Cómo duele ser pueblo: cine, archivos y presente

Acaba de estrenarse la película Cómo duele ser pueblo de Hugo Roncal. Este hallazgo cinematográfico, un rescate tras casi 40 años, permite pensar en una serie de elementos atingentes al cine y al campo cultural bolivianos.


Desde varias coordenadas, en lo que va del siglo, se ha planteado un giro archivístico; es decir, el reconocimiento del archivo, ese conglomerado de objetos, materiales o no, reunidos, ataucados, confundidos; cachivaches o tesoros; espacios contenedores de la anamnesis, el recuerdo y la tradición.


En ese escenario habita la esperanza de encontrar claves para comprender el presente, que permitan abrir la historia presuntamente cerrada o clausurada, tanto a nivel individual como colectivo. El uso del archivo familiar o personal lo vemos en varias obras visuales. La fotografía está plagada de estas relaciones, así como el cine, y en el cine boliviano un caso ejemplar es Algo quema (Mauricio Ovando, 2018) filme en el que el director logra poner en diálogo el archivo cinematográfico de su familia con el archivo oficial de Bolivia, para construir una imagen desde el presente de su familia; la de él y la de quien fuera su abuelo, el general Alfredo Ovando Candia.


Otra manera de emplear el archivo, con otros fines, fue la enorme empresa ejecutada por Carlos Mesa, quien reescribe o –mejor dicho– “monta” la historia de Bolivia en 24 DVD (2009). En este caso, el archivo de imágenes, provenientes de diversas fuentes y acerbos tiene un fin estrictamente contextual e instrumental a la voz y figura (de Mesa) que narran episodios de la historia de todos nosotrxs, lxs bolivianos.


Ambas piezas, con sus distancias sensibles y diferentes pretensiones, tanto estéticas como políticas, interrogan al archivo como fuente de verdad y validez y, a su vez, a las mismas imágenes en su pretendida posesión de albergar atisbos de verdad; por tanto, un lugar donde reside lo real. En el caso de Ovando, las imágenes queman; son materiales familiares que dialogan con lo oficial, interrogan el significado de las imágenes, de lo que estamos viendo. Las imágenes son cenizas del fuego de la realidad. Mientras que en el segundo caso debido al uso, reutilización, descontextualización de las imágenes en distintas ocasiones a lo largo de los 24 DVD, estas se subordinan al significado que la voz del director/historiador Mesa le asignan, disolviendo la potencia de las imágenes en beneficio de su versión de la historia de Bolivia.


Otra apropiación –ya no del archivo familiar, como en el caso de Ovando, ni del institucional como hace Mesa– de imágenes, en este caso, provenientes del patrimonio cinematográfico boliviano custodiado por la Cinemateca Boliviana, se halla en Volivia (2014) de Sergio Pinedo, quien interviene sobre archivos de materiales de televisión y cine bolivianos, con las técnicas de glitch y datamosh. Siguiendo esta veta creativa contamos con trabajos de Sergio Bastani, Carlos del Águila, Camila Perales, Gilmar Gonzales, Esperanza Eyzaguirre, Esteban Prudencio, Miguel Barrera, Solandre Vásquez entre otros cineastas/artistas visuales que en la última década se vienen apropiando y desacralizando imágenes del archivo audiovisual boliviano.


Cómo duele ser pueblo (Hugo Roncal, 1981-83), película que bien puede ser considerada un hallazgo, confirma la necesidad de revisar y revisitar la noción misma de archivo y de historia del cine boliviano como la concibieron y escribieron Mesa, Gumucio o Mariaca. Estas visiones son lineales, autorales, masculinas e internacionalistas; desatienden una de las coordenadas fundamentales que la película de Roncal introduce, en el albor de la era democrática en Bolivia: el pueblo (y su dolor), temas esquivos para estos historiadores y ensayistas que desconocen la potencia significante del pueblo en imágenes, extravagante quizás para proyectos que reivindican el Estado nación mestizo hasta nuestros días. El pueblo como una latencia, herida e incluso síntoma aparece en distintas piezas del cine y video boliviano en las últimas décadas, y más aún en estas revisiones y apropiaciones del archivo boliviano por parte de lxs nuevxs cineastas que los historiadores omiten, como hicieron y hacen con el pueblo. El historiador, en la acción de nombrar, muestra, visibiliza; confecciona un archivo; determina qué pertenece al orden de lo visible e incluso de lo decible y qué no. Estos historiadores a los que hacemos referencia, otorgan valor a los restos, a las imágenes, asignándoles significados.


Cómo duele ser pueblo, nos trae imágenes del pasado, de una época en la que se miraba hacia las minas y cuando la ficción pretendía comprender, denunciar y entretener. Son imágenes producidas en la naciente democracia. El espectador actual, emancipado, seguro sabrá asignarle sentido a esta película, aparecida, recuperada; un genuino hallazgo. Y los cineastas e historiadores, como ocurriera con Wara wara (J. M. Velasco Maidana, 1930-2010) tendrán que recurrir a la imaginación para disputar sus coordenadas y su potencia en el archivo audiovisual y cinematográfico boliviano.


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