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Cuando todas las rotondas estén tomadas

Una lectura de Las desapariciones de Mónica Heinrich, libro de cuentos con el que la editorial Heterodoxia de Santa Cruz inaugura su colección de ficción.


¿Qué mundo se imagina Mónica Heinrich? ¿Qué Santa Cruz tiene en mente? La escena apocalíptica y sobrenatural que marca tendencia en la literatura latinoamericana actual seduce también a esta autora que, no obstante, prioriza como eje tangencial de Las desapariciones (Heterodoxia, 20223), su primer libro de cuentos, la idiosincrasia cruceña a la que desmenuza sin piedad.


Un clasemediero se va a trabajar de peón para curar un desamor y castigar sus borracheras; lejos de la redención, se encuentra con el lado más salvaje e inesperado de la vida del campo y sus criaturas. El abuelo rico les regala a sus descendientes un “bárbaro” para que les sirva en todo; el padre le dice al hijo: “cuando seás grande será para vos. Es tu herencia” (51). Un apocalipsis zombi llega al barrio y la narradora-protagonista se esfuerza por seguir el protocolo de escape largamente planificado, sin tiempo para llorar el contagio-muerte de sus seres queridos.


El énfasis, claramente, está en las élites. En las “familias tradicionales”, como les encanta autoproclamarse: las que tienen haciendas y lucran de grandes extensiones de tierra, las que gastan fortunas en construir y decorar sus casas, o en reconstruirse y decorarse con cirugías plásticas. Las que tienen servidumbre a la que conciben como un bien patrimonial.


Mañana mismo te voy a mandar un par de bárbaros para que no pasés fatigas, solía decirles a sus cercanos si tenían problemas en sus chacos. El abuelo siempre le recomendaba a Gustavito que tenía que ser agradecido. No seás nunca como estos bárbaros. Uno les da pan, agua, techo, y cuando acordás te quieren dejar el trabajo y la estancia tirada. (59)


En este tipo de personas se centra la mirada en muchos de los cuentos. En las que –y esta es una metáfora que dice bastante– ni en el momento final ante la invasión de criaturas antropófagas dejan de pensar en sus tesoros materiales que los distinguen del resto.


El niño ya dejó de desconectar cámaras y ahora solo se escucha el ruido del tránsito que hacen por mi casa mientras tumban, rompen o empujan cosas. Ay no. El pasillo que sale de mi cuarto, el que está decorado con espejos y hermosa cristalería, por favor no. Tengo una lámpara Floss Taccia que compré en Alemania que no puede, que no debe ser destruida. (92)


Pero Heinrich también se ocupa de cierto sector de las clases medias que sigue embobado el guion que postula un cruceñismo, un “modelo de éxito” cuyos líderes jamás se dignarán a incluirlos. Los pobres clasemedieros que admiran al líder cívico de turno, o aspiran a entrar al círculo de la pareja de moda en las páginas sociales de El Deber; que sueñan con ser parte de las logias y fraternidades, sin darse cuenta que están excluidos y vedados de nacimiento.


Me hice lifting de pestañas antes de quedar preñada y no pude retocarlas para no perjudicar a mi bebé (...).

Tenemos una reserva en el mejor restaurante de la ciudad, porque si se celebra algo tiene que ser bien celebrado (…).

Me compré un vestido verde esmeralda que realza mi panzota (…). (33)


Busca también Heinrich, una visualización de la Santa Cruz nunca tomada en cuenta: la de los indígenas, su idioma y tradiciones –pero no alcanza solo con la manifiesta intención, en todo caso contraproducente–. Y, con mayor énfasis y éxito, una visualización del habla popular que acaso sea el mayor igualador: el pueh no distingue a ricos de pobres, a quienes apenas tienen para comer, de quienes comen en los restaurantes más caros.


Y acaso traza Heinrich, desde Las desapariciones un pronóstico de terrible claridad: otro factor unificador –para mal, por manipulación– que se acaba de ver a modo de prueba piloto: la movilización para mantener la inmovilidad y el privilegio.


Con que las rotondas se abrieran a su paso estaba más que satisfecha. Además, llevaba meses intentando llegar a la casa de Elsa, pero siempre pasaba algo o alguien y no conseguía traspasar los quichicientos puntos de control que las separaban. (152)


Su nombre era el número 52 de una lista de 100 personas. 100 personas marcadas. Traidoras de esta noble ciudad, según el señor encapuchado que leyó un bollo de papeles engrampados en un acto público transmitido por todos los canales. (155)


En cuanto al signo de terror y la atmósfera de catástrofe –el otro punto enfático–, Las desapariciones sale a flote con cierta solvencia en un territorio complejo: la verosimilitud de la ficción. Lo irreal y sobrenatural no generan choque o sorpresa, se asumen como parte de la normalidad, del ambiente que diseña la autora. No es un logro menor que el lector acepte con naturalidad que hay huecos sin fondo que de la nada se abren en la cocina y tragan a la mamá; o que los cujuchis se organicen de manera casi sindical para vengarse de sus cazadores en los interminables campos de cultivos.


Heinrich tiene muchas cosas que decir. Es una narradora de no ficción –sobre todo en la crítica de cine– con experiencia, que aún busca su tono e impronta en la ficción. Tiene las herramientas y el bagaje.



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