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Benemérito de la Utopía

Ha partido uno de los referentes del arte y de la cultura bolivianos. En sus facetas de pintor, grabador, poeta, narrador, docente y antropólogo, Edgar Arandia aportó al país un arte agudo y profundo, sin concesiones, que supo dialogar con la cultura popular; así como una visión crítica de la identidad nacional. Lo recordamos con un cuento pleno del humor que lo caracterizó.


El jugador y la dama

 

Gomerdi sintió que la nauseas de su trasnoche alcohólica le acogotaban y, trastabillando, expulsó un líquido viscoso sobre el cuerpo del arquero. El balón penetró en el arco lentamente y los pocos ebrios que estaban en la tribuna de la cancha del barrio, parecieron resucitar al unísono gritando ¡GOOOLLL!  Algunos perdieron el equilibrio y cayeron sobre los que estaban debajo. Los jugadores de azul fueron en tropel a reclamarle al árbitro por el gol, y los jugadores de amarillo se miraban entre ellos sorprendidos y empezaron a saltar de alegría al ver que el señor de negro, señalaba al centro de la cancha y los hombres de azul -suplicantes- corrían tras él.

 

Mientras tanto el arquero se limpiaba la cabeza y su casaca maldiciendo a Gomerdi, a quien comenzó a perseguir por toda la cancha. Este se refugió entre sus adictos que le propinaron una tunda al perseguidor. En la cancha los azules le propinaban otra tunda al árbitro y los amarillos salían en su defensa, produciéndose una trifulca de Dios Padre. Eran las cuatro de la tarde y algunas vendedoras llevaban sus manos a la boca exclamando: “¡Llamen a los carabineros, llamen a los bomberos!”.

 

Una dama, seguramente la esposa de algún jugador azul, se quitó el zapato con tacón-puñal y agredía a cuantos amarillos podía. De algún lado apareció un perro y otro y otro que participaron mordiendo piernas a diestra y siniestra. Alguien -nunca se supo quién- sacó un revólver y disparó al aire y una paloma cayó sobre la cabeza de la mujer y todos pensamos que había sido herida, por la sangre que le chorreaba por la nariz; todos quedamos quietos y socorrimos a la mujer que luego de unos minutos volvió con más furia a golpearnos, ya no con un zapato taco-puñal, sino con los dos y corría descalza, clavando su zapatos en las cabezas que encontraba. Finalmente, cayó  de rodillas, en el centro de la cancha, agotada y llorosa, levantando las manos  hacia el cielo exclamo.- ¡ Dios mío, líbrame de estos hijos de puta!

 

(1975)


 

Este cuento integra Domingos por la tarde. Cuentos bolivianos de fútbol. Ricardo Bajo, (El Cuervo, 2014)

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