El corazón de las canciones

Actualizado: 15 abr

De tanto cantarnos ya son nuestros. Una guitarra inmensa y expresiva, virtuosa y cosmopolita (¿cosmocollita?) a la vez que profunda y telúrica. Una voz intensa, ineludible, convocante y emotiva. Un discurso libre, populachero y docto. Un repertorio tallado en los años y en la madera. El junte de Manuel Monroy Chazarreta y David Portillo, no es solo la reconfirmación de votos de amistad y de compromiso artístico, sino un acontecimiento musical digno de verse, escucharse y celebrarse, como manda el corazón.



Concierto Como manda el Corazón. Jueves 17 de marzo, Teatro Nuna, La Paz.


El esperado retorno a escenario y el sorpresivo mano a mano de dos grandes exponentes de la canción boliviana es uno de los sucesos musicales del año. Y el show da la talla desde un principio: “Sacudite”, “Maribel”, y despúes, “Mamita Cantila”, “Hasta ahorita” y “Metafísica Popular”, por el lado del Papirri, solvente en guitarra, canto y carisma; y “Yawar Wakan” (la historia del Inca “llorasangre”), “Vale un Potosí”, “Alkhamari” y “El bordador de ilusiones”, por parte de Portillo, que está cantando como nunca, o como siempre.

Estamos ante un repertorio incontrastable. Canciones que ya son parte del ADN de nuestra música. La profunda raigambre andina que nutre la música de David Portillo se agiganta con el poderoso aliento de los vientistas Fernando Jiménez, un histórico que regresa a escenarios después de varios años, y el más joven, Kicho Jiménez, padre e hijo en un juego envolvente de texturas; y el charango aéreo, cristalino de Omar Callisaya, con especial intención en los estrenos “Alma dual” y “Kamaquen”. El mismo ensamble, que completan el cantautor Mauricio Segalez, sobrio y preciso en el bajo y guitarra, y Vico Guzmán, y su histórico pulso en batería y percusión, también arropa las canciones urbanas del Manuel, que exuda su característico humor pero que también reivindica su fase reflexiva y nostálgica y se permite dejarse llevar por la emoción, sacar un charango para “Llockallita”, y rasguear una guitarra eléctrica para la sentida “Zamba para Anita”.

El concierto se siente como una exhalación de alivio, como un “salud” sonoro, risotadas compartidas, un performance orgánico y espontáneo (que solo se puede lograr con años de práctica), y una amistad que se palpa en el escenario hasta hacer de él un espacio familiar y cómplice. Mucha emoción, un aluvión de sensaciones que llevan de la risa al llanto, y renuevan ese pacto de hermandad musical y el encuentro, tan necesario, con su agradecido público.

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