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Esto no es una elegía

Un texto sentido para despedir al periodista cultural y escritor Germán Araúz Crespo, quien nos dejó hace unos días.


 

Ayer no me salían las palabras. He querido mucho a Don Germán. Generoso hombre de arte. Amigo de artistas, culto lector, gustoso melómano, consistente prosista. Con los años, el dolor de otros se hace también el de uno, ¿no les pasa? Así que acompañé, atolondrado, triste y a una fatal distancia a su hija, mi gran amiga Marce Araúz.

 

Puedo decir con alegría que soy amigo de la familia Araúz. En un cumpleaños de la Marce, después de una gloriosa picana de doña Anita (sí, en esa casa se comía picana varias veces al año. Ya estoy escribiendo como la Marce), guitarreamos y pude charlar y conocer más a don Germán. Ahí supe quién era Paco Ibañez y que don Germán había pasado los talleres de Jorge Suárez en Santa Cruz y que era buen amigo de Lorgio Vaca y otros notorios de la cultura nacional.

 

Esa misma noche me fue revelado que el nombre de superhéroe de don Germán era Machi Mirón. ¡Puta! En los 90’ yo esperaba Presencia todos los domingos (llegaba tipo 11am) en la Plaza de Oruro nada más que para leer Presencia Literaria y Quinta Pared (bueno, y Trucutú). En Quinta Pared, las notas de Machi iluminaron mi aprendizaje del arte, de la música, de la escritura fluida. Y aprendí que se puede escribir con elegancia e ironía, que el periodismo puede ser parodia de la pompa y la solemnidad. Él ya se burlaba de Arjona cuando no era mainstream. Y criticaba a los neofolkloristas que se ufanaban de que “además” de músicos, eran profesionales. Bonito les ha puteado por esa falta de oficio y coraje. Y eso me ha hecho pensar en dedicarme en serio, en seeeeerio, al arte, porque como dice Dolina: “no se puede ser artista en los ratos libres”. Desde aquellos años quise tener mi propia revista cultural. Y miren, ahora tengo La Trini que iniciamos hace ya 4 años, ¿con quién? Pues con el yerno, de facto, de Don Machi.

 

Precisamente hace unos años con mi gran amigo y paisano Martín Zelaya editamos un libro de cuentos reunidos de Germán Araúz, Nadie supo finalmente, que publicó 3600. Durante meses fuimos a hemerotecas y toda la cosa para recopilar sus escritos dispersos. Un trabajo que entrañaba cariño, admiración y respeto por el hombre y la obra. Por eso cada vez que algún artista declara que algo se hizo con amor me da rabia porque, ¿con qué más se hace pues el arte, a ver? (Inventen otras frases hechas, chicxs). Y en Don Machi, el amor, cabalmente, desbordaba su persona, sus risas sinceras y sonoras, sus oportunos chistes, sus anécdotas jugosas, su afecto manifiesto.

 

Dentro de todo, es lindo saber cuán querido y respetado es. Cuán grande es la huella que deja en su oficio y nos enseña que el tesoro son los afectos. Querer y hacerse querer (sin mamar) es gran parte de lo que Cesare Pavese llama el oficio de vivir. Sencillo y digno, mordaz y sensible, Germán Araúz es alguien de quien podemos seguir aprendiendo. Todos saben, finalmente, su valor y trascendencia.

 

Esto no es una elegía, es una celebración (Chat GPT, moríte). Estaba por escribir en prosa algo que, me he dado cuenta a tiempo, ya había escrito antes en poesía, que es el lenguaje de los pájaros del corazón:

 

Estrellas

 

Nada de esto es bueno

ni bello

ni justo

y sin embargo no puede ser nombrado

más que con la palabra vida

y la palabra gracias

disparadas de los labios

como un par de estrellas locas.

 

(poema extraído de Espasmo, 2018)

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