Aprendiendo a convivir con la tragedia

Editorial El Cuervo presentó hace un par de semanas, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Doble vida, una brevísima y atrapante nouvelle de Ariel Magnus. Van algunas claves de lectura.

La historia de una pareja, un par de sucesos, algunas mentiras y descubrimientos. De eso va. Más no se puede decir. No se debe. Son apenas 93 páginas y no tendría sentido entrar en detalles que espoileen. Además, el chiste es ese, ir entrando de apoco a una dimensión –la narrativa hábilmente diseñada por Ariel Magnus– en la que más que nunca se cumple eso del equilibrio, contrapeso o la mentada ley del talión.


Doble vida (El Cuervo, 2022), no es una novela policial propiamente dicha, pero tiene muchos de esos toques maestros de las mejores obras de ese género: el lector es el que investiga, o mejor, en este caso, el que va armando el rompecabezas pedazo a pedazo…


Léanla un sábado a media tarde. Después de comer y antes de salir a bolichear o al cine. Pero con la certeza de que se tiene hora y media a dos libres y sin sobresaltos. O menos, si se lee a buen ritmo. Domingos, no. La angustia que agarra los domingos apenas acabado el almuerzo, no es propicia para este tipo de experiencias. Un domingo, mejor seguir con el libro de largo aliento que todos tenemos a mano, a la espera de avanzar.


Y es que se trata de un engranaje de alta precisión: ninguna palabra de más o fuera de lugar, así como ninguna anécdota, pasaje o conversación. Un trabajo tan breve y puntual que, aunque dé lugar a previsibles desenlaces, no te permite desprenderte ni un minuto.


El autor advierte, una vez cerrado el primer tercio y cuando los escenarios están establecidos y el destino jugado:

Toda tragedia es previa a su estallido. Eso es de hecho lo que la hace trágica. No haberla visto venir resulta por eso una bendición, ya que la única manera de luchar contra lo inevitable es demorarlo. Si tiene que suceder, al menos que sea lo más tarde posible. La vida misma es una tragedia que termina inexorablemente en la muerte y hay que ser muy insensato –o demasiado clarividente– para querer que eso ocurra más temprano que tarde. (31)


Se trata, como dijimos, de un asunto de pareja –ella y él– canalizado por el narrador. Van, entonces, algunas piezas sueltas.


Sobre ella:

“A su fantasiosa manera, también ella había llevado una doble vida, y hasta varias. La diferencia ahora era que su vida concreta se había revelado como falsa, sin que por eso las falsas se revelaran como concretas. Había llevado una doble vida en la que ambas eran imaginadas”. (32)

“Fueron días de pensar, en términos más generales, que en el fondo no había mejor orden que el caos de un mundo que no terminamos de entender cómo es que sigue funcionando”. (71)

“Era un mundo imaginario que por funcionar a la perfección necesariamente sucumbía cada dos minutos bajo todo lo malo que podía suceder en el mundo real y por alguna razón inexplicable no sucedía”. (73)


Narrador, al inicio del tercer tercio:

Si la tragedia fuera aquello que vemos venir y no podemos hacer nada por detener, ni siquiera distraernos más o menos deliberadamente de su evidencia y hasta inminencia, entonces lo más probable es que aún estuviera por ser inventada, o que sucedería con tanta frecuencia que ni nombre tendría. Pero la tragedia tiene nombre y es real, una y otra vez, porque siempre logra sorprendernos a último momento, como si ni ella misma supiera hacia dónde estaba yendo, o solo conociera a grandes rasgos la dirección, nunca el lugar donde finalmente termina impactando. (79)

Sobre él:

“Como un músico de jazz sobre un estándar, lo que disfrutaba era improvisar coartadas y contratiempos, probarse a sí mismo que podía escapar de un brete en el que él mismo se había metido de manera gratuita”. (82-83)

“A la vez, y aunque olvidar es un hecho bastante más común que recordar, parece mucho más difícil que a la memoria se le escape una mentira que cualquier otra cosa que uno haya dicho, por tratarse de un producto de nuestra propia inteligencia y por el esfuerzo que cuesta producirlo ya que debe hacerle frente –y hasta ganarle– al mundo real”. (85)

Clave suelta al final:

“La descendencia es la única vía que le queda a un huérfano de conectarse físicamente con su ascendencia. Mi sueño, un poco infantil, era ver en mi hijo a mi mamá”. (91)


Ilustración: Cecilia de Marchi

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