio moral. La novela deviene, así, en la “desdivinización del mundo”, en uno de los fenómenos que caracteriza los “tiempos modernos”.

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