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Fiesta residual

Este relato obtuvo el tercer lugar del Concurso de cuentos al estilo viscarreano organizado por el Movimiento Cultural Ulupika.


Ninguno de los tres carajos con los que andaba esa noche se detuvo para ayudar a levantarme. Por suerte, el taxista que tuvo la oportunidad de convertir mi cabeza en silpancho era más paciente y esperó a que mi cuerpo atravesara el ciclo evolutivo completo: me convertí de animal que repta en animal de cuatro patas y de ahí en animal de dos patas.


Cuando retomé camino había perdido de vista a los amigos que conocí esa noche. Conocidos arquetipos de borracho de quienes no recuerdo el nombre. Solo sé que uno de ellos era rapero y el otro tenía una punta con la que amenazaba más su propia supervivencia que la del parroquiano adyacente. El Barras y El Cuchillitos. El cuarto miembro de nuestro desafortunado grupo era mi compadre, el Pollo, apodo que se ganó por razones obvias.


Busqué más allá de donde mi visión difusa me permitía ver, pero no encontré a ninguno de los tres entre el tumulto amorfo de gente, que se comportaba como un solo organismo caliente y pestilente. Nuestro destino era la Peña California o Las Mañaneras, nuestro objetivo encontrar a las minusas borrachas que habitan los bares al amanecer y se conforman con que, a falta del postor que aguardaban, se las lleve cualquier cafisho, como si fueran pan guardado. Confiaba que si seguía andando en esa dirección encontraría a mis amigos y también a la adecuada para aliviar el ansia de mi entrepierna.


Lo único que encontré fue una batida de pacos. ¿Qué hacían a las 6 de la mañana cargando borrachitos en la Ceja? Era impropio en ellos, hasta parecía que trabajaban. Los montoneros agarraban a cualquier sonso que se le ocurría tambalearse frente a ellos. Pandilleros profesionales. ¿Qués eso? ¿Acaso es delito andar borracho en la madrugada? En estas partes del mundo la embriaguez es devoción. Pero tenía que pasar por en medio de ellos. O me arriesgaba a que me carguen injustamente o me arriesgaba a perderme de la joda prometida entre los residuos de la fiesta de sábado. La elección era obvia.


Con determinación me encaminaba hacia los polcías, que de tan verdes parecían señales de tránsito, cuando sentí que alguien me agarraba el brazo. Yastá, pensé, ya me pescó un acreedor y no me soltará hasta que no le entregue dinero o zapatos. Preparaba el puñete para liberarme, pero vi que la mano que me agarraba no era de otro que del Pollo. Sentate, cojudo, me dijo en un tono tan urgente que no presté atención a la ofensa. Él estaba sentado esperando que le sirvieran una sopita de fideo, e hizo que me acomodara a su lado, sobre las mantas que recubrían un balde dado vuelta, y que retenían el calor de un anterior cliente.


¿Qué ha pasado?, pregunté, buscando explicación a por qué me abandonaron ante la rueda del auto. En lugar de eso el Pollo me explicó: Los están cargando. Volteé sólo la cabeza para verlos. Ahí estaban, a menos de 10 metros, El Barras y El Cuchillitos enfrascados en pelea con los tombos. A la mierda, pensé, a uno lo van a agarrar por su punta y al otro por su marihuana. Menos mal te vi, interrumpió mi pensamiento el Pollo, si no ya te estarían cargando a vos también.


Los polcías avanzaban por la cuadra. Como barredora que recoge la basura levantaban a los borrachos. Por algún extraño ataque de autoritarismo, de esos que experimentan a menudo los que están enfermos de funcionarismo público, habían decidido que todo malviviente que habitara las aceras debía ser llevado al retén. Aunque en la superficie parecía un acto de despotismo, para los damnificados igual de fácil podía pasar como un acto de caridad: los estaban llevando a dormir bajo techo.


Recibí mi plato de sopa con silpancho y comí con avidez. Recordé que hace poco estuve a punto de convertirme en una carne igual de aplastada que esa y me reí de lo poético del bocado. Los pacos pasaron al lado de nosotros, y aunque en nuestras pintas desastradas era obvio que pertenecíamos al bando enemigo, no nos dijeron nada, sólo nos miraron y siguieron con su camino. Sentarse a comer sopitas era como camuflarse, refugiarse bajo la pollera de la reina que ofrece alimento a precio módico, a quien los uniformados no se van a atrever quitarle a sus clientes, sus wawitas.


Se están huaseando, escuché una voz que hablaba a mi derecha, a tiempo te has sentado, amigo. Se dirigía a mí. Era una mujer. La mujer de mis sueños. La mujer que a través del filtro del sueño y el alcohol parecía de ensueño.


Porque me dormí con la comida en la boca, no me di cuenta qué rato se fugó el Pollo, dejándome con la cuenta. Con ínfulas de ricacho saqué tres billetes de diez y le entregué uno a la casera para cancelar lo adeudado. ¿En qué telo nos refugiamos?, ofrecí a la mujer a mi lado, agitando los dos billetes que no formaban fajo. Ella apoyó el brazo sobre mi hombro y luego de inspeccionarme la cara, dijo yaaaa, no creo que aguantes.


Sorprendido por la facilidad con la que hizo efecto mi estrategia, la llevé a un pasillo en la calle 2 que en el fondo alquila habitaciones a quince. Con los cinco de cambio: salteña, pilfrut y pasaje a casa por la mañana. Me tengo que levantar temprano, advirtió la mujer mientras la desenvolvía. No vamos a dormir, alardeé exagerando mis dotes amatorias.


Me despertó el ruido de la puerta que reclamaba ¡Hora! Me dolía la pija por el esfuerzo de intentar meterla sin erección, como si fuera carne molida para embutir en una tripa. El malestar era señal de victoria. Cuando quise ver la hora me di cuenta que me había advertido que se tenía que ir temprano para que me cuide de sus pasos de pluma: me había chorreado el celular. Por suerte no tocó las cinco lucas.

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