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Narrando la Bolivia apocalíptica

Una lectura de Para comerte mejor, de Giovanna Rivero. Ficción que narra, interpreta y juega con posibilidades. El libro de cuentos, un clásico ya, fue recién reeditado por El Cuervo.


El mundo es gris, gélido y huele mal. La gente divaga sin rumbo tratando desesperadamente de sobrevivir y olvidar la grandeza del pasado. La degeneración, la degradación; la corrupción total, el destino anti natura –humanidad mutante– parecen irremediables.


Evo Morales es un ente inicuo e incorpóreo que sobrevive en la mente e ilusión de sus seguidores que a duras penas mantienen los despojos de su otrora invencible imperio. Un cáncer fulminante invadió a toda Bolivia. A su sistema, su biodiversidad; a sus habitantes. Los pocos supervivientes se apagan poco a poco o mutan en busca de estirar un poco sus vidas. Una primera persona directa, frontal, convincente narra la mayoría de los cuentos de Para comerte mejor [1], de Giovanna Rivero; cuentos terribles, irrefrenables, contundentes.


El futuro, mediato –o no tanto– a todas luces siniestro, es el común denominador de estos 12 relatos en los que la cruceña se aventura a imaginar, desde las libertades y posibilidades de la ficción, la Bolivia después del cambio. ¿De qué cambio?


La triste certeza del desastre, el mundo post civilización: la desolación de la humanidad que nuestros nietos heredarán en su memoria genética. Locura, incertidumbre. Muertos no muertos, miseria, parias, ratas, antropófagos… ¿la distopía a la que nos acercamos irremediablemente?


“La tristeza me pudre. La tristeza es una mierda, un pájaro muerto todavía tembloroso”, se lee en el primer cuento, “De tu misma especie”, en el que se narra el entierro de un suicida fallido y el estigma de la muerte que persigue para siempre a su novia zombie.


Kè Fènwa, es un relato delirante entre la ficción y una realidad posible. Un Haití apocalíptico, una sobreviviente entre mutantes, saqueadores, caníbales; horror, vuelta a lo primitivo al estado salvaje. ¿Cuán diferente, en realidad, al trágico Haití abandonado y depauperado de hoy? “Lloro de hambre –cuenta la mujer protagonista/narradora–. Tengo a la niña a mis pies y lloro de hambre. La humedad de las lágrimas quema los pómulos, el cuello, el camino entre los pechos. La cicatriz”. El halo narrativo y temático, el tono de este cuento se emparenta con el microcosmos de Iris de Edmundo Paz Soldán.


En “La piedra y la flauta”, una periodista investiga el caso de unos indigentes que traman una rebelión desde las cloacas de una Santa Cruz del futuro; en “Los dos nombres de Saulo”, la misma mujer (al parecer) visita a su hermano demente en un psiquiátrico; “Humo” es el único relato no ambientado en el futuro posible, sino más bien en el Montero de los 80 en el que la niña (¿hermana de Saulo?, ¿acaso un alter ego de Giovanna o de la Genoveva de su novela 98 segundos sin sombra?) lucha ya por escapar de la prisión personal-familiar-social a la que se sabe condenada; “Yucu”, está narrada por un vampiro que confiesa el crimen de un niño mientras el pueblo se apresta a lincharlo.


Y llega “Pasó como un espíritu”, acaso el texto central, el que hila y concentra el quid de todo el libro. Una visión fatalista que imagina a una Bolivia corrompida y languideciente tras el proceso de político social actual. Evo es un semidios en un imperio en ruinas, en catástrofe ecológica y totalitarismo absoluto, y algunas mujeres elegidas se entregan a él en sacrificio para intentar perpetuar la especie originaria asolada por un devastador cáncer.


“Mientras el contacto con el agua tibia me relaja –cuenta la protagonista cuando espera su encuentro con el supremo–, hojeo el librito de la Doctrina. Veo al Evo, antes de ser amauta y de ser jefe y de convertirse en este héroe cuya sangre deseo poseer, lo veo en una foto golpeado, dos flores violetas en vez de ojos, dos pulpos hinchados en vez de manos. ‘La primera muerte’ dice el pie de foto. ¿Fue ese el momento de la revelación, cuando quisieron sacarle los ojos por saber las vocales?”.


El siguiente relato, “Regreso”, es la continuación, muchos años después, que narra el retorno de la mujer que engendró un hijo con Evo, a pasar sus últimos días en su tierra asolada por una peste mortal.


“El hombre de la pierna”, “En el bosque”, “Adentro” y “Contraluna”, con el mismo tono oscuro, cierran un libro tan extraño y duro, como provocador y necesario. Y es que Giovanna Rivero está a la cabeza de un puñado de escritores: Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi, en primera línea, que están narrando, diseccionando –¿creando?–, la Santa Cruz (y por ende la Bolivia) de inicios del siglo XXI, desde sus recuerdos de infancia (la Santa Cruz aún rural y conservadora) y sus vivencias actuales (la ciudad shockeada por el cambio brutal en su tónica y ritmo), acaso de la mima manera en que Saenz y otros autores narraron-imaginaron-crearon a La Paz (y por ende a Bolivia) de mediados del siglo XX.


 

[1] Esta reseña se publicó originalmente en 2016 en el desaparecido suplemento LetraSiete.

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