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Cuando Sara Chura despierte, un tejido irrepetible

Cumple 20 años la novela de Juan pablo Piñeiro, acaso el más reciente de los libros consagrados en el canon de la literatura boliviana. En este texto se traza una mirada a profundidad en algunos de los múltiples niveles que propone la obra.


“Cada una de las criaturas humanas es un nudo único, irrepetible, que se teje en el mundo, pero el tejido no le pertenece a ninguno, somos todos iguales”. (99)

Juan Pablo Piñeiro


El más reciente “clásico” de la literatura boliviana, Cuando Sara Chura despierte[1], de Juan Pablo Piñeiro, cumple 20 años. Antes de remitirnos directamente al propósito de estas líneas –aproximarse a algunos de los principales niveles y categorías de la novela, tanto en la forma como en el fondo–, convengamos aquello de “clásico”. Y es que no es sino consolidación e inclusión definitiva en el canon el hecho de que esta novela, publicada por primera vez en 2003 en un corto tiraje independiente, sea parte en tan pocos lustros de las 200 obras fundamentales que conforman la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB).


Empecemos por una síntesis básica: César Amato, pajpaku, mil oficios, “especialista en cambio de piel”, deja las ciencias ocultas y se hace detective privado, justo en la víspera de la fiesta del Gran Poder. Su primer trabajo le llega apenas pone un aviso en las prensa ofreciendo sus servicios: lo citan en un bar de la zona del cementerio donde lo espera Sara Chura, una gigantesca chola –espectral, onírica y ebria– quien “embruja” al detective, luego de darle coca y lejía hasta que, poco a poco, en estado de trance, este empieza a sentir-pensar-hablar por ella. Su misión: buscar a lo largo del recorrido del Gran Poder al Cadáver que respira, el “maniquí” amante de la matrona que lo desea de vuelta a su lado.


Hasta aquí solo se narra la primera de las cinco partes, pero resulta suficiente. Luego aparecen un grupo de personajes, a cuál más estrambóticos y entrañables, que de una u otra manera interactúan en el caótico y fabuloso universo del festejo folklórico religioso (y del libro). En mayor o menor medida, entonces, los personajes participan, se ven inmiscuidos o interfieren en la ruta y destino de Sara Chura… antes de que despierte.


Un repaso al resto de los protagonistas: don Falsoafán, inventor fracasado, sabio filósofo de barrio; conocedor intuitivo de absolutamente todo; Al Pacheco, candidato a candidato presidencial; coleccionista de fotos carnet de “todo el mundo”; Juan Chusa Pankataya, cadáver postizo como vocación y oficio, se alquila para velorios y entierros de muertos que no aparecen.


¿Es Cuando Sara Chura despierte un quiebre en el “realismo urbano” ya asentado para 2003, cuando se publicó, y que continúa vigente? ¿Es un anticipo del ahora ya bien asentado “realismo de sobrenatural” o realismo gótico? Es una novela lúdica, lindante en el absurdo y lo caricaturesco[2], pero a la vez, profundamente reflexiva y rigurosa; es una novela fantástica, pero a la vez inmune al estereotipo del realismo mágico.


Pero Cuando Sara Chura despierte es mucho más que eso. Es una novela paceña a rabiar, pero, como toda pieza bien lograda, esta “reducción” no desahucia su universalidad[3]; es, asimismo, una novela que ensalza la posibilidad de lo ambiguo, de lo voluble; la posibilidad del cambio infinito, de la multiplicidad. Y es una novela que reivindica a la muerte y a los muertos como presencias más que como ausencias.


Para lograr enlazar este complejo universo narrativo temático, Piñeiro toma una arriesgada decisión: diseña una estructura alternada y paralela, según la perspectiva de cada personaje, es decir, variando en cada una de las cinco partes que, no obstante, están todas relatadas por el mismo narrador ajeno –que no omnisciente pues, ¿acaso hay alguna ubicuidad en esta novela que no sea Sara Chura?– que lleva la voz principal y la cede solo en determinados pasajes.


Lo onírico y lo lúdico

Cuando Sara Chura despierte y desfile por el centro de la ciudad lanzará hojas de coca, alcohol blanco y estrellas de sal bendecidas por todos los guardianes del Altiplano, cada estrella a una persona distinta y le anunciará su nuevo camino. Un pajpacu, preocupado por cumplir su misión, recibirá una estrella azul que desaparecerá en sus manos el día en que Sara Chura despierte. (2009: 67-68)


Cuando Sara Chura despierte es un sueño y una ilusión. Es un juego y un divertimento imaginados por Piñeiro, pero dirigidos por la propia Sara, desde Amato, don Falsoafán y Juan Chusa Pankataya.


Mundo lúdico, protagonistas deschavetados, juegos de palabras, vidas imaginarias, situaciones rocambolescas. El humor en la concepción de la trama y de las estrategias narrativas. La muerte como presencia más que ausencia. ¿Acaso no pinta todo esto una La Paz paceña a más no poder? El lector no sabe si en algún momento “despertará” y se dará cuenta de que la trama que sigue es tal y no cual.


Si bien en las dos primeras partes se muestran personajes pintorescos, situaciones grotescas, en una atmósfera rayana en el absurdo, todas estas enfatizaciones se entienden y asumen en una verosimilitud inherente a La Paz. Esa La Paz tradicional y hasta novelesca –de la Pérez Velasco para arriba–, intervenida en su cotidianidad por hechos y personajes tan disparatados como verosímiles.


No obstante, es en la tercera sección donde arrasa lo onírico y sobrenatural, tanto en la trama como en la técnica narrativa, en las estrategias de manejo de lenguaje; barrocas, “rebuscadas”, pero coherentes y acertadas.


Entonces el pajpacu recordará su fracaso como detective y sentirá vergüenza de enfrentarse a la mujer que los contrató el día en que Sara Chura regrese. En cambio la mujer, desde una ronda de niños, lo mirará sonriendo como si César Amato no hubiera fracasado en su misión de encontrar y eliminar al cadáver que respira; entonces avergonzado y con el alma dolida no solamente por su fracaso sino por la desaparición presentida, el pajpacu se acercará a ella con la cabeza baja, y sentirá pesadas sus manos que después serán pabellones quelados, cuando se convierta en alacrán por mirar en los insondables ojos de Sara, el día en que Sara Chura regrese. (2009: 87)


La fiesta

Pero Cuando Sara Chura despierte es, también, una fiesta. Es una celebración –desde La Paz– del lenguaje y sus posibilidades; es un lienzo que –desde el Gran Poder– captura un momento, una mirada, un ángulo y un todo de los paceños desde su hablar, trajinar, festejar, beber, sobrevivir.


El lenguaje, a tono con lo celebratorio, llega a cimas pocas veces avistadas en la narrativa boliviana en el inicio –ya emblemático– de la tercera parte:


Cuando Sara Chura despierte estará más hermosa que nunca. Vestirá doce polleras de distintos colores y bajará con su cortejo triunfal por la avenida Mariscal Santa Cruz, el día de la Entrada del Señor del Gran Poder del año 2003. A las cinco de la tarde, en sus cabellos blancos nadarán dos sirenas de plata y en su sonrisa se adivinará la tristeza acumulada por tantos años de silencio. Llevará un cetro antiguo en la mano derecha y en la otra mano una tierna espiga de quinua dorada. Su espalda estará cubierta por un ancestral textil y sus grandes pechos serán adornados por borlas hechas de la lana de una vicuña roja. Sus pies, curtidos de tanto caminar, calzarán unas sencillas sandalias de caucho. Toda la ciudad, bañada por una luz amarilla, olerá a koa y palosanto el día que Sara Chura despierte. (2009: 67)


Edwin Guzmán precisa en su ensayo “El grado alcohólico de la escritura”.[4]: “En general, dos actitudes frente al alcohol se perciben en la literatura boliviana, una de extroversión y fiesta, otra de introspección y aislamiento”.


Aunque se centra en esa suerte de desinhibición colectiva que es la Entrada del Gran Poder, en la que priman las euforias y osadías reprimidas el resto del año, la novela de Piñeiro, creemos, hace un repaso de estas dos actitudes o categorías mencionadas por el poeta y ensayista orureño. No se puede dejar de lado la solemnidad de los personajes que intercalan protagonismo: en torno a sus objetivos y excentricidades, la cerveza actúa como catalizador de lo emotivo y espiritual.


Su último disco Bebo y te recuerdo sin motivo había tenido excelentes repercusiones y lo había convertido en el rey indiscutible de la música tropical andina. César recordó una conversación con el artista durante la cual le preguntó si la apología del alcohol que hacía en sus canciones era de origen tropical o de origen andino.


–Andino, pues –le dijo Toby Choque muy seguro de sí mismo–. Los tropicales cantan al alcohol con una mujer a su lado y el alcohol es la metáfora de la fugacidad de ese encuentro. En cambio yo le canto como un andino, porque es el elixir que despierta la memoria y por ella se hace insoportable la nostalgia. Beber es intentar olvidar recordando. (2009: 20)


Lo marginal

Y es también, Cuando Sara Chura despierte, un relato sobre marginalidades. Pero, ¿cuán marginal es la Entrada del Gran Poder que, si bien sigue teniendo su epicentro en la zona del Gran Poder y la ladera oeste de La Paz, ahora es también “patrimonio” de La Paz céntrica, del casco viejo y de las familias tradicionales de clase media?


Las “nuevas burguesías” no dejan de ser marginales de un sistema, un eje “oficial, formal”, tanto en lo económico y político como en lo social. Marginales son los personajes y marginal es el enfoque mismo de la novela: un caleidoscopio de imaginarios. Por lo demás, los márgenes físicos de La Paz tienen un papel preponderante desde el primer párrafo:


El mundo es la casa embrujada que todos habitamos, pensó César Amato en la cima de las serranías de Murillo. Había subido la montaña sin saber por qué, pero el trayecto lo dejó maravillado: caballos salvajes de larga cola, extensos bofedales y luego la cordillera tatuada en la luz fría del Altiplano. Sentado sobre una roca, ahora podía ver las cosas con mayor claridad. (2009: 13)


En el margen del margen de, un paso antes de que La Paz deje de ser ciudad, está el cenit de la historia:


Ayer, para subir la montaña, te hice una ofrenda. Llegué hasta la punta más alta del tata Illimani y desde ahí me puse a ver la comunidad. Por la forma de las nubes, por la dirección del viento, por el color del cielo supe que algo se estaba transformando en el mundo y mi corazón se encendió, pensando que tú podrías regresar. (2009: 140)


El ajayu

Y Cuando Sara Chura despierte es, encima de todo, una honda incursión en el alma individual y colectiva de los paceños y los bolivianos de La Paz. Desde y mediante las cosmovisiones andinas, es una mirada en las más elementales y no por ello menos determinantes certezas y dudas eternas de todos y cada quien. La mejor representación se halla en el diálogo –otro punto alto en el estilo– entre Pankataya y Jerky, el Charquekán.


–Yo adoro a los cerros, a las estrellas, al sol, a la tierra, a los lagos, a los animales y a los ancestros –confesó borracho Juan Chusa Pankataya en la pensión Jiramaicu de Challapata.

–Lo que pasa es que adoramos las mismas cosas. Tú estás queriendo decir que crees en Dios, porque Dios es todo eso y está en todas partes –observó prepotente el Charquekán occidental, desde el plato de metal donde estaba servido (…).

–¡No! Yo estoy queriendo decir lo que te he dicho. En realidad tú estás queriendo escuchar Dios en mis palabras y yo te he dicho cerros, estrellas, sol, tierra, lagos y animales –sentenció furioso el borracho–. Nunca vamos a poder conversar si tú te escuchas a ti en mis palabras, mi querido amigo Charquekán –remató con sorna.

(…) La fe es el don de los que creen [continúa el Charquekán].

–Eso funciona para ti –dijo el borracho con tal fluidez que parecía bastante cuerdo–. Yo pienso, sin embargo, que la fe es el nombre con el que cercenas una de las dimensiones del ser humano. Tú usas los nombres para retener las cosas del mundo y yo los uso para convocarlas. La fe pertenece a esa dimensión ancestral que todos poseemos y que nos permite transformar la sustancia misteriosa del mundo, que nunca debe dejar de ser misteriosa, en la realidad que deseamos. Esa dimensión transformadora es tan importante como la razón. La razón sirve mucho pero no sirve de nada cuando se la considera la única cosa y se nombra todo lo demás –lo oculto, lo que presentimos– como una oposición y no como un complemento. (2009: 97-98).


Lo metaliterario

Es, finalmente, Cuando Sara Chura despierte, un cuestionamiento al poder, (divino, terrenal), a la ambición de poder y control, con un guiño a la omnisciencia y omnipotencia del autor ante su texto y sus personajes.


Al Pacheco y Lucía –la ciega que hace una maqueta instantánea de La Paz–, cada quien con lo suyo, sirven para representar una alegoría atávica de la humanidad: su hambre de poder y control.


Poder y control, comparables, tal vez, al que el autor busca de su microcosmos representado en lo que crea, lo que escribe, lo que quiere decir. Esta cuestión fundamental (que Piñeiro retoma en su última novela Manubiduyepe[5]), se explica en el diálogo entre Juan Chusa Pankataya y los hermanos Zepita:


–¿Y quién te asegura que algo existe? ¿No seremos más bien un recuerdo que está activando alguien en su memoria o una quimera que hemos inventado para que nos invente? –observó uno de los hermanos.


–Por ahí somos todo eso al mismo tiempo: algo que existe, un recuerdo que se evoca y un invento de nuestras propias invenciones –aclaró el postizo– En todo caso no me parece importante y eso solo lo pude entender interpretando muertos. Tal vez la única memoria que nos recuerda es el pasado. (2009: 110)


Veinte años después sigue, entonces, y muy vigente, el sueño. Sara Chura despierta cada Gran Poder y la magia permanece latente en las páginas de las ya innumerables ediciones de este libro clásico. Y pasados otros 20, 30 o 50 años, con seguridad, la fiesta seguirá más viva que nunca al ritmo de la morenada… y cuando…


El cóndor con botas de plata, imponente como la cordillera, seguirá los pasos de Sara Chura. Después desfilarán todas las aves de los cielos comandadas por la Suerte María. A continuación vendrán las llamas y las soberbias vicuñas, ataviadas con bufandas y sombreros elegantes. El Zorro borracho, de bigotes tupidos bailará en círculo, tocando un pito, al compás de la banda. Después una escuadra de jucumaris rugirá la morenada y se abrirán paso los lagartos, las víboras y los sapos. Los escarabajos entrarán como auki-aukis con la mano en la espalda, achichiu, achichiu diciendo, y las hormigas desfilaran cubiertas por hojas multicolores. Después entrarán las más jóvenes girando coquetas sus polleras y lanzando flores a la gente que las recibirá desde las aceras el día en que Sara Chura despierte. (2009: 67)


Tapa: Ilustración de Diana Val.

 

[1] En este texto, trabajamos con la segunda edición (2009) de Gente Común.

[2] Según el filólogo y crítico literario Luis H. Antezana J., la ópera prima de Juan Pablo Piñeiro es: “un texto bien logrado, con énfasis en lo representativo, alegórico y simbólico. El autor lleva muy bien el hilo narrativo –pese a que estas tres características bien podrían desvirtuarlo– y destaca su habilidad en el manejo del lenguaje, la ironía como tono personal y el rótulo caricaturesco que impone adrede a sus personajes”. (Comunicación personal, Cochabamba, 21 de julio de 2017).


[3] Lo mismo ocurre también con Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas, publicada un año después, también parte de la BBB y que, junto con la obra de Piñeiro, son dos referentes ineludibles de la novela boliviana del milenio que empieza.

[4] Publicado en su columna AltiPlaneando del suplemento LetraSiete, el 15 de enero de 2016. Este texto será incluido en un libro del mismo nombre que prepara la editorial La Mariposa Mundial.

[5] Para hacer justicia a la epifanía que engendró la necesidad de escribir Manubiduyepe (Editorial 3600, 2020), Piñeiro se vale de un complejo juego de voces, planos y perspectivas. Y así, el narrador inicial cede su voz alternativamente a Piñari, a Yamuriniti Diojorejepe y a un “nuevo” narrador: “Es hora de que olvides a tu narrador, Piñari –le dice el brujo Yamuriniti, en la segunda parte, al “dueño” de la novela (tomando, a su vez, la voz cantora en desmedro de “ese” narrador)–, déjalo en mi Pahuichi. Los demás tienen que irse contigo, estimado Piñari…” (155). Y da paso, luego, al “nuevo” narrador”, tercera voz de esta novela que, no obstante, no deja de ser “propiedad” de Piñari. (Ver: https://elduendeoruro.com/2021/04/10/manubiduyepe-el-microcosmos-sacado-de-una-cajita/)

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