Mirar, oír, palpar, imaginar

¿Cuáles son las consecuencias de su debilidad para quien cede a la fascinación?

G. Bataille


Con frecuencia silenciosa, pero no ausente. Navegando por rincones siderales, lamiendo los secretos del mundo. Fecundando los pedazos de la ausencia. Metiéndose en los ojos y en la piel. Diciendo desde un lenguaje tangencial al olvido. Calzándose las fulguraciones de un espejo. Dándole oxígeno al mundo. Infidente de lo sagrado. Pulsando las cuerdas del corazón. Traficando las visiones de la muerte. Limpiando la lengua soberbia de los dioses. Multiplicando los ángulos del cuadrado. Púrpura o reticular. Erguida o caída –qué más da– la insobornable poesía.

Y de pronto, un reflejo oracular te devuelve al mundo. Los pies sobre la tierra, el incierto destino de las calles, el cuerpo entre el gentío. La cabeza colmada de citas y citas de las citas, papeles de por medio. El mundo en su más elemental versión más las simulaciones de la urgencia. El celular, un corazón que late en cuerpo ajeno. Calles y edificios y yo en medio. Yo ausente de mí, y yo en medio.

Cabecean las dudas en el escritorio, entre el calendario y bajo la sombra de unos fluorescentes que pulsan una luz lechosa. Informes y contarinformes, la retórica del laberinto. La máquina y el ritmo titubeante del pensamiento sobre unas teclas ausentes desde una pantalla cómplice, acaso desde textos que hunden su veleidad en la funeraria del infolio.

Acaso un diario poético. La reproducción no de los acontecimientos cotidianos, sino su sentido más recóndito, de aquel resplandor que debiera acompañarles y que la opacidad de cada día esconde. ¿Palabras de la lejanía?, de la perplejidad, ¿de lo que la vida no es y quisiera ser? Pasos por el perímetro. Sustracción de la sumatoria. Redes lanzadas a un horizonte trunco, donde escribir no sea otra cosa que llenar los pobres agujeros de la existencia, o el hiato que se abre soberano entre las horas.

En el fondo todo es un tránsito. Abrir las puertas y cerrarlas. Las puertas de la imaginación, las rutas de la transgresión, el chasqueo de dedos: el poema. Y así caminamos hacia lo inconocido. La búsqueda de la certeza trepándose a lo más alto del cuerpo. “La buena salud de todos depende de la enfermedad de algunos”, escribía Artaud. Y, qué difícil es llegar a la sinceridad, a la evidencia, cuando apenas se dispone de metáforas, al choque de astros en las manos, al ritornello de la resurrección, al matrimonio del cielo y el infierno.


Al anochecer, al retorno, otra vez la biblioteca. Recomponer la sintaxis de las obras, la danza equinoccial de los autores. Aquellos que trabajan la cordura y la locura, indistintamente. La baba sobre el Heráclito que celebra y combate a la vez –toda celebración es agonal– el terrible poder del lenguaje para engañar, para degradar, para burlarse, para sumergir un merecido renombre, en la oscuridad del olvido. Acaso, la fascinación y el traspatio de la poesía que danza sobre zancos, entre charcos de la sombra. Y la luz, fugitiva, gramática secreta de la sombra.

Es cierto, en torno a la vela zumban las miradas, el brillo de los ojos chispotea. Habitar el animal que huele su muerte, la onerosa faena de cerrar los ojos, de abandonar el cuerpo a la avidez del pico y la garra de teologías de la carroña. Sin embargo, toda degradación ilumina, e invita a sacar del fondo del alma naves renovadas obligadas a pulsar su timón de niebla, en hondos viajes de pensamientos que nos piensan, de cabezas que desovan filosofías fragilísimas, capaces de atravesar de puntillas las cribas místicas del no, el jadeo clarificante del deseo.

Y, como si nada, uno se levanta, se pone los pantalones, la vieja camisa. Gesticula frente al espejo, ensaya la máscara inteligente, guarda tímidos abismos en la mochila. Enciende el aparato, y el fluido King Crimson arruga la luz que se cuela por las cortinas. Opalescente y venial, resucitado y frugal, alisto el paso. Por mi cuerpo asoma un santuario llameante, un meteoro inminente a punto de atravesar la calle. Sin embargo, lo más importante, sobrevivo contra inauditas procesiones, contra el roído resplandor de la jeta pública. Solo, a solas, escarmenando la luz que regurgita un arco iris.

El mediodía no existe, apenas la fauna humana bebiendo extravíos entre inflamadas hablas. Dibujos y diptongos se agolpan entre los árboles y las calzadas. El dibujo de la muerte intermitente escala hacia las faenas del quicio, hacia las emanaciones de un aura sagrada. La verdad es una aventura oscura, pabellón que la saliva no sacia de alimentar entre los grumos del cerebro. Hociqueo sobre el tiempo en la conspiración de la humareda. El coro de la noche para nacer y mirar las asfixias de la piedra, las memorias quebradas y fosilizadas del museo. Espejos que los ciegos oyen, crisálidas que iluminan los antecedentes de la muerte.

Toda hora es hora de la redención, la encarnación en los dioses crocantes tallados desde el deseo. Así, el poema encalla en la razón y se yergue, y continúa zumbando a pesar de la razón, con sus manos toscas, con el esperma disparado a diestra y siniestra, con el gordo trazo de un lápiz que se abre paso entre el parpadeo del silencio.

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