Diario de piedra: tres escritos de Pablo Cingolani

Actualizado: 27 oct


El hielo y la luz

¡Yo estoy al derecho!

¡Dado vuelta estás vos!

Sumo, El cieguito volador


La montaña siempre te brinda hallazgos inesperados. Solo se trata de buscarlos y ella te los concede, generosa, porque sabe que hay secretos que se deben compartir para que el encanto no cese de seducir a los hombres, para que la magia les abra los ojos y para que sigan nutriendo su fe en el mundo que es lo único que te mantiene vivo.


Ese es el don de la montaña y ella sabe de dones infinitamente más que nosotros y por eso, porque otorga sus dones a aquel que los busca, ella se eleva, ella es tan potente, ella magnetiza, ella guía, ella inspira, ella ilumina y lo único que espera a cambio es que la celebres y la ofrendes como solo merecen esos dioses tan presentes que, se siente, caminan con vos, te alzan y te protegen.


Esas divinidades benefactoras reúnen para sí todos los colores, pero en el blanco escriben el más puro de sus mensajes.


Fue así que hoy vi blanco a la distancia y corrimos imantados a su encuentro y el hallazgo, inesperado como decía, fue también maravilloso. En un alero que las aguas de la quebrada habían cavado en la santa tierra, ahí estaba. Allí estaba el hielo.


Dicen algunos eremitas que los que serán salvados el día del final, vestirán de blanco. Dicen que San Juan de Patmos, el que escribió ese final que tituló Apocalipsis, a su vez, vestía de blanco, de fino lino blanco, y que los que lo conocieron lanzaron malvadas habladurías contra él, asegurando que era un incoherente y un orate. ¿Tu lo crees?


Frente a la brillante presencia del hielo, conjugando su alba belleza con la radiante luz que se colaba por las rajaduras de la cornisa, una comunión tan poderosa que nos dejó mudos de emoción y en reverencial silencio, uno siente que los locos eran los que no creían en las revelaciones del profeta.


Igual que ahora: vivimos tiempos de poca fe, casi ninguna, y eso nos está royendo el alma, opacando el horizonte como nunca antes. De ahí, la importancia del hallazgo del hielo y su danza ceremonial con la luz: el hallazgo del hielo es una señal de esperanza. Ese era el mensaje de la montaña.


La belleza oculta, develada y que deslumbra no es sino eso: una indudable señal de buena ventura, de la buena hora, que es ahora y que es siempre.


Los hombres que se desdichan y se agobian deben volver a mirar afuera de sí mismos -todo el sistema no es más que un mecanismo perverso para encerrar a los seres humanos en sus propias cárceles de miedo y dolor constantes- para volver a reencontrar sus adentros.


Afuera, está el hielo que brilla como faro luminoso. Afuera está la quebrada que labra el escondrijo de los hielos. Afuera, está la montaña, altiva, invencible y poderosa como la querían los danuenses.

Adentro, está el mismo hielo que resplandece -blanco como el destino venturoso-, está la quebrada que vela por vos en medio de la inmensidad más avasallante, pero, si es tuya, si la vuelves parte de tu ser, será la más próxima y la más íntima de todas las verdades.


Debes saberlo: la montaña, amigo, nunca te miente.


Ve a buscarla como clamaba el poeta. Ve a buscarla, encuentra lo blanco y serás salvado. Lo anotó el Loco de la isla de Patmos que, ya lo vas entendiendo: no eran ningún loco.

Antaqawa, 29 de julio de 2022


 

Escrito en salitre

Tú, peregrino, que te has detenido a mirarme, tú, caminante, que me observas emocionado, solo a ti, te diré y tú, andariego de estos lugares sin nombre, tú, buscador incesante –nadie busca nada en estos sitios desolados, si tú buscas algo es porque, en verdad, quieres hallarlo–-, tu, solo tú, sabrás que hacer con el mensaje.


¿Sabes, compañero, de huellas olvidadas?, ¿sabes de las distancias desde dónde concurro a tu mirada?, ¿sabes de mis tareas, de mis cansancios, de mis agobios? Siento que sí porque son los mismos que a ti te cercan y te asedian, pero, por lo mismo, sabes que estas en el buen camino, amigo, sabes que el camino es uno y es definitivo y sabes también que, si no hay camino, será nuestro afán, encontrarlos o soñarlos, que es lo mismo


Vengo de tan lejos que no te imaginas, hermano. Vengo desde un lugar irredento, más allá del mundo donde nos topamos, y ¿sabes qué? A veces, lo añoro. A veces, suspiro por lo que quedó atrás pero cuando el sol se eleva y hace que brille y reluzca, siento el clamor de mis adentros que me dicta: aquiétate, ya eres una señal del destino, ya estás marcando un arraigo, seré solo polvo, más polvo enamorado, como sentenció el poeta.


Y entonces sé que los días pueden sucederse, y la quietud de la noche envolverme, y las estrellas reflejarse en mí, y el viento lamer mis pliegues y contarme sus historias vagabundas y el arroyo cantar y las aguas que corren y que ya no volveré a ver jamás se despedirán de mí para irse tan lejos y para siempre, ¿y sabes qué? Que me anima tanto que así sea, que ya no diré más porque sé que has comprendido, sigue buscando si quieres, sigue tus ansias y anhelos, pero sabe de mí que yo soy también lo que buscas:


Yo soy tus huellas, que vienen y van por las heridas, cicatrizándose

Yo soy tu piel, la piel de tus arraigos

Yo soy la marca de tu destino

Soy el dolor y la dicha

Soy la alegría y el llanto

Yo,

Yo soy tu canto.

Antaqawa, 4 de agosto de 2022


 

El Corto, siempre el maltés


Dedicado al futuro


En estos tiempos confusos y desencantados, cómo no recordarlo y cada quien, según su deseo, vivir un cuento, una novela, un poema, vivir la vida líricamente, lejos de esos encasillamientos esquizoides donde nos quieren enchufar los cretinos y desalmados de siempre. Nadie tiene por qué echar lejos de sí al héroe que lleva adentro, rememoro textualmente una máxima del gran Nietzsche que siempre tuve en alta estima. A la cita me refiero.

El otro día alguien –Gonzalo M.– me devolvió la emoción de volver a sentir a mi lado a los Tigres de la Malasia, los guerreros navales y anticoloniales que secundaban al inolvidable Sandokán, el Tigre Supremo. Y yo pensaba en lo bueno que fue haber crecido leyendo los libros del veneciano y no, por decir, de un Verne y su insufrible racionalismo. Salgari, el inmortal viajero inmóvil, nos llenaba la imaginación con ardorosas historias de coraje y valor, hombres valientes y decididos y legendarios junto con el leal Yáñez, un aventurero de ley, un espejo del Corto, y con la bella y nostálgica Mariana dándole un toque de erotismo a la saga de los piratas malayos.

La misma emoción, luego, la encontré leyendo libros de historia naval argentina, paladeando la historia del audaz Bouchard, un corsario de origen galo al servicio de la patria naciente, que fue capaz de dar la vuelta al mundo en su guerra de corso, hacer reconocer por primera vez la declaración de independencia de las provincias unidas rioplatenses al mismísimo rey de Hawái y después cañonear y saquear los puertos de California y medio istmo centroamericano cuyos pueblos encontraron inspiración en el arrojado marino y en la bandera celeste y blanca que enarbolaba.

Lo mismo sucedió con la historia de Vito Dumas, el primer navegante a vela que en solitario circunnavegó el planeta atravesando el mítico y terrible Cabo de Hornos. El perfil del marino fue uno de los primeros escritos de mi vida, un texto lleno de entusiasmo por un verdadero valiente, alguien incontrastable, ejemplar, extremo.

Cuando, gracias a mis padres, dejé de tener al mar como la gran referencia geográfica y comenzamos a transitar las distancias que nos separaban de las montañas, mi mirada se volcó hacia ellas y mis anhelos y mis lecturas también e impactado por la visión majestuosa e irrepetible de la Cordillera de los Andes y de su mole mayor, el Aconcagua, devoré todo lo que encontraba sobre el general San Martín y su épica guerra de liberación continental. De su extraordinaria estrategia, me fascinaba su encuentro/negociación con los indios en lo que la historia conoce como “la Guerra de Zapa”, el cruce mismo del macizo andino que empecé a sentir paso a paso y, siempre hay un motivo, leyendo el libro de Mitre, me enganché, hasta hoy, con la heroica actuación del coronel Pringles ya en la fase peruana de la guerra cuando para no rendirse, él y sus jinetes, se arrojaron al océano Pacífico desde los acantilados del desierto.

El motivo aludido era este: de camino a Mendoza, siempre pasábamos por el sitio donde Pringles fue muerto en una escaramuza de las miles que sangraron a los argentinos en sus guerras civiles. Luego, con los años, leí que aquel que más honró al finado Pringles fue su vencedor, el general Quiroga, el mítico Facundo, otro Tigre, el de los llanos, y empecé a entender eso del honor y cuando también anduve por los eriales riojanos sentía la presencia inspiradora de aquel que moriría asesinado en Barranco Yaco.

También esos años decisivos, cuando acunaba febriles 13, por intermedio de una amiga de mi mamá, pude conocer y compartir con alguien que clarificó el labrado de mi propia huella, un hombre, un coya, un sabio: Eulogio Frites. Diría Gurdjieff: un hombre notable[1].

Eulogio fue el primero que me contó de la puna, de su soledad y su desgarro por una batalla inmoral en las pampas de Quera, de los hombres y mujeres que murieron por defender su cultura y su tierra, del ocultamiento de la historia, de la necesidad de memoria, de la dignidad de la lucha.

Ya estaba encendiéndome. Ya podía empezar a vivir mi propio poema conjetural y existencial, ya podía empezar a vivir un cuento, mi cuento.


Antaqawa, 27 de septiembre de 2022

[1] Vale que lo anote: un par de años después, mi madre me invitaría al cine a ver la película de Peter Brook sobre el místico ruso.

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