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La cuadratura de los dioses en el altiplano orureño

Uno de los editores de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia reseña El regreso de los antepasados. Los indios urus de Bolivia. Del siglo XX al XVI. Ensayo de historia regresiva, de Nathan Wachtel, una de las más recientes publicaciones de la colección estatal.


Esta es una ambiciosa investigación, desarrollada en Chipaya durante la década de 1970, que articula cuatro ámbitos: la investigación de archivos coloniales, el trabajo de campo a partir del método denominado “historia regresiva”, una genealogía de las divinidades andinas y la crónica etnográfica.


Natham Wachtel es renombrado por haber dictado la cátedra de Historia y antropología en el Collège de Francia (antes impartida por Claude Lévi-Strauss), pero su papel como artífice de la reunión de dos grupos urus (chipayas y moratos) en los alrededores del lago Poopó en 1976 es menos conocido. Gracias a su intervención, los descendientes de dos grupos, sin contacto durante generaciones, pudieron reunirse para escuchar la lengua de sus ancestros, reivindicando sus lazos con un pasado común, casi mítico.


El regreso de los antepasados… analiza, remontándose hasta el siglo XVI, las relaciones productivas, demográficas, sociales y religiosas desarrolladas en el eje acuático del altiplano que definieron la identidad uru respecto de las circundantes, permitiendo –a través de complejas prácticas materiales y rituales– su supervivencia en un medio difícil. Cabe preguntarse: ¿el desarrollo de un sistema de representación tan complejo será indispensable para la supervivencia de un grupo que enfrenta un medio adverso y la discriminación?


La cuadratura de los dioses

La vida en Chipaya, dependiente de periódicas inundaciones y desecaciones artificiales, es regida por un sistema que ordena las actividades productivas, religiosas y funerarias. Se proyecta hacia el cielo y hacia lo subterráneo formando “la cuadratura de los dioses”: un rombo que localiza arriba a las entidades benefactoras (lo solar, los santos), abajo a las perjudiciales (los awcalla, habitantes de las profundidades acuáticas, y los jalsuri, temibles remolinos), y sobre la superficie, a la izquierda, a las femeninas (las vírgenes, la Madre Tierra) y, a la derecha, a las masculinas (los mallkus y las piedras sagradas samiri). Las entidades foráneas (vírgenes, santos y silos, palabra derivada de “cielos”) pasan a formar parte de los contenidos de un sistema de representaciones previo.


Wachtel identifica los rastros de raíz más antigua, determinando qué elementos pueden atribuirse a los incas o a grupos aymaras, y cuáles a un pasado más remoto. El rastreo genealógico le permite plantear superposiciones debidas al ardid de los misioneros: erigían iglesias sobre lugares sagrados y superponían santos y vírgenes a entidades del panteón andino.


Cosmogonía y discriminación

Los urus son denominados “chullpa puchus” por los aymaras: según los relatos míticos, los chullpas conformaban la primera humanidad que, tras defraudar a su creador Tunupa, fue abrasada cuando este ordenó la salida del sol. Todos perecieron, excepto los urus. Después, algunas parejas primordiales repoblaron la tierra retornando por las huacas: montañas, lagos o fuentes luego considerados sagrados.

Este caso ilustra cómo una cosmovisión que determina narrativamente las diferencias entre grupos origina también los mecanismos de segregación que luego se aplicarán contra el grupo al que se atribuyan características negativas (“salvajes”, “de corto entendimiento”, etc.); si bien cabe precisar que, por esa misma caracterización maléfica, los aymaras reconocían a los urus –relacionados con las entidades acuáticas y subterráneas– como poderosos curanderos.


Epílogo y crónica

Wachtel volvió a Chipaya en 1982 y notó que el mundo simbólico que había retratado comenzaba a desmoronarse: el pueblo experimentaba la llegada de las iglesias evangelistas, y las antiguas costumbres, vestimentas y rituales cedían ante la “modernidad”.


Las dos visiones de mundo, la evangelista y la tradicional, ya se habían enfrentado, encarnadas en dos líderes: Santiago y Vicente. La conmovedora crónica de ambas historias esclarece cómo las contingencias vivenciales determinan la imposición de una visión sobre otra; si bien las últimas líneas del libro explican por qué Santiago practica, subrepticiamente, el ritual “pagano” de Todos Santos: “Entiendes, las almas no saben que ya no practicamos las costumbres: si al volver no vieran nada, se sentirían desesperadas. Hice esto por ellas, para honrarlas, para que nuestros antepasados sean felices”. Al parecer, la antigua lógica uru –que ordena el mundo de vivos, muertos y deidades– todavía goza de buena salud.

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