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El arte contemporáneo y el beneficio de la duda


Hace tiempo que tengo dificultad por comprender a mayor profundidad el denominado “arte contemporáneo”, siendo que soy artista y tengo el privilegio de vivir entre Italia y Bolivia, por lo que de vez en cuando puedo acceder a la oferta de obras y autores de gran prestigio internacional y nacional. Obviamente, es muy tentador también aprovechar mis estadías en Europa con viajes a ciudades capitales como París, Madrid o Roma cuyos sus museos de arte van desde lo clásico hasta lo contemporáneo. Me faltan muchos, claro, pues Europa se precia de tener museos magníficos con obras icónicas del arte de siglos pasados, así como de estos tiempos.


En París, luego de caminar por varios lugares, me fui al Museo Pompidou antes de retornar a Italia, porque caí en cuenta (por casualidad no pensada) que el primer domingo de mes los museos de arte son gratis (todos los museos del Estado). Ya había estado una vez antes y me faltó concluir la parte de arte contemporáneo último (siglos XX-XXI), que es todo un piso enorme. En el último piso están las salas de arte moderno / contemporáneo con los clásicos del siglo pasado como Picasso, Bracque, Legger, Mondrian, Miró, Giaccometti, Matisse… y muchísimos otros. Son los que asumieron la ruptura de lleno con el arte clásico y fueron el preámbulo del denominado arte contemporáneo desde que a Duchamp (está su obra también) se le ocurrió exponer un urinario; momento axial del arte del que podría decirse, parafraseando a Octavio Paz, que escribió al referirse a la poesía-cultura: “¿dónde comenzó el envenenamiento, en la palabra o en la cosa?”; yo diría: “¿dónde comenzó el envenenamiento, en la palabra o en Duchamp?”. Porque en las salas ya más “contemporáneas” hay obras muy interesantes, pero también hay muchas otras difíciles de digerir como, por ejemplo, una instalación que reproduce la basura en un rincón del metro de París o una cabina de inodoro que se usa en alguna población de África.


Ese es el panorama. Por eso, todo indica que es cierto el enfoque de que el debate sobre el arte ha explosionado. El debate sobre qué es bello y qué no lo es, qué o quién define la belleza o el genio; cómo se define el “virtuosismo” de un autor o una obra, para no hablar de la estética y la función del arte (su rebelión o domesticación) en la cultura y en la sociedad.


No hay límite, hoy en día, entre una obra (de arte) y un objeto sacado de un basurero que podría terminar avalado en miles de dólares. ¿Cómo interpretar o analizar todo esto? Un galerista en Alemania decía que la diferencia entre un objeto cualquiera y una obra de arte depende de dónde este se encuentre: una navaja en la calle es un arma, pero esa misma navaja en su galería es una obra de arte. Podría ser que tenga razón.


En una muestra en Miami, Mauricio Cattelan –artista italiano muy famoso por una obra que siempre suscita polémica– pegó con scotch tres plátanos en la pared. La propuesta se vendió en miles de dólares. Sobre todo en los grandes centros urbanos del mundo, ya no hay límite entre los criterios de quién es realmente un gran artista o un buen emprendedor de arte contemporáneo; porque el mercado del arte se parece cada vez más al mercado del fútbol: curadores y galeristas deciden lanzar a alguno de sus artistas descubiertos (“nuevos fichajes”) para que su obra se cotice a la alza. El mismo Cattelan, junto a Jeff Koons o Damien Hirst, como muchos otros, son un buen ejemplo con sus obras (parte de las cuales mandan a hacer a otros artistas o artesanos) que se venden por varios millones.


Fue en los años 50 cuando se desarrolló a mayor escala lo que Duchamp ya había avizorado. Posteriormente, tanto en EEUU como en Europa, se dio una nueva ruptura con las “instalaciones” y “performances”. En los 60, el turno fue Warhol con el arte pop y su reproducción de fotografías en formatos con colores primarios (Marilyn Monroe es un ícono); el mismo Warhol ya consolidado, convirtió en un artista fuera de serie a un muchacho autodidacta: Basquiat, cuyas obras naif se vendieron en cientos de miles de dólares. Y así, la tendencia se impuso hasta el infinito y más allá.


Evidentemente, el arte contemporáneo se ha distanciado cada vez más claramente del arte moderno iniciado por los impresionistas, porque carece de fronteras estéticas y expresivas, además de ser altamente contradictorio. Muchos reniegan del mismo y reivindican el arte clásico y el figurativo, incluso el moderno, que se enseña aún con perseverancia en muchas universidades y escuelas de arte. Un amigo, artista abstracto, me decía que en el arte de hoy en día se aplica el “todo vale”. Esta afirmación, de alguna manera, se acerca a una definición precisan de arte contemporáneo. Hay muchos estudiosos importantes que nos aproximan a comprenderlo mejor desde la sociología, la antropología y los procesos socioculturales que vivimos. Y es que las artes, en general siempre han roto fronteras: un claro ejemplo son las instalaciones y los performances, en los que se puede encontrar un mix de representación teatral, pintura, danza, música, proyección audiovisual y escultura.


El urinario de Duchamp fue el inicio de una carrera sin brida de las artes, desde una Europa que salía de la Primera Guerra Mundial y se embarcaba en un intenso periodo de profundos procesos políticos y económicos a nivel mundial, con la revolución tecnológica, el crecimiento de las ciudades, el desarrollo de la ciencia y la posterior globalización. Desde el arte, paralelamente, se abrieron una y mil puertas y la mejor representación se da en las artes visuales (cubismo, abstracto, expresionismo, arte pop…). Sin embargo, al contrario de la tendencia que prevalecía hasta entonces, no fue necesariamente la ruta europea la dominante. Persistió en Asia, como en otros continentes, el arte vinculado a la memoria de la tradición, de la religión y la cultura, con obras magníficas que son la proyección y reproducción de miles de años de arte clásico.


Aun así, es innegable que Europa y EEUU han influido notablemente en las estéticas y no-estéticas del mundo contemporáneo y en la libertad de expresión, más allá del valor artístico/monetario que se le otorgue. Hay magníficos artistas chinos, coreanos, africanos, sudamericanos que tienen propuestas de arte contemporáneo que rompen con cualquier molde o corsé. Como los hay, también, quienes con su talento en formatos más clásicos e hiperrealistas hacen maravillas. Tampoco es posible negar que el arte contemporáneo cuestiona todo tipo de fundamentalismos, sean religiosos, nacionalistas o localistas, lo cual es un valor muy potente, más allá de su valoración estética como tal.


Pienso, luego de darle vueltas al asunto, que el mayor valor que se le puede atribuir al arte contemporáneo es el de la libertad de expresión, que también se traduce en la necesidad de persistir y proteger los valores de sociedades menos sometidas a sistemas políticos autoritarios. Esto podría tener sus límites, indudablemente, pero mientras más cerca esté de este valor vital para sociedades saludables, el arte, cualquiera que fuera el campo de expresión, cumplirá el rol fundamental de decir cuán libres somos o no somos. Es mucho mejor vivir en la duda de la ambigüedad y las contradicciones de un arte contemporáneo de puertas abiertas, que en la certidumbre de uno sometido y sumiso a cualquier tipo de poder. El arte contemporáneo, definitivamente, merece el beneficio de la duda.


En un próximo texto la reflexión se centrará en el planteamiento del arte contemporáneo como paradigma y en sus características principales, a partir de propuestas que vienen especialmente de la sociología.


Vicenza, Italia, mayo de 2023

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